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El precio es una cosa, el valor es otra  y no siempre coinciden.  El arte está en vender un activo a un precio mayor que su valor, y comprarlo a uno menor.  El precio casi siempre es conocido, el problema es determinar el valor.  Normalmente, para que se realice una compra-venta, necesariamente tiene que existir un desacuerdo en relación con el precio y el valor, entre el comprador y el vendedor.  El vendedor tiene que creer que el precio es mayor que el valor y el comprador tiene que creer lo opuesto,  de lo contrario, normalmente, no hay transacción, pero ¿cómo encontramos el valor del activo o de la empresa que deseamos comprar o vender?  Existen varias formas y comentaremos las más populares.

Primera: “La valoración de activos”. En este caso, valoramos los activos de la empresa, no como una “empresa en funcionamiento”, sino separadamente, para luego llegar a un total general.  Este método funciona en casos de quiebras o liquidaciones.  Curiosamente, en estos casos, mientras más especializado es un activo, menor valor tendrá en el mercado.  Hay que vender cuando uno quiere y no cuando lo necesita.

Segunda: “Valoración por múltiplos”. Ahora, nos comparamos con empresas, no solo de la misma industria, sino también verdaderamente “comparables”.  Por ejemplo, si los bancos de consumo de un país se están vendiendo a 1.5 veces su capital o a 10 veces sus utilidades, esto nos ayudaría a aproximar el valor de nuestro banco.  Esta es la llamada “valoración por medio de múltiplos”, y los múltiplos pueden ser muy variados.  Multiplos en relación con las ventas, a los ingresos, o al capital. En el clímax de la euforia sobre el internet, los múltiplos utilizados fueron las simples “visitas a las páginas webs”, aunque las mismas no tuviesen relación alguna con la ejecutoria financiera de las empresas.  Esta es una de las formas más utilizadas en los mercados de valores desarrollados.  Su principal dificultad es encontrar empresas verdaderamente “comparables”.

Tercera: “El valor presente de los beneficios”.  En realidad, un activo o una “empresa en funcionamiento” vale, lo que vale el flujo de los futuros beneficios que obtendremos de la misma, mientras esté bajo nuestra propiedad.  Sin embargo, como “vale más pájaro en mano que cien volando”, los beneficios que recibiremos en el futuro valen menos que los que recibiremos en el presente. Por lo tanto y para hacerlos comparables cuando los sumemos, tenemos que “descontarlos”, llevándolos a “valor presente”.  Para ello utilizamos una “tasa de descuento”, que normalmente es nuestro “costo de oportunidad” y más normalmente es el rendimiento que como inversionistas exigimos recibir al realizar una determinada inversión.  Mientras más riesgosa es la inversión, mayor será la tasa de descuento a ser utilizada.  

Usaremos un ejemplo muy sencillo, para explicar mejor lo que estamos diciendo.  Si una empresa me produce indefinidamente US$100 por acción cada año, y el rendimiento que yo deseo obtener de esta inversión es el 20%; entonces, el maximo precio que estaría dispuesto a pagar por esa acción sería de US$500. Esto resulta de dividir el beneficio anual por mi tasa de descuento. Sin embargo, si yo estimo que los beneficios actuales de US$100 anuales crecerán al 10% cada año, entonces el precio máximo que estaría dispuesto a pagar, subiría a US$1,000. Este nuevo precio resulta de dividir el beneficio anual actual, ya no por 20%, sino por solo 10%, que resulta de restar el “crecimiento esperado de los beneficios” del 10%, a mi tasa de descuento que es del 20%.  

Para concluir, deseo compartir algunas reflexiones. La primera es que lo dicho anteriormente es solo el inicio de un proceso de negociación y del cual conversaremos en otra oportunidad. La segunda es que personalmente no creo mucho en las tasas de crecimiento esperado de los beneficios actuales, ni en los beneficios de la “sinergia” en el caso de fusiones o adquisiciones.  La tercera es que a la hora de invertir en una empresa, es fundamental hacerlo, como dice Warren Buffett, dentro de tu “campo de competencias”. Si no conoces una industria, no trates de aprender invirtiendo en ella. Y la última, que tal vez es la más importante, asegúrate que tus socios y la dirección superior sean personas de confiar.

Finalmente, una vez más les recuerdo que estos serán los temas que estaremos discutiendo en la “maestría ejecutiva en administración y derecho” (made), que será ofrecida por el “Ibesi” y la “CCSN”.

Nota: Si la inversión en tu empresa te está produciendo el 20% anual, de forma sostenible; y el resto de alternativas solo te producen el 10%, solicita que, “por favor”, no te distribuyan dividendos.  Si necesitas liquidez, primero liquida tus otras inversiones,  en caso contrario, “exige” que te distribuyan en dividendos el total de tus utilidades, para eso son las asambleas de accionistas.

El autor es doctor en derecho y economía.

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