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Los Dantos, que en el inicio del noveno parecieron ser una montaña cayendo al mar, tuvieron aliento para enderezarse y coronarse campeones del Pomares, derrotando 7-6 a un Bóer fabricante de milagros. Zigzagueando entre el pasaje bíblico, Lázaro no pudo resistir: resucitó. Se levantó, se adelantó increíblemente, pero después de un paso al frente, volvió a morir. Eso fue lo que hizo el Bóer ayer mientras la excitación se convertía en frustración, los corazones de sus seguidores se arrugaban y se pasaba del sonar de los tambores al doblar de las campanas. Cierre estrujante y dramático de un torneo que hace valer lo emotivo por encima de la discreción del beisbol que ofrece. No es buen vino, pero es nuestro pinolillo,
que tanto nos gusta y disfrutamos.

El resurgimiento indio en la azotea del noveno inning, fue tan increíble como ver borrar a Miguel Ángel las imágenes del techo de la Capilla Sixtina. La ventaja de los Dantos por 5-1, construida con el rápido y efectivo cañoneo del primer inning contra Elvin García y los jonrones de Ronald Rivera en el segundo y octavo episodio, parecía ser un factor de seguridad con solo tres outs pendientes y los bates indios con las baterías bajas. Pero en beisbol, nunca puedes decir nunca ocurrirá. Esa arremetida de cinco carreras aprovechando tres boletos seguidos sin out, un imparable y el jonrón de Javier Robles haciendo girar la pizarra 6-5, nos metió al callejón de la locura.

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FINAL SOÑADO, ESFUMADO

Ahora se trataba de sujetar a los Dantos en el fondo de esa novena entrada, algo que el pitcheo indio logró entre el tercero y el séptimo, colgando cinco ceros consecutivos. Darrel Leiva, quien difícilmente es el hombre apropiado para trabajar bajo presión, buscaba el importantísimo primer out enfrentando al emergente poco visible Enmanuel Vanegas, pero lo boleó colocando en primera la carrera del empate para los bates de Ofilio, Oviedo y Garth, la mayor concentración de pólvora del ataque rojo. Masticando sus uñas, Tiffer sacó de escena a Leiva y le entregó la píldora, que pesaba como una granada de mano, a Wilson Flores.

Cualquier nombre en esa situación, era asunto de cruzar los dedos, cerrar los ojos y rezar. Con Ofilio en turno, bateador de excelente swing y suficiente sangre fría, Flores envió una señal siniestra sobre su control, enterró una pelota que el receptor Dávila bloqueó, y volvió a hacerlo cometiendo un wild que hizo avanzar a segunda el empate, sin out. Ofilio le pegó en la nariz a una pelota que viajó acelerada entre dos jardineros por la derecha, fue hasta la pared y agrandó el caos. Lanzado hacia tercera base, provocó un mal tiro y cuando continuó hacia el plato con la carrera de la victoria, el cátcher Dávila no estaba, había sido tragado por la tierra. Fue el momento en que Lázaro se arrepintió de haber resucitado y volvió a morir. El 6-5 favorable a los Indios se transformó en un abrir y cerrar de ojos en un 7-6 que los mató, coronando a los Dantos.

UN INICIO FINALMENTE DECISIVO

El Bóer dispuso de una gran oportunidad de golpear primero en el propio inicio del juego, pero con hombres en segunda y tercera y dos outs, Janior Montes se ponchó. Ese fue un out valioso, manteniendo en cero a los Indios. En el cierre, dobles consecutivos de Walters y Burton, y cohete de Ofilio  proporcionaron a los Dantos temprana ventaja de 2-0. Jonrón solitario de Ronald Rivera contra el abridor indio Elvin García, quien regresaba a la colina después de una breve permanencia el sábado, en el mismo rol, aumentó la diferencia 3-0, cubriendo de pesadumbre a la fanaticada de la Tribu.

Un par de errores de los Dantos en el tercero le permitieron al Bóer una señal de vida desde la sala de emergencias, marcando una carrera. La desventaja de 3-1 no era desilusionante a esa altura, pero cuando seguía ahí como el dinosaurio de Monterroso después del turno indio en el octavo, sí parecía tener el peso de una lápida. Sobre todo, cuando el jonrón de dos carreras disparado por Rivera, su segundo del juego y tercero de la serie, estiró la diferencia 5-1. Un buen momento para escuchar los gemidos del público indio.

