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Ayer se cumplió un año desde que Arnulfo Obando pasó a la inmortalidad, víctima de un paro cardíaco, tras haber sufrido un derrame cerebral. Después de 12 meses, su pérdida ha sido irreparable, todavía duele y mucho. Duele porque en lo deportivo se perdió a un gran dirigente, duele porque tras su partida, las consecuencias sufridas en el ring por Román “Chocolatito” González han sido terribles, y duele porque fue una gran persona, un excelente padre, abuelo, y un amigo incondicional de los periodistas.

Siempre suelo preguntarme por qué los designios de Dios a veces son difíciles de entender. Me cuesta comprender por qué mueren inesperadamente las personas con la calidad humana de Arnulfo. Han pasado 366 días desde su fallecimiento pero pareciera que sucedió en este momento. Seguramente su familia todavía no se recupera del golpe, al igual que Román, la principal figura de nuestro deporte en la actualidad.

Después de ver sufrir al “Chocolatito” un robo descarado en Nueva York y ser noqueado en Carson, California, la ausencia de Arnulfo fue más tangible. Creo que muchas veces una parte del periodismo nica fue injusto con él. Mientras González ganaba, acumulaba títulos, Obando seguía siendo cuestionado en la esquina. Incluso algunos hacían campaña para que González cambiara de entrenador. Pero los seres humanos así somos, cuando alguien se va de este mundo, eventualmente hablamos maravillas de él.

Si regresamos al 10 de noviembre del 2016, nadie creería que hubiesen pasado tantas cosas tan difíciles en la carrera de Román, quien se quedó sin su hombre de confianza en el momento menos esperado, con un compromiso difícil a la vuelta de la esquina. A un año de su partida, a Obando no solo lo sigue extrañando González y su familia, también le echamos de menos algunos cronistas, entre esos me incluyo.

Recuerdo que compartí un par de días con Obando en un campamento en Costa Rica, también en Big Bear, California, y por supuesto en reiteradas ocasiones durante conferencias de prensa o eventos públicos, lo que más aprecié de él fue su sinceridad. Nunca ocultó los problemas, no era una persona mentirosa, si algo no le agradaba lo encaraba, sin temor a sufrir consecuencias.

No quiero escribir mucho sobre los éxitos deportivos de Obando, esos ya están grabados para siempre: sus más de 30 peleas de título mundial, la tercera y cuarta corona con Román y el premio de entrenador del año de The Ring. Lo deportivo se queda corto al momento de compararlo con lo que significó como amigo y entrenador. “Deberían de pagarme por la información que les mando”, me decía en carcajadas muchas veces cuando le llamaba pidiéndole datos sobre los campamentos de entrenamiento. También se le recordará como el corresponsal de deportes, nunca estudió periodismo, pero nos suministraba la información precisa, detallada, con números, minutos y rounds.  

Espero que cada año a Obando se le siga recordando, que su imagen nunca se borre y que algún día los futuros entrenadores y boxeadores tomen su ejemplo de cómo comportarse dentro y fuera de un ring. Arnulfo, siempre te echaremos de menos.

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