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El mánager Bruce Bochy vivió su peor pesadilla: ver colapsar a sus Gigantes en el inicio del noveno inning, cuando se daba por un hecho el alargue de la serie con los Cachorros a un quinto y crucial juego. Matt Moore había realizado una faena extraordinaria limitando a la artillería de Chicago a solo dos imparables en ocho entradas, y cabalgando sobre esa ventaja por 5-2, los estimulados Gigantes se prepararon para sacar los últimos tres outs y festejar su avance a la serie por el banderín de liga. Todo el bullpen de Bochy estaba disponible. Nada que temer en San Francisco. En cambio, en Chicago cada aficionado pendiente creyó tener una cabra en casa, recordándoles “la maldición” de 1945 hecha por William Sianis.

UN LARGO CALVARIO

¿Cómo fue posible que los Gigantes vieran esfumarse esa victoria en el último instante y quedaran descartados? Mientras cuatro relevistas de Bochy intentaban sacar el primer out, los Cachorros empataron el juego entre el asombro de una multitud arañada por el pánico. Kris Bryant disparó hit contra Derek Law. No se le permitió otro lanzamiento. Entró Javier López, un zurdo de 39 años, para trabajar a Anthony Rizzo y lo boleó. Bochy llamó a Sergio Romo y Ben Zobrist le conectó doblete impulsador de Bryant, colocando amenazas en segunda y tercera. Un buen momento para Will Smith, un zurdo que solo le habían bateado dos hits en sus últimos 15 relevos. Wilson Contreras, sin conocimiento de esa estadística intimidante, le asestó la estocada al center que equilibró la pizarra.

En el parque todos se estaban mirando aturdidos. Lo que estaba ocurriendo era algo surrealista, alucinante. La tierra se abrió de pronto tragándose el entusiasmo de casi 44,000. Jason Heyward roleteó al pitcher y Contreras fue forzado en segunda, pero el short Crawford, quien casi no se equivoca, tiró mal a primera buscando el doble play, y Heyward se extendió hasta segunda. Entró Hunter Strickland y con dos strikes en contra Javier Báez le disparó hit al centro, empujando la carrera que finalmente, fue la decisiva.

FAENA MACABRA DE CHAPMAN

Para sacar de escena al fantasma de la cabra Murphy, se necesitaba un pitcheo autoritario, casi macabro, y el mánager Joe Maddon envió a las brasas al temible pistolero cubano Aroldis Chapman. Ahí estaban en orden Gorkys Hernández, Denard Spam y Brandon Belt para intentar atormentarlo. El tirador de meteoros, haciendo zumbar sus disparos con aceleraciones entre 100 y 103 millas, no lo permitió. Tres ponches consecutivos amortajaron las esperanzas de un resurgimiento por parte de los Gigantes. El rechinar de dientes de Chapman se escuchó en todo el estadio.

Hey, no se olviden de mí, gritaba David Ross, quien jonroneó contra Moore en el tercer inning y con un largo batazo a los jardines impulsó a Báez en el quinto, para las dos carreras de los Cachorros, afectados por los naufragios de John Lackey y Justin Grimm, que permitieron cinco en cuatro entradas y un tercio. Entre los escombros de los Gigantes, consecuencia de la catástrofe, solo se captaban los gemidos del mánager Bruce Bochy.

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