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PUNTO Y APARTE

Otoniel, ejemplar

Foto por: Cortesia/END

El doctor Argüello fue un destacado profesor de la UNAN.

Lo recuerdo boleándose en el terreno del Dodger Stadium en 1984, mientras el equipo nica de Moya, Muñoz, Medina y tantos otros calentaba.

Esto es grandeza. Morir cargado de valores, dejando huellas imperecederas, enseñanzas saludables para futuras generaciones que puedan escuchar sobre lo que Otoniel Argüello fue en vida. En un mundo en que es peligroso ser honesto, él siempre lo fue, con una terquedad espartana dentro de su humildad congénita, estimulado por ser un orgullo para su familia, para sus amigos, para sus alumnos, para él mismo. La única ambición que lo movió hacia delante fue tratar de ser el mejor, como alumno, como persona, como ciudadano, como catedrático. Falleció alguien de vida fructífera, quien tuvo tiempo hasta para ser presidente de la Federación de Beisbol, porque el deporte rey fue para él siempre una atracción.

Lo recuerdo boleándose en el terreno del Dodger Stadium en 1984, mientras el equipo nica de Moya, Muñoz, Medina y tantos otros calentaba. Siempre sonriente, como lo hace quien no se ha visto afectado por inhibiciones ni temores, confiando en la pureza de su accionar. ¿Quién entre todos los que conocimos al ingeniero civil y doctor en hidrología Otoniel Argüello puede imaginarlo capaz de hacer alguna mala acción? Parece que estoy exagerando alrededor de la admiración que siempre me provocó, pero no es así.

Esa honestidad

Su familia, Mercedita, su esposa; sus hijos Mercedita, Dorianela, Otoniel y Ligia, todos profesionales; sus hermanos Luis y Alicia, debe sentirse hinchada de satisfacción por haberlo tenido a la orilla tanto tiempo, funcionando como ejemplo. Se fue tranquilo. Deja como legado, además de sus enseñanzas y trabajos realizados, unos hijos que fortalecen esta sociedad cada vez más carcomida, listos para hacer algo por este país. Fue el primer director de INAA en el gobierno revolucionario por casi 10 años. Al salir, vivía en la misma casa que tanto esfuerzo le costó, y con el mismo carro que compró antes del triunfo. Esa casa y ese carro equivalían a trofeos de su honradez sin mácula. 

Estudió junto con otras mentes brillantes: Werner Ketellhon y Moisés Hassan, y su mejor amigo antes de entrar a la Universidad fue Rubén Halftemeyer, un casi genio de las matemáticas. Era sencillo, fraterno, creyente en las buenas intenciones de los otros, una muestra del toque de ingenuidad que lo caracterizó. Fue decano de la Escuela de Ingeniería y siempre estuvo tratando de hacer algo por un país mejor. Lo soñó, pero no pudo verlo. Eso sí, dejó constancia que ofreció su mejor esfuerzo.

Otoniel Argüello descansa como vivió, en paz. ¡Cómo me hubiera gustado ser como él!