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Después de 42 años, hay que agregar los recuerdos que dejó Alexis Argüello, a nuestros volcanes rugiendo, a las olas embravecidas de playas que nos enorgullecen, y por supuesto, al alma rebelde y corazón valiente de aquel pueblo tejedor de historias heroicas. Solo cuando se alcanza la idolatría es posible eso. No hay fecha que se encuentre más profundamente grabada en esta tierra tan constantemente estremecida, y más presente, que el 23 de noviembre de 1974.

Alexis Argüello fue ídolo, antes de ser el primer pinolero Campeón Mundial de Boxeo.HACE 42 AÑOS ARGÜELLO GANÓ SU PRIMER TÍTULO MUNDIAL.

La idolatría es pasional y transita por lo sublime. Es un sentimiento que nos taladra hasta identificarnos con el protagonista, meternos dentro de él y juntar los latidos de corazones, las pulsaciones, la circulación de la sangre. Aquella noche del mes de febrero de 1974, viéndolo sucumbir frente a la destreza y los trucos de Ernesto “Ñato” Marcel, todos queríamos subir al ring para acompañarlo en su esfuerzo. El país lloró la derrota junto con él, sin que se destrozaran las ilusiones. El título “Alexis campeón, pero todavía no”, lo decía todo. Los ídolos siempre quedan en pie, aun perdiendo. Es algo real y simbólico.


RESTAURANDO ESPERANZAS

La resonante victoria sobre el temido Art Haffey, galvanizó las esperanzas y cuando subió al ring del Forum hace 42 años para retar la experiencia, los recursos y el significado de un Rubén Olivares que ya no era tan destructivo, Nicaragua volvió a erosionar de optimismo. “Ahora sí” pensamos, mientras round tras round, Olivares sorprendía con un boxeo sinuoso y mañoso. Alexis se veía trabado sin poder establecer la distancia requerida ni ensayar sus feroces descargas. El Cuyo, con su sistema nervioso deshilachado entre la incertidumbre, seguramente sentía que la tierra se lo tragaba; el Dr. Román, enmudecido, con sus ojos agrandados, sacudía su cabeza aguijoneado por la desesperación; Pambelé era una estatua. Nicaragua entera, en silencio, se comía las uñas.

Al comenzar el round 13, mientras apuntaba frenéticamente en una libreta que aún conservo, pensé: ¡Oh, no. Otro intento fallido. No puede ser! Fue entonces que ocurrió el cambio de imágenes que nos enloqueció. La confianza de Olivares era exuberante cuando se inició ese asalto. El azteca daba la impresión de moverse sobre mágicos patines; se arrimaba como el torero al toro, para asestar sus estocadas; sus ojos bien abiertos tratando de fijar el blanco. De pronto, un descuido, tan solo un descuido y Rubén bajó su derecha. ¡Diablos, que olfato el de Argüello! Su izquierda corta pero con rotunda potencia y exactitud matemática, trazada hacia la barbilla, provocó el derrumbe. El árbitro Dick Young tardó una eternidad en el conteo de 8 segundos. Rubén se incorporó, decidiendo sorprendentemente ir de frente a las bayonetas.

Argüello, con la oportunidad que grafica Picasso al alcance de sus puños, funcionó de inmediato y con una derecha, desactivó todo el aparato óseo del mexicano. La caída revestida del más intenso dramatismo fue la definitiva. Ahora sí, todo estaba consumado.

EL “FLACO EXPLOSIVO” CAYÓ DOS VECES ANTE AARON PRYOR.15 MIL ASOMBROS

Decidí comenzar con algo mexicano. Qué mejor título que “Los mariachis callaron” y qué mejor comienzo que el del corrido “Que digan que estoy dormido, y que me traigan aquí, México lindo y querido, si muero lejos de ti”. ¡Cómo olvidar ese swing fulgurante y preciso, tan enigmático como la sonrisa de la Gioconda que ilumina el Museo de Louvre, mortífero como un arponazo! Ante casi 15 mil asombros, Olivares se derrumbó como el cíclope frente a Ulises.

