Edgard Tijerino
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Por favor, no mencionar ni incluir en esto a Michael Jordan, el intocable. Voy a hablar de LeBron James, el jugador del ego, el corazón y las habilidades más grandes de la NBA, que como un “as” multifuncional, puede derrotarte de diferentes formas. Él no es tan gracioso en la faena de destrucción como Stephen Curry, ni un tirador perimetral tan mortífero como Kevin Durant, ni parece tener la  explosividad de Rusell Westbrook, ni esa facilidad plástica de Kawhi Leonard merecedora de un póster en cada jugada, ni lo acrobático y espectacular de Blake Griffin, pero es capaz de juntar todo eso y entregarlo segmentado en diferentes momentos de un juego de acuerdo con las necesidades, como lo demostró en la final del 2015, cargando solo a un equipo que perdió la serie en seis duelos, y volvió a hacerlo en este 2016, impulsando a ese equipo a una vibrante conquista en siete juegos, contra el mismo rival aparentemente agrandado por la cifra récord de 73 triunfos.

Lo que asombra 

El complemento de LeBron puede ser cualquiera. La flexibilidad con disparo en movimiento entrando o desde afuera de Kyre Irving, la presencia fantasmal de Tristan Thompson, la frialdad y sobriedad del tantas veces oculto Kevin Love, el aporte como tirador de J.R. Smith, las sorprendentes apariciones de Iman Shumpert, los acompañamientos ocasionales de Richard Jefferson, y hasta los cierres de ojo del inesperado Mo Williams. Gracias, muchas gracias a cualquiera de ellos. Ahí está el inmenso LeBron James para encargarse de todo lo demás, incluyendo tiros de tres puntos, como en el sexto juego, y esos tres bloqueos que le robaron seis puntos a los Warriors, el último con el empate 89-89 danzando siniestramente en la pizarra. Nunca voy a olvidar cómo, faltando 1:29 minutos, Iguodala, sin nadie adelante, se escapó hacia el tablero enemigo con una misión macabra. ¿Cómo fue posible que apareciera LeBron, después de un sprint colosal, improbable hasta para Usain Bolt, y se elevara tanto como Javier Sotomayor cuando estableció la marca mundial de salto alto, para apretar hasta intentar reventar esa pelota contra el vidrio en un bloqueo fantasioso?

Nunca vencido 

A la orilla de LeBron, cualquiera se agiganta. ¿Recuerdan cómo se convirtieron súbitamente tan buenos el año pasado, Mathew Dellavedova y Timofey Mozgov, mientras Irving y Love estaban inhabilitados? LeBron los hizo crecer. El mismo “monstruo” que 12 meses atrás lloró de frustración, después de 32 puntos, 18 rebotes, 9 asistencias, 2 triples y 2 robos entre la desesperación que desembocó en la derrota por 105-97 en la sexta y última batalla con los Warriors. Fue el mejor jugador de esa final, jefeando a un equipo evidente inferior, sin dos de sus principales pilares, a dos victorias improbables y un acercamiento peligroso hasta de solo cuatro puntos en el cuarto periodo del último duelo. Su triple doble con 39 puntos en el segundo juego del 2015 y sus 40 puntos con 12 rebotes, 8 asistencias y 4 robos, hicieron posible la segunda victoria consecutiva de los Cavaliers, colocando atrás a los Warriors 1-2 ante el asombro del planeta. El hombre que a los 31 años ha estado en siete finales, seis seguidas, ganando tres, se convirtió en apenas el tercer jugador con un triple doble en un séptimo juego, junto con Jerry West y James Worthy. Un titán, eso es LeBron.

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