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La ciudad de París está ocupando de nuevo, por las próximas dos semanas, los titulares mundiales. Afortunadamente, esta vez por una buena razón: la reunión de más de 150 líderes mundiales con el objetivo de frenar el cambio climático. Existen muchas esperanzas en esta 21 Conferencia de las Partes de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21).

La idea es no quedarse en un acuerdo minimalista, sino apuntar a medidas más contundentes para evitar que el calentamiento global aumente, y más bien reducirlo a 2°C por encima de los niveles preindustriales.

Como reporta Euronews en su edición del 30 de noviembre: “La cita para lograr el primer acuerdo universal y vinculante para frenar el cambio climático empieza con optimismo después del anuncio de que 20 países, entre ellos los cinco más poblados y más contaminantes, es decir China, EE.UU., India, Indonesia y Brasil, han decidido duplicar sus inversiones en energías limpias…”.

Sin embargo, existe una sombra de duda sobre la ambiciosa agenda de la actual conferencia, en relación con que realmente logre un “…primer acuerdo universal y vinculante para frenar el cambio climático…”. Hasta la pasada Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático 2010  (COP16/CMP6), que se celebró en Cancún, México, solo se han alcanzado acuerdos mínimos e insuficientes para combatir a fondo el calentamiento global. A la fecha, no se ha logrado llegar a un acuerdo internacional vinculante, que reduzca las emisiones de gases de efecto invernadero para mitigar el calentamiento global.

Adicionalmente, para lograr un verdadero freno al cambio climático, no es suficiente que se reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero. El reto más crucial para el mundo es que se logre la completa descarbonización de los actuales sistemas de generación y consumo de energía, y que las emisiones de gases de efecto invernadero sean eliminadas para el año 2070.

Lamentablemente, los países participantes en la COP21 aún no están negociando la descarbonización completa de sus actuales sistemas de generación y consumo de energía. Están negociando medidas mucho más modestas, hasta 2025 o 2030, de reducción en las emisiones de gases de efecto invernadero, y lograr un acuerdo internacional vinculante en esta línea. 

Un avance positivo de la actual conferencia es la creciente conciencia de que todos estamos vinculados, ya que compartimos un mismo planeta. Y lo que haga un país con su medioambiente, nos afecta a todos los no residentes de ese país, para bien o mal. Quizás quien mejor ha planteado la visión de los países emergentes ha sido el presidente chino Xi Jingping, al exhortar que  “…Los países desarrollados deben honrar su compromiso de movilizar 100,000 millones de dólares anuales a partir de 2020 y proporcionar un mayor apoyo financiero a los países en desarrollo después de esa fecha. Afrontar el cambio climático no debe privar a los países en desarrollo de la necesidad legítima que tienen de hacer retroceder la pobreza y de mejorar las condiciones de vida de su población…”.

Sin embargo, las grandes esperanzas de alcanzar transformaciones radicales en los sistemas de generación de energía, pasando del uso extensivo e intensivo de combustibles fósiles, a energías “limpias”, difícilmente se verán colmadas en la presente conferencia. Sin embargo, lograr frenar el cambio climático está ligado a un cambio tecnológico que transforme la matriz energética de todos los países, a la generación de energía “limpia” y no contaminante, así como a una mayor difusión de los avances tecnológicos de punta hacia los llamados países en vías de desarrollo (PVD), entre los que figura Nicaragua.

También ilustraremos con el caso de Nicaragua, que “hacer retroceder la pobreza” es un imperativo para evitar un mayor daño ambiental, así como las adversas condiciones ambientales y climáticas, fomentan un mayor empobrecimiento humano. 

La pesadilla del desarrollo sin progreso tecnológico

En la edición de la revista Foreign Policy Edición Española. 2004, Nº. 1, Kenneth Rogoff, execonomista jefe del Fondo Monetario Internacional, se hacía una pregunta inquietante: “¿Qué pasaría si de un día para el otro uno se despertara y se encontrara con que todos los países gozaran del mismo ingreso per cápita que Estados Unidos?” 

Por un lado, el problema de la pobreza, aunque no necesariamente el de la desigualdad, sería historia. Pero un nivel de ingresos por persona de esa magnitud, con los actuales patrones de consumo de los países de ingresos altos, despilfarradores y basados en el hiperconsumismo, sería catastrófico. 

