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El grito de ¡Viva el Bóer! salía del alma y se llevaba en la sangre. Eran tiempos de romanticismo puro, de batallar con los molinos de viento creyéndolos gigantes, de masticar rabia frente a la frustración. En tiempos como esos, después de perder un partido como el sexto, el boerismo se sentía derrumbado, aplastado, perdía el apetito y las ganas de hablar de beisbol.

Una tragedia sin fin. La nueva generación de boeristas posiblemente es más sensata y sabe controlar las emociones. Cierto, perdió el equipo, pero no es el apocalipsis. Hasta admiten que ganó el mejor -léase Dantos-, y que se sienten satisfechos por la forma cómo peleó el equipo.

Pienso igual que ellos, así que inclúyanme por favor.OFILIO CASTRO FUE LIDER DE LOS DANTOS.

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QUEDAN LOS DESENLACES

Cuando se sale de un no hitter en contra para casi provocar un milagro en el último instante durante el cuarto juego, convirtiéndose en amenaza y caer 3-2 con el cuchillo entre los dientes; cuando puedes arrebatar un juego que perdías 0-6 con las esperanzas entre escombros; cuando vuelves a regresar a la vida borrando espectacularmente un 1-5 y te colocas a solo tres outs de la victoria, aunque finalmente pierdas el juego y la serie, es que has ofrecido un esfuerzo heroico, y se te puede perdonar que hayas quedado en la nada. Fue tanta la emoción juego tras juego, que el disfrute del suspenso, ocultó los tenebrosos problemas por los que atravesó el pitcheo de relevo indio, lo errático de su defensa, y la inseguridad que aguijoneaba la posibilidad de tranquilidad nunca conseguida. Consecuentemente, las imágenes que quedan flotando, imborrables, son las de los desenlaces, la mayoría electrizantes.

UN TOUR FRENÉTICO

El Bóer no tuvo aliento para pelear el primer juego y cayó por 7-2 víctima de seis errores que condenaron a Róger Marín a ser reemplazado después de cuatro entradas; ver a los Dantos borrar una desventaja de 0-6 y ganar el segundo duelo 7-6 con el jonrón de Ronald Rivera culminando una arremetida de seis carreras en el fondo del noveno, fue desesperante; el tercer desafío, caracterizado por un duelo de metralla en los innings siete y ocho, fue ganado por los Indios con el jonrón de Juan Carlos Urbina; la victoria de los Dantos en la cuarta batalla por 3-2, con Jorge Bucardo y Samuel Estrada aproximándose al no hitter, pareció dejarlo todo escrito, sin embargo, el Bóer vino desde muy atrás para voltear ruidosamente con el bateo dañino de Juan Carlos Urbina, un 0-6 adverso, imponerse 7-6 en el quinto juego y apretar la serie. Con la excitación al máximo, olvidadas ya las suspensiones por lluvia, se llegó al sexto duelo y el Bóer en otro alarde de recuperación, hizo girar con el jonrón de Robles, ese 1-5 en contra para transformarlo en el 6-5 favorable, solo para ser demolido por el batazo de Ofilio y morir 7-6.

¿SERÁ INOLVIDABLE?

Todos coinciden que fue una serie para permanecer en el recuerdo. Por ahora eso es cierto, pero el paso del tiempo no perdona. Poco se habla de aquella serie que el León le arrebató a los Dantos con una increíble racha de cuatro victorias, tampoco hay claros recuerdos del monumental relevo realizado por Raudez recorriendo 14 entradas por el Granada en 1985, ni de las trepidantes batallas entre Bóer y San Fernando. Así que no le pongan sello a eso. ¿Fue revitalizante para nuestro beisbol? Sí lo fue. En el momento preciso, y le sirve de soporte a la Liga Profesional que se inicia el viernes. Hay que agradecerle eso a Indios y Dantos.

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