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Está por salir mi séptimo libro en años consecutivos, siguiendo la recomendación de varios amigos, y sobre todo de Chilo, mi esposa. Lo primero, es entregar una explicación del título: ¿Por qué “Yo, Vago”? Aquí tienen algunos párrafos sacados de las 342 páginas:

Los incansables regaños e incontables fajeadas de mi padre intentando corregir mi fuerte tendencia a la vagancia, mientras perdía tres años de estudio por ir a partidos de beisbol, futbol y baloncesto, así como entrenamientos de boxeadores y atletas de pista y campo, me hicieron cargar largo tiempo con el calificativo de vago. Esa insistencia de mis padres, “este muchacho nació para ser vago”, dejó en mí marcas indelebles y al mismo tiempo lecciones saludables. Sobreviviendo al diagnóstico de “caso perdido” y habiendo leído más adelante “Yo, Claudio”,  el formidable trabajo restaurador de Robert Graves sobre ese emperador tartamudo y calificado como idiota, decidí, que cuando escribiera un libro sobre mis vivencias, tomaría prestado de Graves el título para convertirlo en este “Yo, Vago”.   

Además: ¿Cuándo otro como él?

Esta es una suma de relatos de quien mi padre hubiese dicho, fue un emperador de la vagancia, no tartamudo, pero idiota hasta su despertar, después de una irreparable pérdida de tiempo. Alguien que en 1970, a los 26 años, seguía parqueado en el kilómetro cero, con un futuro muy borroso.

  • 46 mis años trabajando en el periodismo de deportes desde 1970. Toda una vida.

Saliendo de la oscuridad

Admito en el libro que tardé en nacer, tanto en el sentido figurado como real. Lo digo, porque pasé varios años sin percatarme que ya estaba en este mundo, que necesitaba comenzar a crecer, y sobre todo, aprender a ser útil. Desde muy pequeño, estuve moviéndome en la oscuridad hacia ninguna parte frente a la desesperación de mis padres, hasta que finalmente, de pronto, desperté y vi la luz. Fue como si ese día hubiera nacido verdaderamente después de haber atravesado una adolescencia accidentada. Eso sí, todavía ando en busca del tiempo perdido, lo cual explica la desesperación que ha empujado mis pasos persiguiendo el futuro casi con rabia, pero estimulado de la cabeza a los pies, permanentemente insatisfecho, exigiéndome al máximo sin reparar en el paso del tiempo que, implacablemente, termina devorando nuestras pretensiones de ir más allá de los límites.  -Trabajando con el diseñador Rodolfo López-

Para mí, eso ha sido vivir. Estar siempre en pie de lucha empeñado en morir con los spikes puestos, sin doblar las rodillas, esforzándome sin horario, sin ningún temor ante los problemas, mirando a todos de frente sin nada que ocultar, sin avergonzarme de todas las correcciones que necesité aplicar consciente que nadie es perfecto, y al mismo tiempo, que estás obligado a batallar incansablemente con las imperfecciones que te viven emboscando, hasta derrotarlas aunque sin poder borrar las huellas que dejan, y te marcan. 

  • 10 los libros que he escrito, el primero de ellos “El Mundial Nica”, 1973.

Escuela de gladiadores

Como diría José Alfredo Jiménez: “Yo nací en la pobreza y ahí entre los pobres jamás lloré”. La pobreza es un reto y al mismo tiempo, una escuela para gladiadores y una Universidad sin examen de admisión porque no lo necesitas. Entre las asignaturas se encuentran: torear las dificultades, hacerse hombre, sobrevivir, y salir del hoyo para imponerse en la vida. Solo entonces, con ese diplomado, se pueden levantar los puños crispados, ensanchar tus pulmones, mirar al cielo y gritar: ¡Bravo, lo he logrado!

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¡Cómo enseña la pobreza! Esencialmente a batallar con el alma en la punta de la espada y el corazón entre los dientes, tratando de mantenerte a flote aunque sea mordiendo una tabla con los dientes fragmentados. ¿Qué es la vida sin la satisfacción de superar los problemas que con tanta facilidad se multiplican junto con los sufrimientos? Salir de todo eso con el puño en alto, es sentirse como un pitcher entregando un cero luminoso después de tener las bases llenas sin out y lo grueso del line-up adversario viniendo hacia el plato con la intención de convertirte en astillas; o un boxeador saliendo de las tinieblas para voltear espectacularmente una pelea que parecía estar irremediablemente perdida. Tomar retos y doblegarlos, eso es la vida. Cada uno de nosotros puede ser su propio Hércules, Ulises, o Aquiles.

Periodista por casualidad

Nunca pensé ser periodista. Mi primer intento fue casual, producto de una vagancia en 1963. Atravesaba cuarto año de secundaria en el Ramírez Goyena, y se me ocurrió, no sé por qué, ni me lo explico, elaborar un periódico ameno con chismes y especulaciones que circularía todos los viernes. Con el producto de las ventas, se comprarían útiles escolares a los alumnos de los primeros años más necesitados. El director del Instituto, Reynaldo Núñez, aprobó el proyecto y nos garantizó el uso del mimeógrafo gratis, incluyendo el papel. Yo lo redactaba entero y le puse un nombre sugestivo “El Alarido”. Como logotipo, aparecía en una esquina superior, el dibujo de un rostro con la boca bien abierta y la lengua de fuera, gritando. Fue un éxito. Entre inventos, bromas fuertes y algunas cosas ciertas, todos los alumnos de los cuartos y quintos años, se buscaban en las notas inventadas en las ocho páginas. Unos para reírse, otros para enfurecerse. Guardo celosamente algunos números, ahora amarillentos y borrosos. 

  • 2010 año en que publiqué “El ídolo no muere”, iniciando una racha hasta hoy.

Mi mamá quería que yo fuera médico o ingeniero. ¡Qué ilusa! Bueno, casi todas las madres se exceden sobreestimando a los hijos. Creen que son excelentes para cualquier tarea, los ven simpáticos y no permiten que nadie esté en contra de ellos. Por lo visto, mi mamá pertenecía a ese gigantesco club. Mi papá tenía más sentido práctico. Él solo quería que yo sirviera para algo, por decir algo, un contador público, con camisa manga larga, corbata y sentado en una oficina. Le bastaba imaginarme así, para considerarme “importante”. Para mí, la vida era un juego. No importaba el marco de restricciones que tuve que atravesar durante una turbulenta adolescencia. Yo era feliz jugando algo o viendo jugar. Realmente comencé a interesarme en la información deportiva internacional después de la aparición de Pelé durante el Mundial de 1958. Fui un fracaso como estudiante, pero la vocación por el deporte, terca e intransigente, siempre estuvo detrás de mí persiguiéndome, o a la orilla, haciéndome señas. Finalmente, en 1970, logró atraparme y entré al periodismo por casualidad, cuando  súbitamente, se me presentó la posibilidad sin yo buscarla.

Fue entonces que la esperanza de mi papá “no importa lo que llegues a ser, solo quiero que seas alguien”, comenzó a hacerse realidad. Perdóname mamá por no haber podido ser ni médico ni ingeniero.

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