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Cada vez que recuerdo la proeza, me pregunto: ¿Qué fue para Don Larsen subir a la colina del Yankee Stadium aquel 8 de octubre de 1956 para retar a los Dodgers? Y me respondo: Simplemente todo. Si alguna vez existió un pelotero capaz de concentrar “su grandeza” en un solo juego, ese fue Don Larsen. No necesitó hacer “algo más” en su oscurecida trayectoria. No tiene una butaca en Cooperstown, pero es más famoso que muchos inquilinos.

En 1954, con los Orioles, Larsen fue un pitcher constantemente “acribillado” a lo largo de 21 derrotas por solo 3 victorias y 4.37 en carreras limpias. ¿Quién diablos podía interesarse en él? ¿Desde cuándo se busca pitcheo de refuerzo entre los escombros? Larsen llegó inadvertidamente a los todopoderosos Yanquis en 1955, como consecuencia de un cambio múltiple, y con balance de 9-2 y 3.00 en efectividad se convirtió en un hallazgo. Durante la Serie Mundial con los Dodgers, Casey Stengel lo designó para abrir el cuarto juego frente a Carl Erskine y fue golpeado con 5 carreras en 4 entradas mientras los Dodgers empataban el clásico. Don Larsen

Larsen era un riesgo

En 1956, después de una temporada de 11-5 y 3.25 en  carreras limpias, y de haber resultado un fracaso como abridor del segundo juego de la serie frente a los Dodgers, Stengel le entregó la píldora a Larsen colocando bajo riesgo el quinto juego con las acciones equilibradas 2-2. Sin creyentes de su lado, el derecho fue al montículo solamente en busca de una buena actuación. Pero ese fue el día, y ese el juego que Larsen necesitaba para cabalgar hacia la inmortalidad en el beisbol. Durante tres entradas, él y Salvatore Maglie estuvieron perfectos. Aun siendo muy prematuro para pensar en la proeza, todas las miradas eran para Maglie, vencedor de Whitey Ford en el primer duelo del clásico.

Un cuadrangular de Mickey Mantle raspando la bandera del jardín derecho colocó adelante a los Yanquis en el cuarto inning y un hit empujador de Hank Bauer aumentó la ventaja 2-0. Una brillante jugada defensiva con bola rebotando en el guante de Andy Carey, el tercera base, recuperada por el short McDougal, y sacando out a Jackie Robinson en primera con un gran tiro, había salvado a Larsen en el segundo inning, en un momento no apropiado para hacer cálculos. En cambio, en el octavo, cuando 65,000 vibraban tras cada lanzamiento pensando que podía ocurrir algo improbable, una atrapada con el guante de revés realizada por Mantle en lo profundo del left-center, decapitando un batazo de Gil Hodges, tuvo un significado mayúsculo y un valor incalculable.

Un foul escalofriante

A solo un out de lo fantasioso, la última amenaza fue la presencia de Dale Mitchell bateando como emergente por el pitcher Maglie. En el momento de máxima expectación, el inspirado e irreconocible Larsen lo ponchó. Mientras el árbitro Babe Pinelli gritaba el último strike, Larsen se sintió elevándose hacia el cielo agradeciendo ese momento de grandeza nunca vivido por otro pitcher en Series Mundiales en más de un siglo.

En ruta hacia una misión considerada imposible para él, Larsen utilizó 97 lanzamientos y solo llevó a tres bolas malas a Pee Wee Reese en el primer inning. Quizás lo más aterrador para Larsen fue una línea de Amoros en el quinto inning, que pasó silbando junto al poste del rigth fielder rumbo a las gradas, y decretada foul. No busquen otro hecho meritorio de Larsen en una carrera carcomida por la mediocridad. Él no necesitó más para vivir por siempre entre los recuerdos impactantes del beisbol.

1956 logró Larsen el juego perfecto en la Serie Mundial, defendiendo los intereses de los Yanquis de Nueva York frente a los Dodgers.

97 lanzamientos realizó Larsen en aquel partido, llevando solamente a tres bolas malas a Pee Wee Reese en el primer inning. 

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