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Tengo en mis manos “Clemente, héroe eterno”. Es mi libro número 11, dedicado a la memoria del astro boricua Roberto Clemente, en el doloroso y al mismo tiempo sublime 45 aniversario de su fallecimiento. Como bien dice el desaparecido colega puertorriqueño, ese magistral escritor que fue siempre Rafael Pont Flores, “Roberto existió, fue un ser de carne y hueso, sus proezas lo elevaron a la categoría de superdotado, y su calidad humana difícilmente comparable, lo inmortalizó por encima del uniforme y de su presencia en el Salón de la Fama. 

El libro con costo de 200 córdobas, estará hoy de venta en radio La Primerísima, y las librerías Hispamer y Literato. En un par de días estará en el aereopuerto y otros puntos de la capital, antes de enviarlo a los departamentos. Además de mis trabajos sobre Clemente, entrego a ustedes en el libro, los escritos elaborados por los mejores cronistas del Caribe y Estados Unidos, como material de colección… Para nosotros los nicaragüenses, atravesando generaciones, recordar a Roberto Clemente siguiendo las huellas de su humanismo, utilizándolo como ejemplo, comprometidos con un agradecimiento sin límites, será por siempre inspirador, le decía al dirigente deportivo boricua de muchos extrainnings, Oswaldo Gil. Su respuesta fue: “¡Qué bueno eso por Roberto, su significado y su legado! Se lo merece”.

Abrazado al sacrificio

Tomar todos los riesgos una noche de 31 de diciembre, para garantizar la llegada de ayuda a un país terremoteado que no era el suyo, obviando el peligro inminente de abordar un avión bajo sospecha y con exceso de peso. Fue esa una actitud de desprendimiento sin medida que me hizo regresar a las páginas de La hojarasca, ese libro en el cual García Márquez nos dice: Creí que un muerto era una persona quieta y dormida, pero veo que es todo lo contrario. Así que Clemente permanecerá por siempre vivo entre nosotros. Inquieto, despierto, mostrándonos su ejemplo. ¡Qué gesto más sublime! ¿Quién de nosotros haría algo parecido? Yo no lo haría y no conozco a nadie entre tantos que he visto pasar frente a mi ventana a lo largo de mis casi 74 años.

Durante esa conversación con Oswaldo Gil, coincidí en que morir de esa forma, con ese fondo de humanismo, quedando como un ejemplo imperecedero, agigantó a Clemente, o quizás, lo dimensionó correctamente frente a las futuras generaciones, quienes han estado escuchando y leyendo sobre él. Falleciendo de otra manera, por natural envejecimiento, aún abrazado a la segura placa del Salón de la Fama y cobijado por luminosas cifras, Roberto Clemente no sería tan respetado, tan admirado y tan impactante. No se hubiera podido tejer un mito a su alrededor. No hubiera sido incorporado casi automáticamente al Salón de la Fama de Cooperstown, saltando sobre las reglas, único caso.

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