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Cuenta Cairo Murillo, mánager de la selección sub-14 que compitió en el Panamericano en México, que cada vez que José Aráuz salía del dogout al cajón de bateo decía con seguridad que no sería fácilmente dominado, que aunque el pícher luciera indescifrable, él le conectaría de imparable, y así fue, pues ligó 11 incogibles en 20 turnos, alcanzando un promedio ofensivo de .550, la cifra más alta del torneo. Ese fue tan solo uno de sus abundantes logros, pues regresó de México convertido en un coleccionista de trofeos.

Aráuz, que divide su tiempo entre los estudios y las prácticas de beisbol, alcanzó un brillo cegador en el Campeonato Panamericano Sub-14 en México, en el que la novena azul y blanco quedó en cuarto lugar, por detrás de México, Panamá y Brasil. José no pudo guiar a la selección a la final, aunque lo intentó con todo su esfuerzo, pero algo que sí pudo hacer fue dejar su nombre en lo más alto, aún por encima de las figuras de naciones que alcanzaron en el podio.

Otra vez, parafraseando la reconocida canción, tenía que ser un nica el más laureado del campeonato.

De un talento sorprendente y de un hablar sincero, Aráuz bajó del avión con dos maletas en sus manos, una de ellas venía repleta de trofeos, pues el muchacho arrasó con los lideratos ofensivos del torneo. Se quedó con el mejor promedio (.550), exhibiendo una extraordinaria capacidad de tacto. Además, se adueñó del liderato de jonrones con cuatro y de carreras impulsadas con 13.

Todo eso le valió para quedarse con el título de Jugador Más Valioso del certamen. Ah, agréguenle que recibió trofeo por su juego defensivo como jardinero.

“Todo se lo debo a Dios, pues Él me dio la capacidad para batear bien, además me otorgó el poder necesario para mandar la pelota al otro lado de la barda y me permitió, casi siempre, encontrar compañeros en las almohadillas”, dijo Aráuz, con su rostro resplandeciente de orgullo.

Por su parte, Murillo señaló que “Aráuz es un pelotero especial, él siempre andaba alegre y disfrutaba el juego, demostraba una seguridad incomparable, no importaba cuán duro estuviera el pícher, él siempre aseguraba que lo descifraría”. Las palabras de Aráuz, en todo el torneo fueron una realidad palpable.

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