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Pensaba que con el paso del tiempo, habiendo escalado el piso siete de la tercera edad, la capacidad para emocionarme se encontraba debilitada. Sin embargo, la noche de la presentación de mi último libro “Yo, Vago”, me sentí atrapado por una cabalgata de emociones a ratos frenética. Primero el lleno, que incluía gradas sol y mezanine, como me dijo Enrique Armas sentado a mi lado antes del inicio del acto; después, la disposición de amigos participantes como René Pineda, quien se robó el show; Luis Enrique Mejía Godoy, Otto de la Rocha, María Lily Delgado, y sobre todo Chilo, mi esposa, quien además de contar anécdotas familiares, hasta bailó folclor y me obligó a hacer el ridículo; y finalmente, esa conexión directa con los asistentes, amigos que te escuchan o te leen. Una noche difícil de olvidar con cierre de preguntas y respuestas en el Aula Magna César Jerez en la UCA, agradeciendo a Display Nicaragua y Soluciones Monge su apoyo.

Sentirse otra vez chavalo

En uno de los capítulos de “Yo, Vago”, escribo: Cuando somos chavalos, el mundo mágico de la imaginación es fascinante. Nos sentimos a bordo del Batimóvil, volando con Superman, en el caballo con El Llanero Solitario, viajando 20,000 leguas a bordo de un submarino, a la orilla de Ulises frente al Cíclope, y creciendo, estamos ayudándole a Napoleón frente a Wellington en Waterloo. Cada uno de nosotros, de diferentes maneras, tiene sus mil y una noches. Tenía 12 años cuando froté imaginariamente la lámpara para estar en el debut de la Liga Profesional en 1956. Sabía que solo era un sueño, hasta que mi padre me dijo: “tengo dos boletos, me los obsequiaron”. Así que yo estaba en las tribunas del lado de primera base cuando Bert Bradford le conectó a David Jiménez el primer hit en el beisbol profesional. Doña Auxiliadora Mercado, esposa de Tijerino, se robó el show.

Algo parecido experimenté esa noche en la presentación de “Yo, Vago”, mi décimo libro, sin programar otro, aunque tengo varios proyectos en mi cabeza, entre ellos el de continuar batallando, haciendo ruido. De pronto, entre las emociones, me sentí otra vez pequeño, como cuando intentaba ser alguien como atleta, cuando el deporte en los barrios era más intenso que en las escuelas y se jugaba en las calles. Aquel beisbol con bolas de trapo, o realizando carreras cortas levantando polvo, o jugando futbol a la brava con dos piedras intentando graficar las porterías. Cuando no imaginaba ser un Joe DiMaggio, Pelé estaba distante y de Jesse Owens sabía muy poco, casi nada. En aquellos años 50, siendo todos pequeños, no teníamos ídolos deportivos, solo nos atraía jugar. Incluso el trompo, las chibolas, los zancos y otras formas de distraernos pertenecían a nuestras prioridades. Obvio, no teníamos televisores, era necesario comprar periódicos y eso lo hacían los que podían. Tampoco éramos adictos a los aparatos de radio, como lo fuimos más adelante. Así que nuestro objetivo era jugar, al mismo tiempo que leíamos los llamados pasquines y tratábamos de ir al cine a ver cualquier cosa. El mundo se veía en blanco y negro. En la pobreza las pretensiones son muy pocas, pero parecen ser suficientes, y para la chavalada hacer deporte era demasiado importante en aquel tiempo, y tratar de ser bueno un objetivo difícil de alcanzar, pero muy motivador.

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Estupena organización 

Una y otra vez salía de la imaginación y regresaba al acto de presentación. Solo veía a los que estaban en primera fila y lamentaba pese a la gruesa asistencia, la ausencia de tantos amigos por diferentes motivos, como nunca antes me había ocurrido en una presentación. “No hacen falta porque no hay butacas vacías”, me dijo alguien muy cercano cuando le comenté, respondiéndole que uno siempre necesita de sus amigos, y lo comprobé el viernes. Por eso me emocionó el saludo de Denis Martínez desde Miami y la llamada de mi hija María Auxiliadora, que está estudiando en Guadalajara. 

Más me emocionó la entrega de Luis Pastor González en la organización; la multiplicación de esfuerzos de René Pineda por interpretar varios personajes que nos permitió contar, entre otros con el presidente, el cardenal, el poeta y el papa; el empeño por la perfección de Luis Enrique Mejía Godoy mostrando su calidad y profesionalismo, atreviéndose a cantar por vez primera “Emociones” de Roberto Carlos y “Cuando vivas conmigo” de José Alfredo Jiménez, más la interpretación y musicalización de sus versos; la presencia de María Lily Delgado en otro “Vidas y Confesiones” realizando una entrevista llamativa; el aporte de Otto de la Rocha; la permanencia de Carlos Mejía Godoy pese a tener un show en La Casa de los Mejía, siendo obligado a estar pendiente del reloj, hasta salir disparado; el ¡aquí estoy! de Miguel Mendoza en el breve “Doble Play”; y la sorprendente actuación de Chilo, destapando un “cofre de intimidades” y bailando después de haberse entrenado para eso. Todo eso junto era un paquete muy grueso de emociones que se perdieron Julio Francisco Báez, Sergio Ramírez, Mundo Jarquín, Arturo Cruz, el Dr. Gilberto Martínez, Gioconda Belli, Nacho Lacayo y otros infaltables. Lo bueno es que todos los asistentes disfrutaron las tres horas.

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Tras huellas de mi padre

Tijerino y su esposa realizando un baile folkloricoEl recuerdo de mi padre Gustavo, autor de cinco libros sin haber estado nunca en una escuela, sentado en un pupitre, un autodidacta puro, apareció imaginariamente en escena mientras presentaba mi décimo libro. ¿Cómo ha sido posible eso? Cada vez que visito las universidades invitado para cambiar impresiones con estudiantes de periodismo, les digo lo mucho que me hubiera gustado estar en uno de esos pupitres recibiendo enseñanzas de conocedores de la profesión. Imposible olvidar que entré a una sala de redacción en 1970 como un soldado que es enviado a la guerra, desarmado. Sin manejo de la ortografía, algo que todavía me provoca picazón frente a la computadora; sin saber mecanografía, un déficit realmente preocupante; sin el dominio de cómo iniciar, darle fuerza al contenido y cerrar una crónica, era un minusválido en el periodismo. Y llegué a preguntarme tontamente: ¿Qué estaba haciendo un mal estudiante de ingeniería, limitado a dibujante y topógrafo, en una redacción? Fue así como me refugié en la lectura. 

Traté de seguir las huellas de los escritores deportivos de verdad y estudiar un poco a literatos que marcaban a las generaciones estudiantiles por las recomendaciones de los profesores, tal es el caso de Homero. La Ilíada y la Odisea, obras suyas, son apasionantes.

He sido producto de la improvisación, pero así me han aceptado, lo cual agradezco profundamente. ¿Tendré tiempo e impulso para otro libro? “Punto y Aparte” mis mejores crónicas en 46 años, o las grandes historias que deben ser recordadas, o “Los purasangre” pinoleros, sobre púgiles que con o sin título mundial conquistados han trascendido. No sé, pero ideas sobran en el piso siete de la tercera edad como dice Osvaldo Gil. Ya veremos. El tiempo dirá la última palabra.

10 libros ha escrito Edgar Tijerino, 7 son en años consecutivos, sin duda, digno de admirar.


    

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