¡Maldita imprudencia! ¡Qué caro me costaste!, dijo Rubén en los vestidores, cuando ya todo estaba consumado. El guerrero azteca se cuestionaba, consciente que fue locura después de haber quedado pecho en tierra y soltar el protector bucal, levantarse de la lona. El rugido de la multitud continúa provocando escalofríos. Ahí en la cima de la montaña, con sus brazos extendidos, Alexis Argüello, el ídolo pinolero, elevaba una plegaria al creador. Sujetaba las lágrimas mientras un nudo  bloqueaba su garganta y el corazón gemía aceleradamente, con la agitación de un pájaro que trata de salir de la jaula.

“Todo listo para que Olivares se corone,” “Rubén sin alcanzar su mejor forma, no tiene chance,” “Argüello exuberante, puede abreviar la pelea,” “No se puede defender un título entrenando dentro de una botella,” advirtieron periódicos mexicanos el día del combate. No creían en Rubén. Sin embargo, este sorprendió a todos desplegando un boxeo pleno de habilidad, como si fuera Manolete o El Cordobés en una tarde de inspiración divina, hasta que ingresó al territorio del atrevimiento sin límites y terminó demolido.

¡MATALO FLACO!

Saliendo del fabuloso Forum de Inglewood, me detuve, volví a ver hacía atrás, fijé nuevamente las imágenes y escuché con claridad el eco: ¡Matalo Flaco! ¡Matalo! Olivares estaba adelante en la puntuación cuando ocurrió el nocaut. El árbitro Dick Young lo tenía al frente 8-3 y el juez Larry Rosadilla 6-4, en tanto, George Latka anotó 5-5 en rounds definidos, luego  de utilizar el sistema californiano de uno a cinco puntos de cada asalto. La gente de la Agencia Associated Press concedía a Olivares ventaja por 7-4. Se anunció que asistieron 14,313 espectadores, los que pagaron 186,210 dólares.EL “CABALLERO DEL RING” SE GANÓ EL CORAZÓN DE LOS NICAS.

Años después, visitando Nicaragua atendiendo invitación de Alexis, un Olivares calmo, frío y pensante, reconoció que fue una temeridad imperdonable haber decidido retar el poder de Alexis  en aquel round trece. “Sí, fue una imprudencia no buscar como amarrar, como escapar, como enfriar, como salir de la línea de fuego, como recuperar control mental y muscular para volver a arremeter en los dos últimos asaltos”, dijo Rubén mientras los tres cenábamos en un restaurante capitalino.

¿Creíste que Alexis, supuestamente atravesando por el desgaste, ya no tenía la suficiente dinamita?

“No fue eso. Como estaba manejando el combate y había asimilado sus mejores golpes, creí que podía noquear. Me sentí atraído hacia el cambio de golpes porque mis puños estaban funcionando con velocidad, poder y puntería y entre las brasas, podía golpearlo con más solidez”.

“Un leve descuido” ¿Llegaste a tener algún indicio sobre la izquierda que venía zumbando, o solo sentiste el arponazo?

“Fue un leve descuido. Giré buscando como combinar una derecha arriba con una izquierda abajo, cuando sentí el impacto en el hígado. Fue uno de esos golpes que obligan a cualquiera, por muy curtido y valiente que sea, a gritar “ay mamita”, pero no lo hice, solo me derrumbé... No pude evitarlo”.

¿Qué tan consciente estabas cuando te levantaste?

“Siempre estuve lúcido, pero el dolor por el impacto permanecía, y decidí esperar un poco.”
¿Qué dijo el “Cuyo” sobre tu insistencia suicida de arrimarte al toro, sin capa ni espada?

