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El corazón, la tímida sonrisa, la limpieza de esa mirada que a veces daba la impresión de ser triste, y sobre todo, la sencillez que siempre acompañó a Arnulfo Obando no serán olvidados por Román “Chocolatito” González, por ahora, huérfano de un entrenador, permaneciendo a la orilla de los lamentos por la pérdida de quien tanto cariño le tuvo y tanto respeto le mostró. Le pregunté al Dr. Carlos Blandón, si alguna vez, durante la preparación de Román para sus peleas, escuchó un gruñido de Arnulfo, mostrando molestia, exigiendo atención o mayor esfuerzo. “No, nunca se le escuchó gruñir, ni gritar. No fue necesario”, respondió el abogado-representante.

El gesto bonachón de Arnulfo Obando, su humildad para distanciarse de los reflectores, su entrega al adiestramiento de esa joya del boxeo que es Román, y esa tolerancia mostrada con los medios asimilando diversas opiniones, se han apagado. Arnulfo quedó cerebralmente inmovilizado, en dependencia de una decisión familiar finalmente asumida ante lo irreversible. La más terrible decisión imaginable para una familia. La que ninguno de nosotros quisiera tener que tomar. De pronto, la vida se termina, en la vuelta de la esquina como decía mi abuelo, confirmando lo que decía Nietzsche que “nadie es dueño del próximo instante”, porque todos, absolutamente todos, estamos expuestos a lo imprevisible.

Sin duda, Arnulfo estaba atravesando su mejor año. Había sido nominado por la prestigiosa revista The Ring para estar en las consideraciones como entrenador del año y recibió la condecoración Alexis Argüello. Obviamente ese reconocimiento lo llenó de orgullo sin morder un centímetro de su humildad. Estoy seguro que económicamente, al lado de “Chocolatito”, había alcanzado su mayor nivel en los últimos años. Los cronistas, tanto del terruño como del exterior, se interesaban en estar en contacto con él. Pienso que eso le gustaba como un certificado de importancia, sin provocarle aturdimiento. Y precisamente en su mejor momento ocurre esto: severa, dramática y trágicamente afectado por ese derrame cerebral, Arnulfo se ve mortalmente golpeado y obligado a salir de competencia. ¡Que inescrutables son los designios del Señor!

Lo más trascendente en el momento de lo definitivo son las huellas que se dejan y Arnulfo puede sentirse satisfecho, porque sin necesidad de estar acompañado del retumbar de tambores y el sonar de clarines, deja recuerdos imperecederos, entre ellos, un profundo agradecimiento de “Chocolatito”, el púgil técnicamente mejor armado que por aquí hemos visto. Más allá de su sencillez, Arnulfo Obando quedó en paz, con él y con el mundo.

La familia, sumergida en la pesadumbre, se aferró a un milagro que no ocurrió. Aunque Arnulfo no llegó a ser un boxeador altamente calificado, su vinculación con ese deporte fue tan profunda que quizás, si le hubiesen iniciado un conteo, él se hubiera puesto de pie.

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