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Cuando sonó la campana en el Estadio Nacional aquel 8 de junio de 1968, unos diez mil corazones comenzaron a bombear aceleradamente alterando los sistemas nerviosos. Solo el tailandés Chartchai Chionoi, campeón mundial de las 112 libras, en ese tiempo la más pequeña categoría del boxeo, y nuestro Eduardo “Ratón” Mojica se movían en el centro del ring con esa sangre fría que caracteriza a los que no miden los riesgos. Mojica disparó su primer jab de izquierda y la multitud rugió.El jab de Eduardo Mojica servía para establecer distancia contra sus rivales.

En una pelea que no consiguió ribetes espectaculares, pero emotiva por el significado que encerraba pese a no estar en disputa el cinturón del tailandés, “El Ratón”, apoyándose en ese jab zurdo que logró pulir lo suficiente el entrenador mexicano Antonio Aznar, estructuró una victoria que en aquel tiempo resultó enloquecedora. El campeón mundial, reciente victimario del azteca Efrén “Alacrán” Torres, había sido derrotado. Se comprobó que la dimensión alcanzada por Mojica en el firmamento de los pesos pequeños de esa época era cierta. Quedó claro que más adelante, podría alcanzar la proeza y coronarse. Eso quedó pendiente porque la probable pelea con el argentino Horacio Acavallo nunca se concretó entre versiones que parecieron distorsionadas y quedaron como pasto para discusiones finalmente inútiles.

En el techo de nuestro discreto Salón de la Fama, Róger Pérez de la Rocha podría volver a darle vida a ese fulgurante jab del “Ratón”. ¿Se imaginan levantar la mirada y encontrarse con la zurda del “Ratón”, frenando a Chionoi, abriendo su guardia, penetrando con la rapidez y precisión de cualquiera de los mosqueteros de Dumas manejando sus espadas?

APENAS UN FANÁTICO CON 25 CÓRDOBAS

¿Qué era yo aquel 8 de junio de 1968, tres días después del atentado mortal contra Robert Kennedy en Los Ángeles, impactado todavía por el asesinato de Martin Luther King en Memphis, dos meses atrás? Esa noche, caminando hacia el Estadio Nacional desde mi casa en un vecindario próximo al Ramírez Goyena, yo era solamente un fanático del boxeo con 25 córdobas en la bolsa, listo para invertirlos en una posible cabalgata de emociones.

Un año convulsionado, eso fue 1968. Vietnam, la Primavera de Praga, las batallas campales en las calles de México y París, el Apollo regresando de la Luna, los asesinatos políticos, y aquí, la lucha contra el somozato adquiriendo cada vez más fuerza. Yo tenía 24 años, estudiaba ingeniería, era miembro de la Selección Nacional de Ping Pong y jugaba para la UCA en el nacional de futbol que ganamos invictos. No imaginaba llegar a ser un cronista de deportes.

Mojica dominó al campeón tailandés “Chartchai” Chionoi.“El Ratón” era una garantía. Lo había visto contra rankeados mexicanos, brasileños, venezolanos, dominicanos, habitualmente triunfante, ofreciendo vibrantes demostraciones, abriéndose paso en busca de una oportunidad titular. Una y otra vez pensé como casi todos: “No hay alguien que pueda ganarle. Es demasiado consistente recibiendo y su ataque, construido alrededor de ese hábil manejo de su jab de izquierda, veloz, certero, cortante, estremecedor, es muy efectivo”.

NAT FLEISCHER VINO A VERLO

Pero Chionoi no podía ser subestimado. El tailandés que destronó al escocés Walter McGowan había obligado a Nat Fleischer, el director de The Ring, una autoridad con su opinión en el mundo de las bofetadas, a moverse hasta aquí. “Vengo a ver qué tan bueno es Mojica, y al mismo tiempo, disfrutar del excelente boxeo y probada bravura de ese gran campeón que es Chionoi”, dijo Fleischer.

El promotor del combate pactado a 10 asaltos fue Evelio Areas Mendoza, quien se atrevió a tomar el riesgo y presentar por vez primera en Nicaragua a un campeón mundial.

Mojica pesó 114 libras y un cuarto, por 116 de Chionoi. En el centro del ring, recibiendo las instrucciones del referee Ferny Carpentier, los dos se veían lo suficientemente vigorosos, y por supuesto, ansiosos. El ingeniero Luis Zelema, Jorge Brown y el licenciado Álvaro Alegría, serían los jueces; y existía un mayúsculo interés con el conteo que presentaría Fleischer, quien utilizaría un sistema con máximo de 5 puntos por rounds, no 10, como sería oficialmente.  Cuando sonó la campana, ahí estaba la izquierda de Mojica en jab, estableciendo distancia y advirtiendo con la derecha amartillada. El nica se movió siempre deslizándose, como acostumbraba. Sus rodillas solo eran sometidas a flexión ligeramente y su movimiento de cintura, rápido, difícilmente perceptible.
El secreto de su eficacia estaba en la coordinación mano-ojo. La vista de lince fijaba el objetivo, y su zarpazo de zurda, lo más parecido a un signo de taquigrafía, era el gran complemento. Sobre un movimiento pausado, buscando la distancia y el ángulo, Mojica construía sus ofensivas combinando manos, o sorprendiendo con cruzados violentos. Sus ojos, siempre bien abiertos, como los de un buscador de oro.

EL TAILANDÉS, CAUTELOSO

Chionoi era toda armonía y llamativamente elástico. Sin embargo, en una pelea sin riesgo de perder el título, fue cauteloso. Eso sí, sus piernas rápidas y sus puños funcionando. Podía atreverse por su longitud de brazos a tratar de cambiar izquierdas con “El Ratón”. Lo clave sería su resistencia, y la destreza para evitar que los ganchos lo golpearan abajo con contundencia.

El sólido contragolpe de Mojica frustró los intentos de arremeter que Chionoi ensayaba. El tiempo avanzaba, las tarjetas se agotaban, Fleischer apuntaba, Chionoi se preocupaba al no poder resolver y el público se agitaba con sus corazones retumbando. El choque de cuero y carne producía un sonido seco. Lo sentíamos y estábamos sudando, tanto como ellos, y sufriendo, seguramente más.

Ninguno estuvo en peligro de caer, y el round más excitante fue el noveno. El tailandés trató de acelerar consciente de que se estaba quedando corto, pero Mojica también intensificó su ritmo. Dos violentos cambios de golpes provocaron rugidos que se escucharon en Tiscapa, y Chionoi, prudentemente, terminó replegándose para hacer un rápido replanteo.

Mojica fue encima. No podía concederle distancia, y sobre esa pauta, trabajó en el round 10. Cuando sonó el último campanazo terminando el combate, las torres del Estadio, derritiéndose de admiración, se inclinaron para saludar a Mojica. “No tengo excusas. Ganó bien”, dijo Chionoi. La revancha, será por el cinturón, pensamos, pero eso nunca ocurrió.

Lamentablemente, otro gran proyecto que le hubiera permitido a Mojica coronarse, su pelea con el argentino Horacio Acavallo, atrapado por el desgaste, fue descartado, tema que todavía entre  fanáticos sobrevivientes, provoca discusiones. Las tarjetas marcaron 98-92, 99-92 y 97-94 a favor de Mojica.

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