•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

“Tengo que agradecerle profundamente al boxeo, haberme permitido ser alguien en esta vida”, dijo Alexis Argüello cuando ofreció su discurso de ingreso al Salón de la Fama en Canastota, Nueva York. Y pensé, como quizás diría Shakespeare, que el boxeo te ofrece la oportunidad de ser o no ser, saliendo prácticamente de la nada.

Alexis pudo ser pianista, o escritor, o médico, pero escrito estaba que nació para ser boxeador y escalar los más altos niveles de competencia y notoriedad, hasta conseguir esa inmensa fama que lo inmortalizó. Fue en el boxeo, ese oficio tan duro y cruel, pero al mismo tiempo tan impactante como síntesis de hombría y hazaña, que Alexis se proyectó tan espectacularmente.Alexis Argüello en una de sus batallas con Aaron Pryor.

 

¿Qué hubiera sido de Carlos Monzón sin la posibilidad de ser alguien que le ofreció el boxeo?, me dijo en 1977 Tito Lectoure, el manejador argentino que lo llevó a la pelea de título mundial con Nino Benvenuti en el Palacio de los Deportes en Roma, en 1970. Esa noche, Monzón que subió al ring siendo considerado un no favorito, le dio forma y fondo a su futuro. Su vida cambió, y aunque todos conocemos su trágico final, hizo historia, dejó huellas, pudo ser alguien.

¿Qué hubiera sido de Mike Tyson si Cus D´Amato no lo saca de la cárcel y lo deja encarrilado para que se convirtiera en el más joven Campeón Mundial de la categoría pesada? Seguramente, Tyson se hubiera desvanecido sin trascender,  y su única trayectoria estaría dibujada a través de las prisiones. Pero, por medio del boxeo, pese a no poder conseguir un enderezamiento conveniente y ser perseverante en lo dañino, se transformó en una celebridad.

¿Qué hubiera sido de Jack Dempsey, o Joe Louis, o Rocky Marciano, sin el boxeo como opción disponible? Ellos avanzaron por senderos tortuosos de una tarea que mezcla la violencia con falta de piedad, y que es devastadora, hasta llegar a convertirse en leyendas.

RESPETO Y ADMIRACIÓN

Invitado por Alexis Argüello, estuve en  la ceremonia que abrió las puertas a “La promoción del  2000” en el Salón de la Fama. Aún siendo un púgil retirado, vi como la multitud le mostraba un cariño perdurable, un respeto ganado a pulso, y una admiración por sus ejecutorias, como si se tratara de un Aquiles moderno. Todos querían un pedazo del explosivo flaco, aunque era Ken Buchanan el “as” de los nuevos galardonados.

Me impresioné viendo caminar algunos fantasmas, como Kid Gavilán y Bobo Olson, que lucían, ni más ni menos como lo hizo largo rato el recientemente fallecido Muhammad Alí. Sin embargo, el aprecio sin fronteras de los aficionados, parece no abrir espacio para los lamentos. “Hey Kid, fírmame aquí por favor, déjame tocarte, permíteme una foto, un saludo, un abrazo. Gracias Kid, tu fuiste grande y siempre serás grande”. Gavilán trataba de sonreír con dificultad, atendía y se alejaba a paso lento. Después de haber sido un gran Campeón, estuvo sumergido en un oleaje de problemas, se sintió acorralado, batalló con más bravura que la que necesitó en el ring y llegó hasta aquí. El público, no quiere saber de los sufrimientos de su ídolo, se aferra a los recuerdos de su grandeza boxística, como si eso fuese un colchón permanente para amortiguar todo tipo de incomodidades. Hay quienes piensan, “yo hubiera querido ser él”.

Ser o no ser, como dice Shakeaspeare en Hamlet. “Yo seré siempre Rubén Olivares. Políticos van y vienen, pero yo soy Rubén, y no necesito de pancartas para que la gente me conozca, me salude y me tenga cariño. Soy alguien en México y fuera de mi país. Todo eso, gracias al boxeo. No puedo quejarme”, dice el mejicano, pese a que los días de vino y rosas quedaron atrás desde hace un buen rato.

Lo visto, me obligó a recordar escenas de películas como “Rocky”, con Stallone intentando ser alguien; o aquella titulada “El Campeón”, con John Voight que tiene un final sacalágrimas y arrugacorazones; o “El Toro Salvaje”, con Robert De Niro graficando a Jake LaMotta. Aunque solo es válido para una pequeña fracción, el boxeo te permite en esos pocos casos, escapar hacia el futuro.

¿POR QUÉ TAN GRANDE?

Alexis fue un peleador grandioso porque triunfaba en cualquier lado, con cualquier jurado y ante cualquier rival;  porque a diferencia de la inmensa mayoría de campeones fue extraordinariamente disciplinado y en ocasiones había que echarlo del gimnasio; porque siempre fue impulsado por un inmenso orgullo; porque se esforzó al máximo por no flaquear en una época de enormes exigencias; porque dejó un legado deportivo impresionante, posiblemente irrepetible.

Fue grandioso porque estratégicamente no dejó que ningún adversario impusiera su línea habitual de boxeo; si eran ofensivos, se enfrentaban con el freno de su izquierda penetrante y dolorosa; si se trataba de contragolpeadores, chocaban con un ataque frío, sistemático y demoledor; si intentaban establecerse en la media distancia, Alexis se sentía como pez en el agua, dado que podía sacarle el máximo provecho a la longitud de sus brazos y sus fulgurantes combinaciones; si eran fajadores, Alexis lograba someterlos con un feroz bombardeo a quemarropa.  

¿Cómo pelearle? Eso era tan difícil como cortar las cabezas de la Medusa. Rivales del calibre de Marcel y Olivares, verdaderos maestros del cuadrilátero hicieron lucir mal al Flaco cuando no disponía de la cuota necesaria de experiencia, le faltaba habilidad y por supuesto pulimento, pero una vez conseguido, fue incontenible. Estilistas como Leonel, fajadores como Kobayashi, peleadores de reconocida violencia como Escalera y Ganigan, tipos incómodos como Boza Edwards, zurdos desconcertantes como Bazooka, todos cayeron a sus pies.

Un recurso fundamental para que Alexis construyera una fulgurante trayectoria, fue su confianza exuberante. Hay una frase de Norman Mailer que grafica eso: “El boxeo reglamentado es igual a una pelea callejera en este sentido: la necesidad de confiar en la victoria. El hombre que sale de un bar para fajarse con otro, trata de adecuarse a la confianza que, sin duda el triunfo será suyo. 

Esa confianza es un sedativo contra el dolor de los golpes y una orden para pegar mejor y con más rabia.  La lógica del espíritu indica que ganaremos solo si merecemos ganar; la lógica del yo, establece que, si no pensamos en ganar, es porque no merecemos ganar.  Alexis Argüello siempre estuvo claro de eso.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus