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En los tres primeros juegos de la serie final el Estadio Nacional Denis Martínez ha sido testigo de dos batallas, la que se desarrolla en el terreno de juego y la que se libra en las tribunas, entre las barras de cada conjunto. ¿Qué sería de un partido de beisbol sin la guerra de las barras? Seguramente el nivel de emotividad sería casi nulo. Pero no ha sido en la final del Germán Pomares, pues tanto boerístas como dantistas se han encargado de inyectarle emoción y dinamismo a cada duelo.

Emocionante ceremoniaAmbas barras apoyaron hasta el final a su equipo de preferencia.

El prólogo del tercer juego fue una emocionante ceremonia en la que se homenajeó a los protagonistas de aquella final entre los Dantos y el Bóer en 1987. Veintinueve años después, muchos de los hombres que participaron en esa página de la historia del beisbol casero, entre los presentes estaban Alfredo Medina, Isidoro Urbina, Francisco Cruz, entre otros integrantes de aquellos Indios. Por los Dantos se presentaron Joaquín Avendaño, Danilo Sotelo (padre), Franklin López y Julio Mairena. La ceremonia fue como volver a vivir aquella serie.

Acto seguido la Comisión Nicaragüense de Beisbol Superior (CNBS) entregó placas de reconocimientos a los peloteros más destacados de la temporada regular del campeonato. Desfilaron a recibir su merecido reconocimiento figuras como Róger Marín, el más ganador con 17 triunfos; Juan Carlos Urbina, el más remolcador con 112 carreras impulsadas; Renato Morales, el mejor bateador con promedio de .417, entre otros destacados artilleros.

Incansables

Las agujas del reloj marcaban las 10:40 a.m. cuando de pronto la música que animaba el estadio fue reducida a un pequeño intento de animación por el emotivo ingreso de la barra de los Dantos, un conjunto de alegres jóvenes que al ritmo de trompetas y tambores coreaban con fuerza: ¡Dantos! ¡Dantos! ¡Dantos!

Como robots con las baterías siempre bien cargadas, programados para animar todo el tiempo que sea necesario, la barra de los Dantos no se cansó de animar a su equipo. Ese danto de peluche cargado por los aficionados, no paró de moverse de un lado hacia otro, convirtiéndose en una de las principales atracciones en el Estadio Nacional.

En la apertura del tercer episodio, cuando Juan Oviedo, remolcado por imparable de Rafael Estrada, anotó la primera carrera de los Dantos, el bullicio provocado por los dantistas fue ensordecedor, el Estadio Nacional Denis Martínez se estremeció.

¡Ruido ensordecedor!

Fue en el sexto episodio que la barra de los mimados de la capital mostró señales de vida. Hasta entonces, cuando el Bóer llenó las bases sin outs ante Gustavo Martínez, que los aficionados de los Indios empezaron a corear: ¡Vamos Bóer! ¡Bóer! ¡Bóer! ¡Bóer! El equipo respondió al ánimo de su afición dándole vuelta a la pizarra 2-1.

Tan solo una entrada más tarde, el bullicio ensordecedor fue protagonizado por la barra de los Dantos, mientras los aficionados del Bóer guardaban silencio ante el peligro inminente de su equipo, que batallaba para salir ileso de una entrada en las que las bases estaban llenas y no había outs en la pizarra. La erupción de alegría fue inevitable en el sector de la barra de la “Maquinaria Roja” cuando el equipo le dio vuelta al marcador, estableciéndolo en 4-2. Fue como que un volcán hiciera erupción, el histórico coloso nacional volvió a temblar, y lo hizo con más fuerza cuando el Bóer le dio vuelta a la pizarra 6-4.  

¿Se imaginan qué pasó cuando con jonrones de Ofilio Castro y de Juan Oviedo empataron la pizarra? El alboroto entre los aficionados de los Dantos fue enloquecedor, aunque no tanto como el provocado por el jonrón de tres carreras de Juan Carlos Urbina que le dio la victoria a los Indios.

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