Estados Unidos con sus 318.9 millones de habitantes en 2014, la mayor economía del mundo con un Ingreso Nacional Bruto (INB) per cápita de US$55,200, es el segundo país emisor de gases de efecto invernadero del mundo, con 5,305.4 miles de toneladas métricas anuales. En cuanto a las emisiones per cápita de CO2, Estados Unidos es el mayor emisor con 16.7 toneladas métricas per cápita, según los datos del Banco Mundial.

China, con sus 1,364 millones de habitantes en 2014, es en términos absolutos el mayor país emisor de gases de efecto invernadero del mundo, con su Ingreso Nacional Bruto (INB) per cápita de US$7,380, genera emisiones de CO2 de 9,019.5.8 miles de toneladas métricas anuales. En cuanto a las emisiones per cápita de CO2, son el tercer país emisor con 6.7 toneladas métricas per cápita, superado por Estados Unidos y Japón.

Si los Chinos tuvieran hoy un ingreso igual al promedio de los estadounidenses, e imitando los patrones de consumo norteamericanos, las emisiones de CO2 de China serían de 22,778.8 miles de toneladas métricas anuales, ¡más de 4 veces a las actuales de Estados Unidos!

Obviamente esto sería insostenible para el planeta, y rápidamente agotaríamos los recursos del mundo, hasta dejarlo convertido en un erial. ¿Significa esto que muchos de los llamados países en vías de desarrollo (PVD) deberían renunciar a la industrialización y el crecimiento acelerado, para no dañar al planeta?

La respuesta es un rotundo no. Los países en vías de desarrollo (PVD) con potencial industrial no deberían renunciar a la industrialización y al necesario crecimiento acelerado que permita una rápida reducción de la pobreza en sus países. A lo que sí hay que renunciar, es al obsoleto y contaminante modelo de industrialización que siguieron los actuales países desarrollados, como recientemente todas las economías emergentes. Puede notarse en el gráfico anterior, que Estados Unidos, ha estado reduciendo sus emisiones de gases de efecto invernadero. Varias de las economías europeas van por ese camino, utilizando cada vez más energías limpias y tecnologías “amigables” con el medioambiente. 

Un planteamiento “antindustrializador” para los países en vías de desarrollo (PVD), olvida un factor clave del desarrollo: el progreso tecnológico. Casi todos los países que tienen altos ingresos por persona, en buena medida lo tienen porque generan y aprovechan intensivamente el progreso tecnológico. 

En muchos de estos países, gracias al progreso tecnológico, se está generando cada vez más energía “limpia”, con base en el viento (eólica), o solar o hidroeléctrica o geotérmica. A su vez, los dispositivos diseñados para bajo consumo energético están revolucionando el consumo de energía, mitigando el actual despilfarro energético. Durante el primer semestre de 2014, el 13% de la electricidad en Alemania provino exclusivamente de energía eólica. Dinamarca, un país que en la década de los setenta dependía casi totalmente de importaciones de energía, es ahora el único exportador neto de energía de la Unión Europea, y suple sus necesidades de electricidad, utilizando para ello la energía eólica.

De tal manera, un fuerte crecimiento económico no tiene que ser antagonista de un medioambiente más seguro. Aunque la tecnología nos presenta un futuro esperanzador, el hecho es que hasta ahora todos los países que han salido del “umbral” de la pobreza, lo han logrado afectando al medioambiente. Lograron obtener altos ingresos por persona, porque como nos recuerda Ricardo Haussman, “…Han retirado la mayor parte de su fuerza laboral de la agricultura y la han trasladado a las ciudades, donde pueden compartir más fácilmente sus conocimientos. Sus familias tienen menos hijos y los instruyen más profundamente, con lo cual facilitan el progreso tecnológico…”. 

Sin embargo, el actual desarrollo tecnológico todavía no llega al punto de abatir radicalmente los costos de generación de energía limpia, que permita una completa transformación de la matriz energética mundial. Y probablemente, los fondos para los países en vías de desarrollo (PVD),  destinados por los países desarrollados para este fin, sean insuficientes para lograr que estos países crezcan sin daños al medioambiente. Es más realista pensar que muchos de ellos podrán lograrlo minimizando estos daños, pero no eliminándolos. 

Como nos recuerda el papa Francisco, citando el Discurso a la FAO en su 25 aniversario el 16 de noviembre de 1970 de Su Santidad Pablo VI: “…los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados por un auténtico progreso social y moral, se vuelven en definitiva contra el hombre…”.

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