Harold Briceño Tórrez
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Cuando un amigo se va, uno siempre piensa que no hay quién pueda llenar el vacío que deja. Es cierto, no existe quién pueda ocupar el espacio reservado para ese ser en la habitación de nuestras memorias, en la morada de nuestros sentimientos.

Sin embargo, cuando se enrumba en el inevitable viaje sin retorno un personaje como Noel Areas, ese señor que tantas victorias le dio al pequeño beisbol nuestro, los pensamientos van más allá, las ideas trascienden. Uno no se limita a pensar solamente en que nadie podrá llenar el vacío que deja, sino que de una vez por todas lo cataloga de único e irrepetible. No hay manera de negarlo, no habrá otro Noel. Fue un mánager sin fotocopia, un valioso libro de solo un ejemplar.

Nunca lo tuve de cerca (¡qué mala suerte!), solamente lo vi por la televisión, cuando con su pausado caminar—hasta en eso era paciente—se transportaba del dogout al montículo para hablar con su lanzador. Esa imagen, vista por muchos en reiteradas ocasiones, permanecerá por siempre en nuestras memorias. Sin importar el traje que vistiera, fuese el de su amado León, el de los Indios del Bóer o el azul y blanco de la selección nacional, no dejaba de ser Noel, el único, el irrepetible, el más grande, el señor de los títulos.

Hasta ahora no he escuchado ni leído un solo comentario negativo contra la personalidad de Noel. No hay dudas de que eso no se debe a que cuando alguien muere todos opinan que era una buena persona, hasta sus enemigos. En el caso de Areas no se debe a eso, estoy seguro. El personaje público que fue Noel, no deja espacio a vanas discusiones, menos a falsos señalamientos que pongan en duda su caballerosidad, su sencillez, su sincera amistad, su talento y su buen trato a los demás.

Noel alcanzó niveles tan altos de respeto y admiración, logró tantos título nacionales e internacionales, que ante su palmarés como manager y como ser humano integral, uno se pregunta ¿cuándo otro como él? Sin embargo, pronto volvemos a la realidad y nos contestamos nosotros mismos: imposible, ya no habrá otro como él, porque Noel fue único e irrepetible.

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