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INDISCUTIBLE.-Me encontraba en la Feria del libro en Guadalajara cuando murió Fidel Castro. Naturalmente, el impacto de un sismo, un oleaje de reflexiones y un alud de discusiones. Eso sí, el mito, nunca se va del escenario. Por la noche, en el pequeño apartamento en que vive mi hija María Auxiliadora, estudiando una especialidad en Odontología, pensé: ¿Qué hubiera sido del deporte cubano sin el impulso que le proporcionó Fidel? Podemos discutir sobre muchos aspectos, pero no en salud, educación, cultura, y deporte. Fidel que una vez consideró ser un material firmable como pícher, mostró desde el primer instante, una pasión por el deporte, que lo llevó a ordenar una rápida planificación colocando las riendas del proyecto en hombres de confianza, conscientes de la importancia que el comandante le concedía.

CERO DEMAGOGIA.-Cuando Fidel dijo “El deporte será un arma eficaz de la revolución, y el derecho de un pueblo listo para vencer”, no utilizaba un gramo de demagogia, pensaba y lo hizo, ir directamente al grano, en busca de sacarle el máximo provecho al nuevo paralelogramo de relaciones internacionales, siempre que contara con un equipo de apoyo funcional, lo que garantizó de inmediato. No había tiempo que perder en la lucha contra el reloj. Las Escuelas de iniciación deportiva, aparecieron en toda la isla, y las capacitaciones de entrenadores en el exterior, sobre todo la RDA, Bulgaria, la URSS y otros países colaboradores, se multiplicaron, y que decir de las preparación de los atletas. El plan tenía que tomar su tiempo, pero pisando el acelerador.

TRABAJO Y MÁS TRABAJO.-Cierto, antes del aterrizaje de Fidel en 1959, el beisbol era dominante, cargado de figuras con brillo internacional, pero en resto del “espectro deportivo”, muy poco, casi nada: el esgrimista Ramón Fonst ganador de cuatro oros olímpicos en París y San Luis; el ajedrecista José Raúl Capablanca. En boxeo, Kid Chocolate, Kid Gavilán, y unos más visibles, previos al estallido de José “Mantequilla” Nápoles y Ultiminio “Sugar” Ramos… La conquista de la plata olímpica en los 100 metros de Tokio 1964 por Enrique Figuerola, y el impacto cubano en los Panamericanos de Winnipeg en 1967, pese a perder el oro en beisbol frente a Estados Unidos, fueron las primeras señales de una proyección que alcanzó ribetes espectaculares. El equipo de oficina jefeado por el comandante José Ramón Fernández “El Gallego”, García Bango, Manolo González Guerra, Ciro Pérez, y tantos otros a quienes conocí, se abrió paso por la carretera del éxito.

SALTO A LAS NUBES.-Ese quinto lugar en los Olímpicos de Barcelona con 31 medallas (14 de oro, 6 de plata y 11 de bronce) provocó un asombro que no se desvanece. Solo detrás del equipo unificado antes URSS, Estados Unidos, Alemania y China. ¿Se imaginan eso? Delante de Hungría, Inglaterra, Francia, Italia, España, Japón y el resto del mundo. Ese dominio impresionante en boxeo, en pesas, en pista y campo, esas extensiones al volibol, al baloncesto, al tiro, la producción inagotable de peloteros que con puertas abiertas se hubieran establecido en las Mayores, el salto sostenido largo rato pese a los períodos especiales en Juegos Panamericanos, figuras cumbres del calibre de Juantorena, Sotomayor, Silvio Leonard y tantos otros medallistas y dueños de récord mundiales, certifican ese impulso proporcionado por Fidel al deporte cubano.  

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