•   Pasadena, Estados Unidos  |
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  • AFP

Unos cuantos aficionados hacen bulla frente a las cámaras de televisión y otros juegan una 'cascarita' en medio de efluvios de carne asadándose al carbón, que se expande por las afueras del estadio Rose Bowl de Pasadena, inusualmente semivacío, pese a que este domingo jugaba el equipo local: México.

En la cancha, los jamaicanos lograban su pase a la final de la Copa Oro 2017 con un gol espectacular de falta de Lawrence a los 88 minutos pero, contrario a otras veces, el gigantesco Rose Bowl, con capacidad para 90.000 espectadores, no se llenó, con apenas 42.000 espectadores en las gradas.

Y es que este México B del entrenador colombiano Juan Carlos Osorio tiene tanto carisma como una diva del cine mudo haciendo un cameo en la película 'Rápidos y Furiosos'.

"Yo había comprado entradas pero después se las vendí a unos gringos locos que querían ver al Tri. Me busqué unos buenos pesos", dijo Anselmo, empleado de un hotel en Los Ángeles, acompañado por su esposa Sara.

"Es mejor quedarse acá afuera, compartiendo con los amigos, que ver un mal juego", apunta Sara.

Muchos siguen el partido por sus celulares, mientras vigilan la carne y el pollo que se cocina en las parrillas. Aderezan con chile picante las gorditas y hasta las naranjas dulces que daban a los niños.

La 'cascarita' -como llaman en México al partido entre amigos- ha ganado en intensidad y un nutrido grupo sigue de cerca las acciones.

"¡Pásala güey, pásala!", le grita un joven con la camiseta CH7 del 'Chicharito' Hernández, a otro que hace filigranas con el balón. Se cae al suelo. La gente ríe y el lastimado sale a ponerse una cerveza helada sobre la rodilla raspada.

"Me divierto más acá afuera que allá adentro. Tengo cerveza y comida que traje de casa, y en el estadio eso me costaría mucho", asegura José, derramando un poco de Corona fría el raspón sangrante.

"Ese es el antiséptico", explica, y sigue con la vista, desde su teléfono, las incidencias del juego en la cancha.

México y Jamaica ni se arañan, pero José se llevará un recuerdo de este partido.

Se juega sobre el cemento, corre el sudor y la chelada, cerveza con jugo de tomate.

Cada vez que uno de los dos porteros de la 'cascarita' toca el balón, se escucha el grito de guerra de estos aztecas del siglo XXI. El "¡Ehhh puuutooo" recorre los parqueos, y también sale del estadio cuando la 'Araña' Blake toca el balón.

El arquero jamaicano Andre Blake, inmune al grito y las amenazas, es el gran protagonista de un partido descascarado sobre la impoluta grama verde del Rose Bowl.

La FIFA, la Concacaf, y todos los dioses del fútbol, no saben qué hacer para eliminar el grito. No han bastado sanciones y amenazas.

Y es que el grito no tiene ánimo homofóbico, aunque suene como tal. Se ha convertido en el grito de rebeldía de un México cansado de corruptos y asesinatos a mansalva.

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