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En unos diez días debe estar circulando mi libro número once “Clemente, héroe eterno”. Desde hace largo rato, sentía que tenía una deuda con el recuerdo imperecedero del astro boricua Roberto Clemente. Se ha escrito tanto sobre él, en diferentes países, que sin poder ofrecer algo nuevo después de 45 años de aquel desenlace trágico, faltaba el agradecimiento de un nica plasmado en un libro. Esa huella era necesaria.

Revisando lo que he escrito de él mientras pasa el tiempo, el material era tan abundante que daba para más de un libro, pero en cierto momento, me detuve para aplicar una variante: si disponía de tantos libros y tantos escritos de plumas verdaderamente brillantes ¿por qué no hacer una selección de lo que yo considerara lo mejor sobre Clemente? Decidí que era más apropiado compartir mis escritos con los de otros cronistas que tanto admiro, entregándole así a los lectores, un atractivo paquete.

Auténticas joyas 

El nombre “Héroe eterno”, se lo agradezco a Miguel Mendoza, a quien le encargué un video para la presentación, y el prólogo, fue una tarea asignada a René Pineda. Ellos han sido más que amigos y compañeros, parte de mi familia, y son muy talentosos, como lo han comprobado los escuchas de Doble Play. 

La carta abierta de Jimmy Cannon a Clemente es un contra reclamo; la historia asombrosa de los tres bates en manos de Clemente antes del hit 3000, es lo mejor del libro; la narración de Felo Ramírez del batazo histórico; la defensa de Osvaldo Gil sobre su culpa por haber nombrado a Roberto mánager de Puerto Rico; el escrito de David Maraniss un editor asociado del Washington Post sobre mis polémicas con Clemente; y el trabajo sobre el momento trágico realizado por Bill Christine, son auténticas joyas.

Estrujante drama

En la noche del 31 de diciembre de 1972, ahí estaba Roberto, a la orilla de ese avión “sospechoso” cargado en exceso con ayuda para Nicaragua. Se veía tan agitado como cuando entraba al cajón de bateo,  o perseguía una pelota en el rincón derecho del Forbes Field, o buscaba una posición de tiro para exhibir ese rifle mira-telescópica que provocó tanto asombro. “Tengo que ir. Hay que garantizar que esta ayuda llegue a manos de quienes la necesitan, y no sea desviada”, dijo frente a las advertencias, con la cena servida en su casa, la música invitando a quedarse y los amigos insistiendo “No vayas Roberto”. Nunca más lo volvimos a ver. El avión cayó en el mar, y desapareció. 

Durante todo ese tiempo me he preguntado: ¿Cuántos de nosotros hubiéramos sido capaces de llegar a ese nivel de esfuerzo, entrega y sacrificio estremecidos por la tragedia de otro país? Murió tratando de ayudarnos. ¡Qué cruel es a veces el destino! Cuarenta y cinco años después, nuestros corazones aún lloran y su recuerdo permanece tan consistente como las Pirámides de Egipto. Así seguirá por siempre. 

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