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Cuando vi las fotos de Román González en la Basílica de Guadalupe, en México, imaginé que un mar de críticas vendría sobre él. Algunas lógicas, otras quizás fuera del lugar, pero es el precio que paga una figura pública, expuesta a cuestionamientos y en ocasiones injustamente juzgada.

Román, quien durante toda su carrera se ha presentado como cristiano evangélico, pagó el precio de un error de su manejador Carlos Blandón, encargado de manejarle las redes sociales, mostrándole a los aficionados cada movimiento que realiza el tetracampeón, lo cual es positivo y merece ser aplaudido; sin embargo, un mal paso puede trocarse en una distorsión de la imagen del pugilista. 

Estoy seguro que Blandón nunca tuvo la intención de perjudicar a Román con esa publicación. Fue un error y el boxeador hizo bien en aclarar que él no había hecho esa publicación.

Además dijo que su pastor Omar Duarte le había llamado la atención. Esto último considero que no era necesario expresarlo, con solo el hecho de explicar la realidad de los hechos era suficiente, pues al final nunca se puede quedar bien con la gente.

Sentí un poco de decepción por la intolerancia que algunas personas muestran en redes sociales. De repente la religión se convierte en una cultura, y no en una forma espiritual para vivir y producir cambios significativos en las malas actitudes que podemos tener como seres humanos imperfectos. La gente no defiende los mandamientos de Dios, no, defiende una doctrina, un costumbrismo y no los preceptos bíblicos.

Las críticas contra Román estaban centradas en imponer qué religión tenía la razón. Algunos aficionados pusieron a pelear como si se tratara de un combate de boxeo, a la virgen María contra Jesús, aconsejando al pugilista de que no nadara en dos aguas. Me gustó que en la conferencia de prensa ofrecida por el tetracampeón dijera que él respetaba a todas las religiones.

Eso estuvo bien, de eso se trata, algunos se ofendieron por su aclaración, pero realmente fue lo mejor que pudo hacer. No era justo estar siendo atacado sin haber cometido un error. ¿Cuál es el pecado de ir a la basílica como turista, atendiendo la invitación de un amigo? Ninguno, pero de repente el legalismo ciega a las  personas.

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