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Ahora hay opiniones encontradas sobre José Fernández, el pícher de 24 años recientemente fallecido al estrellarse su lancha contra un rompeolas, en compañía de dos amigos, que también murieron. El informe toxicológico, indica que estaba muy ebrio, con una alta dosis de alcohol, y que tenía cocaína en la sangre. Esto no cambia los lamentos alrededor de un pelotero grandioso proyectándose como una segura figura cumbre, bañándose de millones de dólares, pero sí, el punto de vista sobre su persona. El dolor no es menor, sí el afecto.

Un muchacho víctima de la inmadurez, que no pudo manejar su viaje al estrellato a bordo del tren bala de una juventud deslumbrante, acompañada de un éxito posiblemente enloquecedor.

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En la recta final de la temporada, buscando “algo más” para meterse de lleno en la lucha por un Cy Young, en lugar de concentrarse en la preparación para su siguiente apertura que sería muy incidente, Fernández, quien esperaba su primer hijo de María Arias programado para el mes de febrero, decide “vacacionar” sin medir los riesgos, sin percatarse del significado que estaba alcanzando, sin mirar al futuro, y muere en la madrugada persiguiendo el peligro, que finalmente frena, se voltea y lo golpea definitivamente.

¿Es realmente la juventud un divino tesoro? Esa es la etapa de nuestra vida en la que estamos más expuestos a las imprudencias que nos empujan a cometer errores de todo tamaño, hasta inconmensurables, como la falta de responsabilidad con el mismo de José Fernández. Cuando uno envejece, quisiera regresar a la juventud con la capacidad de razonar cultivada, con criterios más apropiados frente a las circunstancias, con mayor certeza en las decisiones. Es entonces que nos preguntamos ¿qué hicimos con nuestra juventud?

Fernández tomó riesgos mayúsculos para salir de Cuba. Iba en busca del futuro que almacenaba en el poder y sabiduría de su brazo derecho, y de la grandeza que podía conseguir. Lo logró, y después no supo qué hacer con el manejo de su presente resplandeciente. El alcohol, la cocaína, los amigos dentro del descontrol, y la pérdida del sentido común, no lo hacen un ejemplo, mucho menos un héroe, pero lo que mostró como pelotero, nadie se lo puede robar.

Será recordado por siempre, como el muchacho que no supo usar su cabeza fuera de la colina de lanzar.

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