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  • EFE

Francia ha tardado semanas en engancharse al tren de su Eurocopa, pero ahora, a las puertas de la final de mañana contra Portugal, la locura colectiva ha invadido un país que ve en el fútbol un rayo de esperanza dentro de un panorama sombrío.

Salvando las distancias, muchos quieren observar en el duelo de Saint Denis una reedición del Mundial de 1998, cuando el país conocía también dificultades pero la conocida como la selección "black-beur-blanc" ("negro-árabe-blanco"), por su composición multiétnica, inyectó buenas dosis de optimismo.

Los Campos Elíseos se llenaron el jueves de aficionados enfervorizados que celebraban la victoria frente a Alemania, mientras los cláxones sonaban, no sólo por París sino por las principales ciudades de Francia, especialmente en Marsella, sede del partido.

Las banderas del país, hasta ahora discretas, han comenzado a brotar en ventanas y comercios, y por las calles de París es frecuente ver a grupos de jóvenes o familias coreando cánticos de animación para sus jugadores.

La comunión de los franceses con su selección, muy dañada por escándalos como el que llevó a la exclusión de Benzema de la convocatoria, parece estar de vuelta, y tiene un claro "culpable" en la figura de Griezmann, que concita la unanimidad de todos.

Los medios recogen sin excepción los últimos preparativos de los "Bleus" para la final, con especial atención a cada palabra del seleccionador Didier Deschamps, otra de las figuras que más reforzadas salen de la Eurocopa.

Hasta Benzema, que en la previa del torneo había acusado al entrenador de haberse "plegado a las presiones racistas", felicitó en un mensaje a través de Twitter al "equipo y al cuerpo técnico" de forma explícita tras la semifinal.

Así, hallada la estabilidad que siempre proporcionan las victorias, Francia cierra filas en torno a su selección mientras hace cábalas sobre los hipotéticos efectos positivos que podría acarrear una victoria en la competición.

El presidente, François Hollande, ha querido sumar los triunfos del equipo nacional al carro de su campaña "Francia va mejor" con la que aspira a elevar la moral del país y, probablemente, a optar a su reelección en 2017.

En Marsella, donde vio en directo la semifinal contra Alemania ataviado con una bufanda de los "Bleus", Hollande empleó una hora de su tiempo tras el partido en sacarse fotos con todos los aficionados que se le acercaban con la intención de hacerse un "selfie".

El diario "Le Monde" se pregunta este sábado si esa inyección de optimismo que supuso la victoria en el Mundial de 1998 y que supuestamente benefició al entonces presidente, Jacques Chirac, puede ahora tener los mismos efectos sobre el vilipendiado Hollande.

Con las cifras en la mano, sin embargo, no está del todo claro que el éxito futbolístico vaya de la mano con el político.

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Aunque Chirac vivió un repunte de su popularidad, este solo duró unos meses y después bajó como si se tratase de un "suflé".

Tampoco es evidente la tradicional asunción de que la victoria en una gran competición organizada en casa lleve aparejado un impulso para la economía doméstica.

Ciertos estudios señalan que el triunfo galo en 1998 llevó aparejado un crecimiento del PIB de entre 0,3 y 0,7 puntos, algo que ahora ponen en duda académicos como el profesor Jean-Pascal Gayant, citado por "Le Monde".

"En caso de victoria, puede que eso tenga un impacto a corto plazo sobre la economía. Pero solo un aumento de la confianza de los empresarios e inversores puede conducir a una mejora económica", dice Gayant.

Tenga o no repercusiones más allá del fútbol, la final ha desatado la locura en el país, que espera celebrar el próximo 14 de julio su fiesta nacional con parte del orgullo perdido.

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