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La lluvia no lo detuvo. Tres veces cayó la brisa sobre el Estadio Nacional Dennis Martínez antes y durante el juego entre las selecciones de Nicaragua y Taiwán, pero Gustavo García no se movió de su butaca, la número 11 de la fila en el jardín derecho. Estaba como ido observando de lado a lado la nueva casa del beisbol y al detener su mirada en la pantalla recordaba las veces que asistió al antiguo estadio. 

“Este estadio es una maravilla. Ya era hora que Nicaragua tuviera un estadio de esta calidad, la fanaticada beisbolera nos merecíamos esto”, dice en voz alta el hombre de 46 años que de joven jugó beisbol en la liga de Don Bosco cuidando la segunda base. 

Es un fanático acérrimo. Son las 7:27 de la noche el juego ya comenzó, Gustavo se pone sus lentes, saca su celular y comienza gritar. “Vamos Nicaragua, sí se puede, demuestren cómo se juega”, repetía constantemente. Si de parte del equipo nicaragüense había un strike, gritaba; con un ponche, gritaba; con un out, gritaba y con el jonrón que ligó Elmer Reyes saltó de su silla y comentó la jugada durante cinco minutos.  

Habla de beisbol con una pasión impresionante y conoce cada término del juego. Llegó solo desde el barrio El Riguero y aunque no le pregunten qué está pasando, a quien tiene al lado le comenta todas las jugadas y explica los movimientos de cada jugador. 

Para estar en el estadio Gustavo García pagó 100 córdobas más que lo que valía la localidad, “pero el estadio lo vale. He estado en varios estadios en la región y este no se compara ni con el de Panamá, esto es un lujo. Como fanático me siento como niño con juguete nuevo. Así como lo veo, el venir al estadio va ser como mi nuevo vicio”. 

A dos sillas a la izquierda de Gustavo, en el asiento número nueve, está Guillermo Acosta, otro capitalino que llegó desde Villa Libertad para apreciar el primer partido en el nuevo coloso. A él no le importa el juego, solo le importa el estadio. También llegó solo, es conductor de un taxi rentado y ayer después de reunir 500 córdobas entregó el carro y se fue al estadio. Por su silla pagó 200 córdobas en una localidad que en precio de taquilla es 140 córdobas más barata. 

“Lo veo y de momento me parece que no estoy en Nicaragua. Siempre iba a las finales que se hacían en el otro Estadio, pero lo que se está viendo hoy es increíble. Me siento dichoso de haber venido hoy y ser parte de algo que sé que va quedar para la historia”, dice Gustavo, quien inmediatamente salta de su siento y celebra una carrera del equipo nacional. Es el octavo inning, Nicaragua ha empatado a Taiwán, la lluvia regresa al estadio y el juego ha acabado.

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