Juan Sebastián Chamorro
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I de II parte

El Índice de Progreso Social es el resultado de un trabajo que persigue ilustrarnos como están los países en materia de progreso social. Entendiendo progreso social como el producto o resultado que las actividades económicas, sociales y políticas generan en el estado de las personas, en especial sus capacidades para poder desarrollarse plenamente como seres humanos.

Este índice forma parte de ese esfuerzo de economistas por más de ochenta años buscan un número, un indicador que nos permita comparar a las distintas sociedades y que podamos agruparlas o categorizarlas. Para que puedan apreciar en su verdadera dimensión el trabajo realizado detrás del Índice de Progreso Social, quisiera tomarme un tiempo para hacer una reseña histórica de estos esfuerzos.

Está en lo correcto Michael Greene, Director Ejecutivo del Índice de Progreso Social cuando dice que no se imaginaba Simon Kuznets de la revolución que generaría hace ochenta años cuando propuso el concepto de Producto Interno Bruto. Desde ese momento el PIB y el PIB Per Cápita se ha convertido en sinónimo de la actividad económica, del progreso relativo y de la riqueza.  Ha resistido el embate de las críticas por años y sigue siendo aún hoy la referencia más usada para comparar países.  

En su trabajo sobre bienestar y pobreza, el Nobel de Economía Amartya Sen mostraba una tabla muy convincente, mientras el  Producto Nacional Bruto Por Persona de China en 1984 era de $310, la esperanza de vida era de 69 años, África del Sur ese mismo año tenía un Producto Nacional Bruto de $2,340, es decir 7,5 veces mayor, pero una esperanza de vida de sólo 54 años, es decir 15 años menos. Sen critica la relativa facilidad con la que aceptamos la asociación entre prosperidad en ingresos  y bienestar. 

El problema se agudiza cuando el crecimiento del Producto Interno Bruto se quiere equiparar con desarrollo económico.  En primer lugar, de acuerdo a Sen, un crecimiento del PIB podría estar excluyendo bienes y servicios que no son transados en la economía formal. En segundo lugar, mediciones agregadas capturan únicamente los medios que poseen los miembros de una sociedad, no necesariamente los logros que ellos están obteniendo. Este último punto es la piedra angular de la teoría de Sen de las “capacidades” (entitlements).

El economista austríaco Paul Streeten nos alerta que al concentrarnos en los ingresos, que son medios, nos puede llevar a no ver los fines del desarrollo. Bajo la perspectiva de la persona como insumo de producción podemos priorizar algunos tipos de logros, como la educación y la buena salud por encima de otros logros de importancia, como la vivienda digna o no ser discriminado por sus creencias u orientaciones.

La discusión sobre el mejor indicador se ha mantenido a lo largo del tiempo y el reciente otorgamiento del Nobel de Economía a Angus Deaton, quien ha investigado los indicadores de bienestar, en especial los relacionados al consumo y la salud es una prueba palpable que la búsqueda de un indicador de bienestar o progreso sigue siendo una tarea importante.

Sobre la controversia si el indicador debe ser monetario o de resultados sociales y humanos, algunos economistas se mantienen en el centro.  Debraj Ray otro economista hindú, por ejemplo, argumenta que analizar otras variables que no sean el ingreso es un camino correcto, pero sostiene que a lo largo del tiempo, se ha demostrado que el ingreso por persona sí está asociado con los indicadores sociales.  Ray nos recuerda sin embargo que en países en desarrollo, donde los sistemas impositivos son limitados, muchos de los ingresos no son reportados, y que la informalidad y el autoconsumo son razones para sospechar que la variable ingreso sufre de errores de medición considerables. También está el problema de los precios.  Más que el reflejo de escases o abundancia de bienes, los precios en países en desarrollo pueden ser el resultado de prácticas monopólicas que implican menos bienestar. Similarmente, debilidades institucionales pueden llevar a no considerar en los precios de los mercados los daños al medio ambiente o la no aplicación de leyes.

Estamos pues ante el dilema si lo que debemos medir es cantidad es decir PIB por persona en pesos y centavos o calidad, medido en indicadores sociales.

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