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Al día siguiente del impacto provocado por la muerte de Alexis Argüello aquel 1 de julio del 2009, mis recuerdos y emociones seguían rebotando en las paredes de la incredulidad. Insistía en preguntarme ¿por qué lo hizo?, como lo hice en el capítulo más golpeador de mi libro “El ídolo no muere”.

Hoy estamos en el 2016 y han pasado siete años de ese trágico suceso. Las polémicas parecen haberse desvanecido, no el recuerdo de ese quijotesco flaco imperecedero, que siempre mostró entre las cuerdas aguante de roca, golpe de martillo y garra de fiera, aunque bastante ingenuo en otros aspectos de la vida.

El tiempo vuela por encima de nuestra capacidad para el asombro, y en su vuelo, llegó a agitar los impulsos de ese viejo y aparentemente no agotado guerrero, anunciando su imprudente retorno al ring en 1994, ansioso de seguir rozando el peligro. ¿Por qué el desafío de retar los efectos a veces devastadores de una tercera edad deportiva sin percatarse del momento apropiado para dejar de tener pretensiones?

“Quien se mete al boxeo debe tomar todo tipo de riesgos. Para eso nací. Por eso decidí  abrirme paso por la vida a puñetazos. No voy a  temer por el riesgo ahora, justo en este momento tan trascendental  para mi futuro”, dijo el tres veces  campeón  del mundo en una conferencia de prensa antes de la pelea con Jorge Palomares.

El destino, o la fuerza que lo había empujado a combatir fieramente corrientes turbulentas y factores adversos, lo tenía de regreso a ese infierno que es el ring. En una noche que terminaría siendo de cielo sin luna, en víspera de un amanecer sin mañana, Alexis Argüello regresaba a poner a prueba su carácter indomable en un momento de máximo riesgo.

Once años después de aquel macabro “vuelo” del ‘Halcón’ Pryor, que lo abatió brusca y drásticamente, Alexis no pudo con Palomares, pero siguió insistiendo enfrentando a Scott Walker en 1995, y volvió a fallar. Alguien que no nació para tirar la toalla en ninguna circunstancia adversa quiso resistirse, pero finalmente se convenció que su tiempo como peleador se había agotado.

El genio nace, el ídolo se hace. Y el cultivo de la idolatría por Alexis Argüello exige un estudio. Ninguno como él ha sabido manejarse en esa conexión indestructible con la gente alrededor de una admiración sin fronteras. Siempre estuvo a la orilla de sus raíces y eso fue clave. Frente a la noticia de su muerte, el “no puede ser” carecía de sentido. Solo había sitio para la rebelión de lo incierto. 

Ocurrió hace siete años y parece que fue ayer. Fue como pasar al peor de los tiempos. Pero ese flaco, inmenso, ha continuado entre todos, tercamente imperecedero, como se lo merece por lo que llegó a significar.

  • 3 títulos del mundo conquistó Alexis Argüello en su carrera como boxeador.
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