“El Cuyo gritó, el Chilero también, pero no estaba para escuchar nada, solo interesado en seguir lo que me dictara el instinto. Y fui a fondo, como todo gallo bravo. Creí estar en condiciones de responder consistentemente, pero Alexis sacó una gran fortaleza de sus reservas y golpeó destructivamente. Vi que estaba metido en líos, busqué cómo salir, pero fue imposible. Alexis estaba claro que si no definía en ese momento, estaba perdido”.

¿Qué tanta rabia sentiste cuando todo terminó?

“Ninguna... Me sentí satisfecho por lo que había mostrado. El periodismo mexicano aseguró que yo estaba acabado, que no sería rival para Alexis. A ellos sí los derroté”.

En la idolatría se juntan lo simbólico, lo real y lo imaginario con una fuerza avasalladora que nos estremece y nos atrapa. El genio puede ser captado a primera vista, el ídolo necesita tiempo para incrustarse en el corazón de la gente, llevar la admiración a un punto de ebullición e impactar, más allá de cualquier vulnerabilidad como ser humano que pueda mostrar.

Precisamente, eso lo hace ver más próximo a nosotros.

Entre las opciones disponibles, el boxeo ofrece excelentes posibilidades, porque te permite proyectarte ruidosamente de la nada a la gloria, mientras nuestras emociones se hinchan con ejecutorias en que la valentía, la destreza y la superación, se abrazan entre las cuerdas con sangre, sudor y lágrimas para producir resultados que te empujan a lo grandioso.

Somos nicaragüenses, nos jactamos de los valores que hemos tenido, así que seguiremos escuchando cantar a Camilo Zapata, vamos a continuar recitando los geniales poemas de Rubén, pero también, por supuesto, siempre estaremos viendo pelear al agresivo, incontrolable y espectacular, Alexis Argüello.

El fenómeno es sencillo amigos: las figuras cumbres que son geniales o alcanzan la idolatría, no mueren, permanecen en pie, sobreviviendo incluso a cualquier tipo de distorsiones.

OLIVARES DOMINABA SU COMBATE ANTE ARGÜELLO ANTES DE SER NOQUEADO.Lo terriblemente doloroso, es la forma en que Alexis se nos fue de entre las manos. El hombre del corazón de acero, alma de querube, puños demoledores, capaz de construir las más vibrantes proezas sobre la tarima brava, uno de los timbres de mayor orgullo de este pueblo, tomó –según lo discutiblemente explicado- una decisión que erizó pelos y aplastó cabezas. ¡No, no puede ser!, pensamos golpeando paredes con nuestras aturdidas cabezas.

Naturalmente, la trascendencia que alcanzó Alexis y el cariño que cultivamos alrededor de él, no sufrirá la menor alteración.

Se ha dicho que los ídolos tienen arraigo solo donde se conoce a diario la pobreza y la derrota.

Esto se explica, porque es en esas condiciones tan estrechas, que la victoria alcanza tanta grandeza y llega a ser considerada algo sagrado. Cuando esto ocurre, los pueblos logran volcarse con una veneración impresionante, una admiración inconmensurable y un sentimiento indestructible.

Cierto, con el paso del tiempo al ritmo de la falsificación de valores, los auténticos ídolos se han ido extinguiendo. Ahora dependen de los millones que producen en las taquillas antes de pasar a ser documentados en los videos. Alexis Argüello todavía alcanzó a pertenecer a la imaginación de un público que lo admiraba por lo que siempre ofreció dentro y fuera del ring, mucho antes de la nefasta aparición del fantasma de la adicción.

¿Quién nos iba a decir en aquel 1970, que ese chavalo alto, flaco, flexible, de mirada limpia y golpeo violento, iba a lograr un crecimiento asombroso hasta convertirse en uno de los mejores peleadores de todos los tiempos? Un símbolo para las generaciones venideras, un permanente generador de emociones, impulsado por ese grito de exigencia extrema: ¡Matalo flaco!, ¡Matalo!

