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Algunos creemos que el “riesgo crediticio” es una responsabilidad exclusiva de las instituciones financieras. Sin embargo, la verdad es que para ser competitiva, toda actividad empresarial requiere manejar adecuadamente esta enorme responsabilidad. Abundan los ejemplos de empresas, de todo tipo, que han llegado a la quiebra por no saber a quién darle crédito.

Las escuelas de negocios tradicionalmente nos han enseñado que para dar un buen crédito, debemos seguir los pasos siguientes:

Primero: analizar “el proyecto” que vamos a financiar para asegurarnos de que el mismo generará los recursos necesarios –flujo de caja– para repagar el préstamo; es decir, el “principal más los intereses”.

Segundo: evaluar las “garantías” que el deudor ofrece para asegurar el pago del préstamo, en el caso que el proyecto financiado no genere los recursos necesarios para realizar el pago.

Tercero: evaluar el “carácter” del deudor –probablemente lo más importante– para determinar su intención de repagar el préstamo. En este sentido, es muy aleccionador lo dicho por J.P. Morgan hace 100 años: “nosotros damos crédito, porque creemos en la persona… puede ser que no posea nada… he conocido a hombres a quienes les he otorgado cheques hasta por un millón de dólares, sabiendo que no tenían un solo centavo… antes que el dinero o cualquier otra cosa está el carácter. El dinero no puede comprar carácter; y un hombre en el que yo no confíe nunca obtendrá un préstamo de mi parte, aunque me ofrezca como garantía todos los bonos existentes en el mundo”. ¡Tal vez muchos dirán que esto es ridículo, pero cuando no había banca central en Estados Unidos, J. P. Morgan era el banco central! Sin embargo, muchas veces solo tomamos en cuenta la “garantía”, lo cual es un grave error.

También muchos dirán que, hasta ahora, nada nuevo hemos dicho, y posiblemente tengan razón. Sin embargo, a mi juicio, el tema del “riesgo crediticio” no termina aquí; y para complementarlo y corrobar el “flujo de caja” que nos han presentado, debemos incorporar, explícitamente, las políticas económicas.  Veamos los siguientes ejemplos: 

En el primer ejemplo consideremos a un gobierno que, existiendo la necesidad de devaluar, se opone a ella y, simultáneamente reduce los aranceles de las importaciones. En este caso, las importaciones, si hay reservas internacionales, se abaratan y aumentan; pero, la rentabilidad de la producción nacional que compite con esas importaciones se reduce, afectando negativamente su “flujo de caja” y, por lo tanto, su capacidad de repago.

En el segundo caso enfrentamos un fuerte déficit comercial (exportaciones-importaciones) y, en lugar de ajustar la tasa de cambio, se incrementan los aranceles a las importaciones, aumentándose el costo de producción local, especialmente de bienes exportables, que no pueden incrementar el precio de su producto en el mercado internacional y, por lo tanto, verán reducida su rentabilidad y su “flujo de caja”, y consecuentemente, su capacidad de repagar el crédito recibido.

Creo que estos dos ejemplos son suficientes para respaldar nuestro argumento. Y como decía mi abuela materna, la famosa “Chavelita”, “para muestra un botón”. En estos casos, la capacidad de repagar el crédito se vio reducida, no porque la gerencia se hubiese deteriorado, sino porque cambiaron las “reglas del juego”.  Por eso hay que estar “ojo al cristo”, con el entorno económico.

Finalmente, algunos pueden creer que estas situaciones solo se presentan en los salones de clase, pero déjenme decirles que también ocurren en la vida real y en las mejores familias.

Se me viene a la mente la experiencia chilena de 1979 a 1981.  Durante este periodo el equipo económico suspendió las “minidevaluaciones”, a una tasa constante y, con el objeto de reducir la inflación, introdujo “la tablita” (un esquema de minidevaluación decreciente, hasta llegar a una tasa de cambio fijo); pero, simultáneamente, se redujeron los aranceles a las importaciones fuertemente; se indexaron los salarios en 100 por ciento, pero con base en la inflación pasada que era mayor que la “esperada”; y finalmente, dado que los inversionistas financieros también exigían “un premio” por el riesgo de llevar su dinero a Chile y ahorrar en “pesos” (riesgo país), las tasas de interés también se indexaron en función de la inflación pasada, que como dijimos era mayor que la “esperada”. Como resultado, las importaciones crecieron masivamente, las exportaciones se desplomaron, el que podía se financiaba en dólares, incluso los bancos, ya que era más barato. Por lo tanto, al venir el ajuste que era inevitable, las quiebras fueron masivas.

Para concluir, nuevamente les recuerdo que estos serán los temas que discutiremos en la maestría del Ibesi y la CCSN.   

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