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“Vi en acción a cada uno de ustedes, y cuando los recuerdo, vuelvo a emocionarme intensamente. Los felicito. Se lo merecen. El deporte nicaragüense está orgulloso de lo que hicieron y significan”, dijo el Presidente del Comité Olímpico y del Comité del Salón de la Fama, Emmett Lang Salmerón en su intervención cerrando el acto en el Centro de Convenciones del Hotel Crowne Plaza ayer. Las palmas fueron sonoras como una banda de guerra; las manos, agitadas, se hincharon; las almas, flotaron alegremente.

Atrás, habían quedado las llamativas palabras de agradecimiento de Denis Martínez, el más grande pelotero pinolero, a quien le fue dedicada la ceremonia de graduación de los 10 atletas seleccionados; el discurso tan bien manejado por el Lic. Osvaldo Gil Bosch, dirigente del deporte puertorriqueño invitado especial y agregado al Salón como personalidad vinculada con nuestro deporte; la intervención de la eficiente y talentosa Sara Carrión, quien preside actualmente el olimpismo boricua; el desfile de los galardonados, la entrega de diplomas y medallas, y las frases del nuevo miembro, Jorge Luis Ayestas.JORGE LUIS AYESTAS FUE UNO DE LOS PROMOCIONADOS.

DENIS Y OSVALDO

Si en algún momento falló la luz, nadie se percató. Había suficiente iluminación con todas esas trayectorias para evitar cualquier intento de mordisco de la oscuridad. Pese a todos los reconocimientos que se le han hecho, la emoción no se agota en Denis Martínez. Siempre reacciona como si fuera la primera vez. Eso grafica su sencillez, también inagotable, y agiganta su grandeza dibujada sobre un lienzo imaginario, inextinguible, con una maestría como la de Rafael o Goya. Ahí estaba el atleta de ejemplar enderezamiento, un esfuerzo muy superior al de sus cifras alcanzadas.

Osvaldo Gil, abogado de profesión atrapado por su inmensa pasión por el deporte, se sintió rejuvenecido instalado en la proximidad del noveno piso de su existencia, con 84 años acumulados. Hubo un momento, durante su intervención, cuando explicaba cuántos de los trozos de su corazón, son nicaragüenses, que sus rodillas se doblaban, casi tanto como la de Escalera frente a Alexis aquella tarde de calor y lluvia en Bayamón. Pero no cayó, y en cambio entró en una cabalgata de recuerdos, que en su caso, siempre desembocan en Roberto Clemente, el inolvidable boricua que arriesgó y entregó su vida por ayudarnos en un momento de desesperación suprema, cuando todavía temblábamos por encima del 5 en la escala Richter.

¿Quién era el más grande de todos los exaltados? Ese era un tema para otro momento, para largas e interminables discusiones apasionadas, no una pregunta apropiada en la realización un acto de esa magnitud, en un momento en que todos ellos se sentían iguales, independientemente de sus disciplinas y de sus cifras. Entre la ovación final, al ritmo de las notas de Camerata Bach, no había sitio para un gramo más de emoción. Habíamos atravesado por un acto imperecedero, como lo son las Pirámides de Egipto. Las emociones, también mueven montañas.

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