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La grandeza de Muhammad Ali fue inmensa, pero no tanto como su ego, capaz de cubrir las cumbres del Himalaya. Acostumbrado a ser el ombligo del espectáculo aún golpeado definitivamente por el terrible Mal de Parkinson al que resistió durante casi 32 años. Ali sacó el boxeo del ring convirtiéndolo en un factor de provocación, paseándolo por los Campos Eliseos, Via Venetto, Times Square y las aulas de Harvard, mostrando -vestido de saco y corbata- su estilo incomparable, y abriendo espacio a las más fascinantes y encendidas discusiones sobre quién ha sido el más grande púgil en el repaso de todos los tiempos. Vivió peleando contra el mundo. En la hora de su muerte, la noche del viernes, cuesta dimensionarlo correctamente. Tan grande fue. Eso sí, hay una lágrima brotando de nuestros corazones, tan apasionados por el boxeo.Muhammad Ali durante su combate contra George Foreman.

Lo vi en Atlanta 1996 y en Sidney 2000, sosteniendo difícilmente la llama olímpica, lejos de aquella majestuosidad que lo caracterizó desde que consiguió la medalla Olímpica de la división semipesado en Roma 1960. Se movilizaba dramáticamente, encogiendo nuestros corazones. Su imagen, no tenía nada que ver con “El increíble”, “El superdotado”, “El fantasioso”, “El espectacular”, “El profeta”, “El irreverente”. Muhammad Alí era apenas una aproximación al Fantasma de la Opera. Y es que el temible Mal de Parkinson pasa golpes, neutraliza todo tipo de rectos y ganchos, y cuando arremete, va a fondo, sin la menor piedad.

UNA BORROSA SOMBRA

Ali caminaba vacilante, como si fuera el Empire State oscilando peligrosamente, y cuando quedaba mirando de frente a las cámaras, parecía la Estatua de la Libertad a punto de llorar.

El hombre que perfeccionó la jactancia, que disfrutó de los aduladores, que se burló de críticos y oponentes, que se creyó Dios, que retó al gobierno de USA negándose al Servicio Militar para ir a Vietnam, que supo regresar brillantemente después de una confiscación de sus portentosas facultades por tres años y medio, que nos deslumbró por largo tiempo con su fulgurante esgrima entre las cuerdas, que cobró bolsas fantásticas en aquellos tiempos, era en aquel momento, una borrosa sombra de su glorioso pasado.

Los síntomas de la implacable enfermedad son inequívocamente escalofriantes: la rigidez del paso, los movimientos retardados, una mirada en blanco y empañada, a veces hablar inaudible, terribles dificultades para hacerse entender, daño cerebral irreparable. ¡Qué impresión más dolorosa! Ali, cultivando la más grande egolatría en la historia del deporte, rechazó la posibilidad de un retiro a tiempo. Su verdadera grandeza siempre estuvo entre las cuerdas. El gran problema de Ali fue intentar -contra todo tipo de riesgos-  seguir siendo una leyenda. ¿Cuántos golpes en la cabeza pudo haber evitado el profeta?. Ahora uno piensa: ¿No era su dramático y estrujante triunfo sobre Frazier en Manila 1975 el momento preciso para un retiro glorioso?, y se lamenta: ¿No fue una imprudencia temeraria retar a Larry Holmes cuando ya sus reflejos estaban adormecidos y el vigor de sus músculos estaba desvaneciéndose?

En el boxeo, deporte de impactante crueldad, una pelea más en un momento inapropiado,  puede ser el drástico recorte de la vida de un púgil, y como el caso de Ali, el ingreso a una vejez en estado de excesivo deterioro. El volar como una mariposa y picar como una avispa, se convirtió en sólo flotar lentamente y molestar ligeramente durante sus últimos combates, para desembocar en arrastrar los pies, levantar difícilmente la mirada, hablar en murmullos y ser golpeado. La última gran bolsa la obtuvo con esa Autobiografía escrita por Tomas Hauser, todavía vendiéndose con frecuencia llamativa en Estados Unidos.

UNA PELEA ESCALOFRIANTE

El 1 de octubre de 1975, después del brutal y sorprendente nocáut a Foreman en Zaire, el planeta presenció la pelea que Homero hubiera descrito mejor que la pactada “a muerte” entre Héctor y Aquiles. La victoria de Ali en África, frente a Foreman, condujo al combate  Ali-Frazier III en Filipinas.

Los dos boxeadores se garantizaron bolsas de $ 4.5 millones para Ali y $ 2 millones para Frazier, más un porcentaje de los ingresos brutos. Nadie sabía qué esperar cuando estos dos boxeadores  envejecidos se reunieron en Manila. Sin embargo, los presentes fueron  testigos del boxeo en su más grande esplendor. Una épica disputa de sangre entre dos temerarios, cada uno luchando con su corazón acelerado, derrochando voluntad y coraje, con el público de pie, electrizado.

El cronista ganador del premio Pulitzer, Dave Anderson del New York Times, relata el final de la siguiente manera: en la esquina, el entrenador Eddie Futch podía ver el maltratado ojo izquierdo de Frazier. Antes del asalto 13, le dijo a su boxeador, “muévete hacia adelante y levántate un poco para ver mejor el blanco”. Eso era lo que Ali necesitaba, más espacio para atacar. Lanzó tantos golpes que Frazier se tambaleaba sin poder hacer nada. Un cruzado de derecha envió el protector de Joe a la segunda fila del ring side. Futch pensaba que Ali tenía que reducir la velocidad en el round 14, pero eso no ocurrió en un alarde de sostenimiento. Para entonces la cara de Frazier era un paisaje tenebroso con ambos ojos cerrados. Pese al desgaste, Ali disparaba andanadas de golpes a un casi ciego Frazier con derechas e izquierdas. Futch miró a Ali y pensó, ¡Increíble! Cuando la campana sonó,  lo hizo por Joe.

Fue entonces que Futch dijo antes del round 15, “La lucha ha terminado”, mientras en la otra esquina, Alí, desplomado, parecía haber consumido todas sus energías. “Quiero seguir”, dijo Joe, y Futch respondió, ¡Siéntate!. Dundee que estaba atento y empujaba a Ali a levantarse y continuar,  saltó de júbilo y abrazó a su peleador, obviamente sin fuerzas para levantarlo. El entrenador también estaba destruido.

El doctor Pacheco recomendó a Ali que se retirara después de un durísimo combate en el cual sufrió mucho castigo contra Ken Norton, pero él siguió para encontrarse con el fiero Ernie Shavers, perdió inesperadamente y también ganó con León Spinks, insistió hasta llegar a Holmes, y todavía tuvo aliento para pelear y perder con Berbick. ¡Ah, si se hubiera retirado a tiempo!. El fue víctima de su fantasioso ego hasta convertirse en un fantasma, pero inyectó presencia, personalidad e impacto en la historia del boxeo. Recordándolo, uno piensa que su gigantesco ego, capaz de cobijar el Himalaya, permanecerá intacto.

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