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En la página en internet de The Ring, con la firma de uno de sus cronistas estelares, Doug Fischer -en un tiempo redactor estrella de Boxing Max, me encuentro con unas interesantes declaraciones de Carlos Cuadras sobre Román “Chocolatito” González: “Él es implacable. No se cansa en toda la noche. Su defensa es mejor de lo que esperaba. Paraba mis golpes con sus brazos y venía encima con sus golpes”. Cuadras, que ahora se jacta de ser el único que ha golpeado y dañado tanto al pinolero, considerando que pudo haber ganado, se refería al factor clave que utiliza Román para edificar sus victorias: la presión, que ahoga y mata.

Es lo que explicaba ayer en mi nota. Que aunque ya todo terminó, Cuadras todavía se siente perseguido por “Chocolatito”. A pesar de los kilómetros que recorrió el azteca en su permanente fuga, mostrando una gran rapidez, fue asombroso cómo el púgil nica sobrevivió al desgaste, disparando golpes, casi mil en ofensiva, con la máxima carga. Eso solo es posible cuando te sometés a una preparación física tan exigente como la de un fondista. “Para correr 1,500 metros, hay que estar preparado para 5,000”, decía el astro Jim Ryun. Exactamente eso fue lo que hizo Román. Podía haber seguido ofreciendo esa frecuencia de golpes, de haberse extendido la pelea a 15 asaltos como en los tiempos anteriores. Estoy seguro.

UN PELEADOR COMPLETO

“Chocolatito” aprovechó las dificultades planteadas por Cuadras, para mostrarse como un peleador completo, justificando el reconocimiento que se le hace como mejor libra por libra. Pudo haber evitado daño a cambio de no poner encima de Cuadras tanta presión, pero prefirió exponerse, confiando en su resistencia, en la solidez de su mandíbula y en su defensa, para no darle respiro a Cuadras, obligándolo a mantenerse atrás, dependiendo solo de golpes largos y utilizar entradas tan rápidas y preocupantes, que no le permitieron sumar puntos por su falta de efectividad.

Fue golpeado, como el fantástico Ray “Sugar” Robinson frente a bombarderos como LaMotta, Fullmer, Basilio o Gavilán. El boxeo, la profesión en la que se mueve Román hacia lo grandioso, exige sudor, sangre, sufrimiento y hasta lágrimas. Vi llorar derrumbado en su butaca a Alexis Argüello, mientras Ernesto “Ñato” Marcel levantaba su manos festejando la victoria. En ese momento, Alexis buscaba su primer título mundial y casi vuelve a fallar ante Olivares, pero fue rescatado por su punch demoledor.

A CAMBIAR EL PLAN

En los primeros asaltos, Cuadras se convenció que no tenía entrada. Siempre inició con rapidez, como si estuviera determinado a pelear adentro para hacer sentir sus ventajas en asimilación y poder, pero no pudo, y fue necesario recurrir al Plan “B”. Atrás para tratar de desarticular con velocidad, movimientos extras y largos escopetazos. Pero encontró respuestas a cada una de sus propuestas. Quizás pensó que tendría tiempo para tomar una oportunidad de volcarse, pero Román no lo permitió. Insistió bravamente sin preocuparse de corte y de hinchazones. Las batallas se ganan zigzagueando entre cadáveres.

Apunta Fischer en su nota, que la presión de “Chocolate”, junto con su capacidad para bloquear, variedad de golpes y ejecución de combinaciones, fue brillante. “Fueron mis combinaciones las que establecieron la diferencia”, le responde Román a una de sus preguntas. No fue esta victoria, la verdadera graduación del pinolero, sino la confirmación de todo lo que se ha dicho sobre su armamento. Y algo más trascendente, demostrando que no hay forma de ganarle por disponer de todos los antídotos imaginables. Después de Cuadras, el pinolero creció unas pulgadas en reconocimiento. ¡Qué clase de peleador!

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