RESURRECCIÓN Y VUELTA A MORIR

La espectacular e increíble resurrección del noveno contra los brazos de Luis Somarriba y Henry Córdoba, dándole vuelta al partido, le dieron forma a la posibilidad de otro milagro como el que ocurrió el sábado. Tres boletos sin out preocuparon sin alarmar. Pero el fly de sacrificio de Sotelo y el hit de Mario Pasos, acercaron al Bóer 3-5 con dos circulando. Javier Robles es un hiteador, no un depredador, pero funcionó como tal jonroneando contra Córdoba y colocando adelante al Bóer 7-6 en la intersección entre el júbilo sin control y la locura agigantada.

La única intriga parecía ser ¿qué pasará mañana en el juego decisivo de vencer o morir?  hasta que en el cierre, la frustración entró al galope en el campamento indio. Leiva, tan inseguro como cualquier otro relevista, boleó al emergente Vanegas y lo llevó a segunda con un pitcheo desviado. Darrel salió y dejó su lugar a Wilson, este no pudo torear a Ofilio, quien con un gran batazo entre dos al fondo de los bosques, decidió el juego extendiéndose hasta el plato entre la confusión provocada por un mal tiro y el abandono del plato por parte del cátcher Dávila. Tiffer, ya sin alma, ensayó inútilmente una protesta sobre la invasión del plato por el ejército de Dantos.

Todo estaba terminado. Con el merecimiento requerido de su lado, los Dantos se coronaron. Para el Bóer fue un resucitar para volver a morir.

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Ofilio: “Mi madre disfrutó ese batazo”Ofilio Castro anotó la carrera del triunfo.

Harold Briceño Tórrez
 

Era el noveno episodio, los Dantos, que habían dominado todo el juego, estaban cayendo 6-5 tras una remontada espectacular de los Indios del Bóer. En el cajón de bateo estaba Ofilio Castro, con la responsabilidad de meter a su equipo en la pelea. Pero el muchacho, inspirado, conectó un triple que empujó la carrera del empate y un error en tiro le permitió anotar la carrera del triunfo y de la coronación. Llegó al homeplate y fue recibido como héroe, mientras alzaba su mirada al cielo, dedicándole todo el éxito conseguido a su madre, doña Marina Lechado, quien falleció antes del inicio de la serie final.

Entre lágrimas, el autor del batazo más importante de los Dantos, se refirió a lo especial del momento. “Mi madre siempre ha estado aquí, ella nunca me ha dejado solo, siempre estuvo conmigo, apoyando mi carrera. Estoy seguro que Dios y ella me dieron esta oportunidad desde el cielo, por eso les dedico este triunfo. Yo todo se lo debo a Dios y a mi madre”, además manifestó que “al igual que lo hizo en vida, mi madre disfrutó ese batazo”.

Ronald Garth sabía lo que ese cañonazo significaba para su compañero. “Lo primero que le dije a Ofilio fue que su mamá le había regalado ese batazo”, dijo Garth, añadiendo que el campeonato se lo dedicaban  a la mamá de Ofilio.

Ulloa creyó en la victoria

El mánager de los Dantos, Cruz Ulloa, nunca dejó de creer en la coronación, pese a la remontada del Bóer. “Con el Bóer poniendo la pizarra 6-5, arrebatándonos de nuevo la victoria, yo nuca perdí las esperanzas, pues confiaba en que venía la tanda central. Estaba creyendo en que Ofilio, Oviedo y Garth podían hacer el trabajo y así fue”, comentó el timonel, evidentemente emocionado por el éxito conseguido.

Incidentes

Juan Oviedo, pieza clave del título conseguido por los Dantos, señaló que “me siento orgulloso de seguir siendo incidente a pesar de mi edad, para mí es muy emocionante haber sido uno de los protagonistas de este campeonato”.

Por su parte, Ronald Rivera, el muchacho de los dos cuadrangulares, manifestó que “la gloria y la honra sea para Dios, nunca perdimos la esperanza, nos remontaron pero creímos en la remontada”.

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