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No solo el pequeño Goliat, salvaje y aguerrido, magistral y rabioso, creciendo al máximo frente a las exigencias del combate, levantándose de la lona y bañado en sangre, recuperando el brillo de su boxeo en busca de la luz del sol entre la oscuridad de los factores adversos, hasta lograrlo en un alarde de coraje, mostrando su inmensa clase, fue robado la noche del sábado en el Garden de Nueva York. Lo fuimos todos.

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Nos robaron la alegría de seguir danzando entre las dificultades que nos rodean día tras día, disfrutando del esfuerzo de un pugilista tan próximo a un artista, batallando por permanecer invicto, por seguir siendo campeón con toda la legitimidad imaginable, como este Román “Chocolatito” González. No, no estábamos preparados para deslizarnos hacia lo frustrante. ¿Por qué estarlo si al escucharse el último sonido de la campana, de lo que estábamos seguros, era que había triunfado otra vez?

NO PODÍA SER CIERTO

Después de comprobar mi conteo, 116-112 a favor de Román, con solo tres asaltos perdidos, el 1, el 7 y el 11, más dos tablas, y pensando que escucharía diferencias más amplias, coloqué mi lápiz a la orilla de la libreta, con toda tranquilidad, recostándome en la silla frente al televisor y la computadora. Mientras esperaba el fallo oficial, nunca imaginé que tres jurados distorsionarían lo que realmente ocurrió entre las cuerdas, y harían girar el mundo del boxeo al revés.

Escuchar el insólito fallo, me hizo sentir más aturdido que Román cuando fue tumbado inesperadamente en el propio primer asalto, consecuencia de un golpe a las costillas del sector izquierdo, que lo tomó desequilibrado. No, no podía ser cierto. Pero lo era. Me sentí robado. ¿Y ahora, donde encontrar la inspiración divina y seductora que impulsa a todo cronista para relatar una historia tan grandiosa, como esa remontada de “Chocolatito”? ¿Cómo golpear las teclas para tratar de explicar una injusticia del tamaño de una montaña?

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ILUSIÓN APUÑALADA

Imaginé como se sentían todos, el país entero. ¡Robados! Fui de inmediato a las páginas de publicaciones internacionales en internet y comprobé que el mundo del boxeo también se sentía robado. Todos tenían ganador a Román. Un momento en que te estrangula confirmar que la furia no rima con la impotencia, por culpa de tres jueces desorientados que dibujaron una gran mancha en la manta del Consejo Mundial de Boxeo, así su presidente, Mauricio Sulaimán, haya considerado que el bravo pinolero mereció ganar.

Le robaron el cinturón a Román, le robaron su invicto, le mordieron su orgullo y su historia, le robaron todo lo que podía cobrar en su próxima defensa, le pusieron un alto a las huellas que seguía trazando, apuñalaron la ilusión de un país excitado que confió y esperaba después de todo lo visto, otra victoria.

Quise salir desnudo a la calle como Arquímedes y gritar a pulmón abierto. ¡Me siento robado!, como todos.

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