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Lo recuerdo al otro lado de la mesa, frente al tablero, aprendiendo a mover las piezas. Apenas tenía unos 10 años y se sentía atraído por el ajedrez, ese juego que es la vida misma, sacrificar piezas para obtener posiciones, utilizar enroques, planear una buena defensa, proteger al rey aún si es necesario perder la dama, salir de jaques y maniobrar para ganar la partida. 

“Veo que esto no es fácil, pero me gusta lo difícil”, me dijo en su casa en Nagarote, el chavalo hijo de doña Alicia, prima hermana de mi madre, y del Dr. Raúl Vargas. Yo solo sabía cómo se movían las piezas, y eso es lo que le interesaba aprender a Marcio, el menor de cinco hermanos, Raúl, Chepita, Francisco y Alicia.

Cultivamos por largos años, una amistad muy fuerte mientras atravesábamos etapas de compañerismo en La Prensa, Barricada y El Nuevo Diario, hasta que esa amistad sufrió una fractura, no reparable por completo, lo mismo que ocurrió con la nariz de “La Piedad”, la famosa escultura de Miguel Ángel que ilumina la Basílica de San Pedro, afectada por un mármol diferente. Pero el recuerdo de una gran amistad, es imborrable, con un componente de gratitud.

Entre 1975 y 1976, le abrí una posibilidad para colaborar conmigo en la sección de Deportes del diario La Prensa, a cambio de nada en lo económico, aunque yo trataba de ayudarle de mi paga, para el transporte y algo más, como llegó a escribirlo en más de una ocasión. Era fácil captar la proyección que como escritor, podía tener un aventajado alumno de la Facultad de Humanidades, compañero de Ligia, su excepcional esposa, madre de Marcio y Carlos, sus dos hijos.

También era fácil percatarse que con su talento, no podía quedar reducido a ser solamente un escritor de deportes, y tanto Pedro Joaquín Chamorro como Danilo Aguirre y Horacio Ruiz, coincidieron en asegurar su aporte y movilizarlo hacia otras áreas del periódico. Ese día celebramos el reconocimiento en una carne asada. Su crecimiento fue rápido y contundente. Logró imponerse y llegar a ser uno de los redactores esenciales.

Su firma garantizaba una buena historia, una entrevista interesante, un señalamiento oportuno, un enfoque preciso. Carlos Fernando en Barricada se interesó por él y más adelante pasó a este Nuevo Diario. Un intelectual de la cabeza a los pies, feroz lector, acostumbrado a prepararse a fondo para cada caso. Un excelente periodista visto desde cualquier butaca.

Cuando se ha cultivado una amistad tan fuerte y de tan largo kilometraje, pese a cualquier fractura, no se desvanece. Persiste en la terquedad de los recuerdos. Descanse en paz.

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