En cada uno de sus momentos difíciles, cuando llegó a sentirse atrapado por el agobio y estrangulado por la presión, en peligro de desembocar en actitudes suicidas, siempre escuchó un grito que lo hizo reaccionar, levantarse de la lona y seguir en pie de lucha: ¡Ánimo muchacho, te necesitamos!

Verlo incorporarse, sacudir su cabeza, frotarse los ojos, mover sus piernas, saltar, levantar sus brazos, escuchar el rechinar de sus dientes, era para nosotros algo tan sublime como una sinfonía. Y es que el ídolo se impone a las más terribles adversidades. Luego, cuando hablaba sobre su empeño por enderezarse definitivamente, dejar atrás todo lo borroso y lanzarse en busca de nuevas metas, le creíamos.

Nunca olvidaré el recibimiento que se le hizo al regresar de Panamá en febrero de 1974 después de perder con Ernesto “Ñato” Marcel. La multitud en el aeropuerto, fue impresionante, como si se tratara de un vencedor, pese a que la proeza de convertirse en el primer nicaragüense Campeón Mundial de Boxeo, había quedado pendiente. El abrazo de todos, las lágrimas del púgil y el desafiante titular del diario La Prensa, “Alexis campeón, pero todavía no”, rechazando la derrota, lo decía todo respecto a la idolatría.

Descubrimos que todavía estaba un poco verde. Lo vimos batallar durante 15 asaltos frente a un peleador hábil, escurridizo, manejador de variados trucos, asimilador y capaz de desequilibrar, que fue subestimado por nuestro fanatismo sin límites y la confianza exuberante en la capacidad de destrucción de Argüello. La caída del ídolo sirvió para dimensionarlo correctamente en su significado. ¡Aquí estamos Flaco! ¡No estás solo! ¡La próxima vez será!, gritamos con nuestros pulmones abiertos, masticando la frustración pero confiando en el futuro.

Proust definió el genio como originalidad, encanto, finura, fuerza. Dijo que el genio consistía en la facultad de reflejar y no en el valor intrínseco de lo reflejado.

La idolatría tiene agentes motivadores más fuertes, el surgimiento de la nada, la fe para derribar montañas, la capacidad de sacrificarse sin límites, la combinación de fuerza espiritual y física que te lleva hacia las proezas y por supuesto, el crecimiento solo posible para quienes multiplicando esfuerzos nunca flaquean y siguen proyectándose por encima de derrotas ocasionales, mostrando su carácter, colocando en relieve su determinación. En Alexis Argüello, se concentró todo eso con el agregado de Proust para el toque de distinción: encanto, finura y fuerza. Tanto entre las cuerdas como en su paso por la vida, se caracterizó por esas virtudes, que le permitieron juntar, mientras la idolatría lo cobijaba, reconocimientos como “El caballero del ring” y “El flaco explosivo”.

Llegó el momento en que más allá de sus tres coronas, todos queríamos un pedazo de Alexis Argüello por lo que significaba.

¡Cómo dolió verlo batallando frente a la adicción, dando la impresión de estar perdiendo round tras round! Queríamos ayudarle de diferentes maneras, aunque los intentos se desvanecieran.

¿Podría conseguir la fortaleza suficiente para salir del hoyo? Una y otra vez trató de engañarnos, engañándose primero a sí mismo, pero el cariño de un pueblo, permaneció intacto, mientras él, consciente de no poder curar sus heridas, daba la impresión de no atreverse a contemplar el daño que se estaba haciendo.

Y en medio del drama, el respeto por el ídolo. ¿Cuántos pueden conseguir ese tipo de sentimiento?

El ídolo flaquea, pero no muere. El corazón de Alexis, su carcajada, su espontaneidad, su golpeo violento convertido en canto, su humildad, su entrega, su grandiosidad, nunca serán olvidadas.

De eso, todos estamos claros.

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