Edgard Tijerino
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Ocurrió un día como hoy, hace 30 años, en el Estadio Azteca, y las imágenes permanecen intactas. Aquel domingo 22 de junio de 1986, después de macar un gol todavía discutible con un manotazo sublime a la orilla de su cabeza, Diego Maradona, con el pincel de uno de los genios del renacimiento, dibujó el más desconcertante y magistral trazado visto en una Copa del Mundo para concretar frente a Inglaterra un gol increíble. 

La historia de Copas del Mundo está llena de los llamados “goles de antología”... Pelé, Garrincha, Muller, Cruyff, Hurts, Rossi, Romario, Negrete, Eusebio, Maxi, han logrado goles que hubieran obligado a Goya o Rembrant a saltar hacia el lienzo para perennizarlos en una pared del Louvre o en el Palacio de Versalles.

Antes del domingo 22 de junio de 1986, la pregunta  sobre cuál ha sido el mejor gol de los mundiales, el más fantasioso, el increíble, no tenía una respuesta precisa. Hasta que apareció el de Diego, tan grandioso que pareció haber sido sacado del techo de la Capilla Sixtina. Cada vez que veo el video, me emocionó tanto que me levanto de la butaca para aplaudirlo frenéticamente.

Cuando Diego arrancó y pasó entre dos rivales, Beardsley y Reid con la pelota controlada, nadie sospechó lo que venía. Maradona aceleró, frenó y desequilibró a Butcher provocando un ¡Olé! del público. De inmediato, volvió a proyectarse y continuó su avance, serpenteando, dejando rivales en el camino como si estuviera siendo guiado por una de las sinfonías de Bethoven. No, no había forma de pararlo.

Salió Fenwick a tratar de interrumpir su desborde, pero Maradona ofreció una demostración de la flexibilidad de su cintura y control muscular para contorsionarse, superando ese estorbo. Pronto, estuvo frente al arquero Peter Shilton, listo para definir, y lo hizo utilizando su experiencia, destreza, astucia y genialidad. Sacó de paso a Shilton con un quiebre, y mientras Butcher retornaba desesperadamente, soltó el zurdazo para completar la magia, sacudiendo la red para establecer una ventaja de 2-0 en la pizarra.

¿Quién frotó la lámpara para que apareciera el genio?, fue una pregunta natural frente a la secuencia de maniobras imprevisibles y precisas. Cuando Gary Lineker derrotó al portero argentino Pumpido para el único gol inglés a los 81 minutos, todo estaba consumado. El marcador final fue 2-1 y Argentina continuó hacia la conquista del título.

“Sólo sé que la pelota estaba siempre junto a mis botines. La inspiración no flaqueó en ningún momento y me sentí capaz de seguir, pero la cancha se estaba acabando y debía definir”, dijo Diego en aquella ocasión en una entrevista. Nuestro Rubén hubiera dicho, “Fue un rapto de inspiración divino y seductor. Un poema en la cancha”. 

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