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Este mes de julio, la divisa de Venezuela, el bolívar, superó un hito melancólico: su valor en el mercado negro es ahora de una centésima de lo que se supone es el principal tipo de cambio oficial. El Gobierno insiste en que vale 6.30 bolívares por dólar, pero a usted le costará 630 comprar uno a un vendedor dispuesto.

A medida que las reservas de divisas duras del país se reducen y el Banco Central imprime dinero para tapar un enorme déficit presupuestario, el colapso del bolívar se está acelerando. Vale una milésima de lo que valía en 1999, cuando Hugo Chávez, el difunto presidente de Venezuela, llegó al poder.

El país quizá esté al borde de la hiperinflación. La mayoría de los economistas estima que la tasa inflacionaria es ya del 120 por ciento al año (el Banco Central dejó de publicar los datos de precios, así que nadie está seguro). Algunos esperan que llegue a 200 por ciento para finales de 2015.

El Gobierno usa un sistema laberíntico de controles de precios y cambiarios para proteger a los venezolanos de los precios crecientes. Pero estos empeoran las cosas. Los topes de precios han devastado a la producción local; las fábricas están operando a la mitad de su capacidad; y más de dos tercios de los alimentos son importados. Los productos baratos escasean.

Desabastecimiento

Con los bolívares equivalentes a un dólar, usted puede, en teoría, comprar 33 kilos de harina de maíz, el alimento básico nacional; pero solo si puede encontrar un supermercado que la tenga y si está dispuesto a permanecer formado por horas (repetidamente, ya que la harina está racionada). Por el mismo precio, los consumidores podrían llenar el tanque del auto familiar 140 veces con gasolina subsidiada. Esa cantidad de combustible equivale a 5,000 dólares al otro lado de la frontera en Colombia. Los venezolanos emprendedores la pasan de contrabando.

Los venezolanos revisan los precios en la cuenta de Twitter de Dólar Today, un grupo basado en Miami que publica actualizaciones con base en las transacciones en la ciudad fronteriza colombiana de Cúcuta. Es ahí donde los colombianos intercambian pesos por bolívares, a menudo para comprar combustible barato y otros productos de precios controlados en Venezuela para pasarlos de contrabando a través de la frontera.

Las transacciones son pocas. El tipo de cambio del dólar se calcula indirectamente, a partir del valor del peso colombiano. El resultado es errático, pero más realista que los tres tipos de cambio oficiales. Aunque es ilegal, muchos minoristas venezolanos marcan sus precios con base en los acuerdos alcanzados en el remanso colombiano.

El gobierno de Nicolás Maduro, el heredero de Chávez, llama al sitio web una conspiración para sabotear a la economía y ha tratado repetidamente de bloquearlo.

Este mes, Elías Jaua, el influyente “ministro para las comunas”, dijo que el Gobierno pediría a Estados Unidos que arrestara y extraditara a los “banqueros fugitivos” que dice están detrás del mismo.

Reformar la economía

Las asociaciones bancarias y de corredores bursátiles de Venezuela condenaron la “manipulación” del tipo de cambio y llamaron a los venezolanos a ignorar todos los tipos de cambio no oficiales; y presumiblemente también la ley de la gravedad.

El “espiral de inflación y pobreza” no se resolverá pidiendo a los venezolanos que emprendan “un acto de fe”, escribe Ángel Alayón, un economista y bloguero. Eso sucederá solo cuando Maduro reforme la economía reduciendo el déficit, reorganizando a la compañía petrolera estatal y eventualmente desmantelando los controles cambiarios.

Como hay elecciones parlamentarias programadas para diciembre, y el Gobierno está rezagado en los sondeos, es probable que Maduro se resista al dolor a corto plazo que esas medidas causarían. Está atrapado entre una facción izquierdista, que afirma que la economía necesita aún más controles, y una mafia basada en las fuerzas militares que lucra con el arbitraje bajo el actual sistema amañado. Pobre Venezuela.

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