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  • ACAN-EFE

En escabeche, a la plancha, en sashimi, en conserva... El atún es un alimento básico en casi todas las dietas y un codiciado manjar en Japón, además del modus vivendi de millones de familias en el mundo, ¿se imaginan que un día se extingue y desaparece de los océanos? El atún de aleta amarilla, que tiene una vistosa cresta dorada que le da su nombre, es de los más consumidos a nivel mundial y se usa fundamentalmente para ser enlatados.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), de todos los atunes que se capturan en el mundo, el
65 % corresponde a este especie, es decir, 1.2 millones de toneladas.

A diferencia del atún rojo en el Mediterráneo, el YFT (yellow fish tuna) no está en peligro de extinción, pero sí empieza a sufrir los destrozos de la sobreexplotación pesquera. Panamá es uno de los productores principales de esta especie y Japón el consumidor mundial por excelencia.

Según dicen los expertos, el atún es un pez poco amigo de la acuicultura y es sumamente difícil criarlo en cautividad por sus  características fisiológicas.

Científicos de la Universidad japonesa de Kinki, la Comisión Interamericana del Atún Tropical (CIAT) y la Autoridad de Recursos Acuáticos de Panamá (ARAP) intentan en un laboratorio de Panamá criar y reproducir ejemplares de atún de aleta amarilla para después “repoblar” los mares y mitigar así los efectos de la sobrepesca.

Situado en el extremo sur de la península de Azuero, en la costa Pacífica de Panamá, y perdido en medio de la frondosidad paisajística, el laboratorio de Achotines, abierto en 1985, es un santuario para biólogos marinos y un “templo atunero” de referencia mundial.

Uso sostenible

Hasta 1993 la investigación se enfocó en estudios de laboratorio y de campo de las etapas tempranas del ciclo vital de atunes tropicales costeros, luego prosiguió con otras labores sobre reproducción del atún aleta amarilla en cautiverio.

Desde 2011, Achotines acoge el proyecto Pro Atún, una investigación de 5 años y de US$4.5 millones, financiada por la Agencia de Cooperación de Japón (JICA).
“Los japoneses, al ser uno de los países que más atún consume del mundo, tenemos la responsabilidad de promover el uso sostenible de estos recursos”, dijo durante una visita de Acan-Efe el director científico del proyecto y profesor de la Universidad de Kinki, Yoshifumi Sawada.

Fase experimental

Por primera vez en la historia, los científicos de Achotines han conseguido trasladar ejemplares juveniles de YFT de los tanques artificiales del laboratorio a unas jaulas marinas. El objetivo es liberarlos una vez crezcan y aumentar así la población de esta especie.

Parece sencillo y automático, pero se trata de una gesta lenta y compleja.

“Es imposible criar atunes en espacios pequeños”, explicó el profesor Sawada. De media, un atún adulto puede llegar a medir 2 metros de largo y a pesar 200 kilogramos. Además, son animales que están en constante movimiento y capaces de nadar a 90 kilómetros por hora.

Los ejemplares

En Achotines conservan una veintena de ejemplares reproductores en un tanque con capacidad para 1 millón de litros, 6 metros de profundidad y 20 metros de diámetro.

“Las larvas son extremadamente delicadas. Solo el 5% consigue sobrevivir”, indicó el profesor Sawada.

Las larvas de atún pasan a mejor vida a la primera de cambio. Algunas no “aprenden” a nadar y mueren “por flotación”, otras practican el canibalismo, otras se chocan contra las paredes de los tanques y fallecen espachurradas.

“Un pequeño cambio en la supervivencia de una larva puede suponer un cambio gigantesco en la población atunera mundial”, afirmó el director del laboratorio y científico de la CIAT, el irlandés Vernon Scholey.

“Nuestro objetivo es entender y estudiar la vida temprana de estos animales para poder dar consejos a los gobiernos sobre políticas pesqueras y, en concreto, sobre la cantidad de capturas sostenibles”, añadió el irlandés.

Hasta el momento, se han conseguido criar en cautiverio tres especies distintas de atún.

“Esta investigación contribuye a la seguridad alimentaria de Panamá y a la conservación de recursos pesqueros en el mundo”, concluyó el director de JICA en Panamá, Kazumi Kobayashi.

 

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