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Entre aquellas columnas de humo y las montañas de escombros consecuencia del reciente terremoto en 1972, sin imaginar el internet y los telefónos inteligentes, sin periódicos, sin televisión y con pocas emisoras, nos sentíamos incomunicados. Eso no impidió que aquel 31 de diciembre, la noticia del fallecimiento del astro boricua, Roberto Clemente, llegara hasta nosotros provocando un impacto mayúsculo. Después, al conocer las circunstancias y los detalles, el fatal hecho taladró nuestros corazones. Desde entonces, hace 46 años, el eco de esa noticia ha permanecido intacto, y más allá del paso del tiempo, nos sigue doliendo en forma lacerante hasta hacer que las rodillas se doblen.

SE FORTALECIÓ EL MITO

Clemente  existió. Fue ser de carne y hueso. Sus  hazañas lo  elevaron a la categoría de  superdotado, pero la  muerte atrapó en forma tan imprevista como dolorosa, al mejor fildeador de todos los tiempos , devolviéndole su condición de “humilde” mortal, pero  engrandeciéndolo al máximo como  humanista, como  hombre  magnánimo y  como individuo de una sensibilidad incomparable.

Su muerte, dolorosa desde todos los puntos de vista, fortaleció el mito haciéndolo ingresar al valle de las leyendas. Se dice que la muerte solo es majestuosa cuando se cae con virtud, y él murió dejando tras sí, historias ejemplares, la última en su máxima expresión. El destino le concedió 38 años para demostrar su grandeza, y no cayó sino vencedor. Nicaragua tuvo suerte de ser uno de  los  países que vieron al orgullo boricua en todo su esplendor, como pelotero y como humanista, llegando al convencimiento, que solo un predestinado, podía combinar con tal  perfección esa gama de virtudes.

DOS VECES POR AQUÍ

Su primera visita, en 1964, sirvió para que Clemente demostrara su calidad como pelotero. Llegó con el equipo San Juan a la llamada  Serie Interamericana que organizaba Nicaragua ese año. En esa ocasión –como era su costumbre- Clemente  demostró ser un silencioso fabricante de ruido cuando bateaba y un  fantasma cuando  fildeaba. Sus leñazos llegaron a estremecer hasta los cimientos del Estadio Nacional, en tanto su guante prodigioso, ahogó en innumerables ocasiones el alarido de la multitud, cuando llegó a atrapar pelotas imposibles bateadas por sus predios.

En la segunda visita a Nicaragua durante 1972, después de conectar su hit 3,000, estuvo como mánager al frente del equipo puertorriqueño que compitió en la XX Serie Mundial. Fue entonces que se identificó con el pueblo pinolero, especialmente con los niños, ganándose velozmente el aprecio de todos, al margen de sus incuestionables méritos deportivos, como hombre de una bondad incomparable. La estrechez del medio. La escasez de facilidades para el  desarrollo deportivo de la niñez. La pobreza del pueblo y su férrea voluntad para seguir adelante en la lucha por la vida, ignorando las adversidades, lo impresionaron.

TOMÓ TODOS LOS RIESGOS

Su generosidad era un apostolado. Para el niño Julio Parrales, quien necesitaba una pierna artificial para volver a caminar, Clemente llegó como un ángel moreno que bajó del cielo. El gran astro, en compañía del licenciado Osvaldo Gil, reunió entre los miembros de la delegación puertorriqueña el dinero necesario para solucionar el problema del pequeño, y noches antes de la clausura, le hicieron entrega al niño del valioso obsequio en un gesto que mostró el corazón de los puertorriqueños y permitió reiterar la grandeza de Roberto, quien no quiso la menor publicidad sobre esa acción. Él no necesitaba de eso. Su sitial a la diestra del Señor, lo tenía asegurado desde hacía largo rato.

Nicaragua entera abrió sus brazos a Clemente. Se metió tan profundamente ese cariño en Clemente, que al darse cuenta de la tragedia que sufría el país que lo había recibido de tal forma, se brindó de inmediato en forma espontánea, a la dura tarea de tratar de ayudar a las víctimas del terremoto sin escatimar esfuerzo, sin importarle tomar riesgos, sin reparar en dejar en casa a sus amigos y familiares para tomar un avión con fallas y garantizar que ese apoyo no sería mal desviado. Y murió. El eco, sigue doliendo.

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