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La historia de Keyvin Lara es el mismo libreto de casi todos los boxeadores. Muchacho humilde, sin riquezas financieras, criado en el campo. Eso sí, esforzado, disciplinado, entregado a su familia, temeroso de Dios, ambicioso, lleno de ilusiones y sueños por cumplir, en búsqueda de salir del anonimato perpetuo y caminar hacia el sendero del éxito.

Lara, hijo de Ana Maribel Quiroz y Reynaldo Lara, nació y se crió en la comunidad El Chonco, Chinandega, en un ambiente lleno de limitaciones financieras, pero en el que no careció de las comodidades básicas porque sus padres siempre se esforzaron por darle lo necesario a él y sus dos hermanos. El muchacho que tiró sus primeros golpes en un sandbag lleno de arena, aserrín, y trapo, debajo de un árbol de mango en el patio de su casa, a sus 21 años, tendrá la oportunidad de su vida, disputando el título mundial 112 libras de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), contra el japonés Kazuto Ioka.

“Mi papá fue el que me introdujo al boxeo cuando tenía 7 años, tiré mis primeros golpes en mi casa, y después le obsequiaron a mi papá una casita hace 11 años; allí tenemos un gimnasio y entreno junto a otros prospectos. Poco a poco hemos ido progresando. Mi papá hizo cursos de entrenador de boxeo, en el transcurso de los años fue aprendiendo y ahora es un gran adiestrador, sacando muchos prospectos en Chinandega”, cuenta Lara quien tiene una relación con Odaly Gutiérrez, madre de su pequeño hijo de 3 años, Kenneth Lara.

Mal estudiante

Cuenta Lara que nunca fue buen estudiante. Las aulas de clases era un suplicio para él, las tareas se convertían en un martirio, y su momento sublime llegaba cuando sonaba el timbre del receso y podía ir a jugar voleibol, futbol, baloncesto, o el deporte que se les antojara al resto de compañeros de clase.

“Mis padres siempre quisieron que estudiara, pero soy sincero, a mí nunca me gustaron las clases. Sí iba a la escuela era por mi papá, pero de mí no salía. Lo mío era el deporte, iba a la escuela por el receso, por educación física. En todas las escuelas que estuve siempre los profesores de deportes eran mis grandes amigos porque yo practicaba de todo: voleibol, beisbol, futbol y baloncesto”, explica el pugilista de 21 años.

Lara confiesa que en algún momento pensó que su travesía por el boxeo tardaría menos que un suspiro. El 26 de enero del 2013, perdió su primer combate contra Luis Ruiz. “Iba mal entrenado, trabajaba desde la madrugada en el campo, no tenía tiempo para correr; en el último round él (Ruiz) me metió unas combinaciones, se me acabó el oxígeno”, afirma. “Después empaté con Miguel Cruz y quise retirarme, pero mi papá primero me dijo que trabajara día de por medio y entrenara, y al final me sacó del trabajo, él me apoyó en todo, dedicándome completamente al boxeo”.

Su sueño

Es verdad que uno de los anhelos de Lara es destronar a Ioka el 20 de julio en Japón, pero el boxeador tiene un sueño más grande, le hizo una promesa a su amada y quiere comprarle una herramienta de trabajo a su padre, el hombre que le ha dado todo.

“Desde que tenía 18 años me junté con mi señora, hemos estado luchando. Le prometí hacerle su casita, todo lo que he ganado lo invierto en irle haciendo mejoras a un terrenito que obtuve al crédito, ya levanté la estructura y está techada, pero le falta. No compro ropa lujosa, ella tampoco, no me pide cosas caras, hemos ido sobreviviendo poco a poco, compramos lo necesario. No me gusta la fiesta, no me llama la atención, invierto mi tiempo en el boxeo y voy a una iglesia cristiana dos veces por semana”.  

El chinandegano se ha imaginado regresando a Nicaragua desde Japón, con el fajón en su cintura, y teniendo un gran recuentro con su mamá. “El 30 de mayo, Día de las Madres, fui a visitarla, me dieron permiso. Pude darle mi amor.

Ese día le prometía en mi mente de traerle esa corona, de darle las gracias por apoyarme en todos los momentos.

También me gustaría comprar una camionetita a mi papá para trabajar, hacer viajes de la comunidad. Con eso sueño”.

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