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La producción agropecuaria nacional es altamente vulnerable a los cambios climáticos, por lo que es necesario impulsar políticas educativas y de seguridad alimentaria.

Hay que recordar que este año que finaliza ha sido uno de los años más cálidos a nivel mundial, y tanto las fuentes hídricas como los rendimientos agrícolas y pecuarios en todo el mundo han mermado1. Nicaragua no ha sido la excepción, y es previsible que el año 2016 enfrente condiciones recurrentemente adversas, especialmente en el Corredor Seco del país. Precisamente la cada vez más evidente “incómoda verdad” sobre el daño de la acción humana sobre nuestra condición natural de vida, como es el ambiente y la ecología planetaria, es lo que ha llevado a llamar esta conferencia como de la “última oportunidad”. De continuar las cosas sin cambios drásticos, en los próximos 15 años podríamos registrar un aumento de las temperaturas promedio en 3 °C, por encima de los niveles actuales.

Como se presenta en el reciente Informe de Coyuntura de Funides, pese a la recurrencia de los fenómenos climáticos, en Nicaragua cada ciclo agrícola está minado por reacciones cortoplacistas a estos acontecimientos, por demás previsibles. Esto evidencia, por un lado, la baja capacidad institucional pública y privada para coordinar en las actividades agropecuarias acciones tendentes a mitigar el riesgo climático y de sequía. 

Aunque es atractiva la idea de que lo que ocurre en Nicaragua es puramente un efecto de un fenómeno global, fuera de nuestro control, y de que simplemente lo “padecemos” y no hay mucho que como país podamos hacer, lo cierto es todo lo contrario: ¡tenemos mucho que hacer! No para “frenar el cambio climático”, que efectivamente está fuera de nuestras manos, pero sí para enfrentarlo y mitigar los riesgos del mismo, y especialmente de las recurrentes sequías que ha estado sufriendo el país. 

El Niño

La producción agropecuaria nacional es muy vulnerable ante eventos climáticos y choques de precios internacionales, por mencionar algunas de las mayores vulnerabilidades que enfrenta el sector. En el caso de los eventos climáticos adversos, el impacto todavía es mayor si se toma en cuenta que episodios como el fenómeno El Niño2, huracanes, sequías, y plagas, se presentan cada vez con más frecuencia y con efectos cada vez más negativos. Así, desde 1961 a la fecha, han ocurrido 13 años del fenómeno El Niño, entre severos y moderados. En la década de los años sesenta, se producía un año de El Niño cada 3.5 años. Esta frecuencia de ocurrencia del fenómeno ha aumentado en un 75% entre 2000 y el 2010, cuando se dieron 4 fenómenos El Niño. Ahora en promedio, cada dos años se da la ocurrencia del fenómeno entre un período y el siguiente. 

Entre 1990 y el 2013, se han producido 7 Niños y han provocado afectaciones a la economía. El último fenómeno El Niño registrado fue en 2009 (considerado moderado), por lo que ha pasado un período inusualmente largo sin la ocurrencia del fenómeno. Si se analizan los años sin el fenómeno El Niño, la economía creció en promedio anual casi 4.0%, mientras que en los años del Niño esta tasa baja al 2.1%. Hay que recordar que durante 2014 y lo que va de 2015 se han presentado situaciones de sequía bien marcadas, sobre todo en los municipios del llamado Corredor Seco3 del país. 

Cabe mencionar que casi la totalidad de la producción de granos básicos (arroz secano, frijol, maíz y sorgo), así como la actividad ganadera, dependen del régimen de lluvia, por lo que las afectaciones por la falta de lluvia son de gran incidencia en el desempeño de las cosechas. Según el último Censo Agropecuario (Cenagro, 2011), solo el 4.4% de las explotaciones agropecuarias cuentan con sistema de riego; sin embargo, de la superficie del país destinada a actividades agrícolas y pecuarias apenas el 1.7% cuenta con riego.

La presente sequía en 2015 ha agudizado muchos de los problemas que estructuralmente padece la producción agropecuaria del país. Junto a este fenómeno meteorológico, y otros factores asociados a la baja de los precios de exportación y de mayores escasez de fuentes de agua, todas las actividades primarias presentan reducciones en el año 2015. 

En el caso de los granos básicos, estas reducciones vienen desde el año 2012. Lo que ha hecho la sequía es profundizar el problema de estos rubros, mayormente de consumo interno. La actual sequía está afectando sobre todo a los productores localizados en el Corredor Seco del país. Muchos de ellos lo han perdido literalmente todo, y otros han visto mermado sus ingresos y consumo de forma significativa. Incluso en rubros de exportación como el café, de las pérdidas en un 18% del valor agregado de ese rubro, al menos un 2% se puede atribuir directamente al efecto de la sequía. El restante 16% se debe a la plaga de la roya, que también es favorecida en su expansión por la sequía. Y en rubros como la caña de azúcar, la sequía ha incidido mucho en la caída del 8% en los rendimientos agrícolas. En la ganadería, la menor abundancia de pastos, como el más difícil acceso a fuentes de agua, está mermando los rendimientos de carne y leche por res. 

Aunque aún solo se cuenta con estimaciones preliminares y parciales del efecto adverso de la sequía y el cambio climático, que oscilan entre US$40 y US$70 millones este año, la afectación no dejará de ser cuantiosa. Estos daños a la producción y oferta de alimentos y bienes de exportación son recurrentes. Cada ciclo agrícola, el área sembrada perdida, oscila entre un 30% y 40%. Y llevar estas perdidas a mínimos requiere de una mayor provisión de bienes públicos en las zonas de producción agrícola como carreteras, tendido eléctrico, centros de acopio y almacenamiento, redes de frigoríficos, embalses de agua para riego y otros. Pero también de un tipo de cambio real proexportador, menores costos de la tarifa de energía eléctrica, del gas licuado y mayores apoyos tecnológicos para contar con semillas más resistentes, abonos e insumos más baratos. 

Educación ambiental

Una política integral para enfrentar el cambio climático y la sequía en Nicaragua, con un enfoque en reducir la pobreza y capitalizar y generar mayores capacidades de los productores, debe incluir una política de mejora de la seguridad alimentaria y una política educativa diferenciada para las zonas rurales. 

Sin una mejora de la nutrición y de los niveles de seguridad alimentaria, el desarrollo cognitivo y afectivo adecuado para el aprendizaje y el desarrollo de habilidades estaría limitado. Por otro lado, la educación en estas zonas debe estar orientada al aprendizaje significativo de tecnologías innovadoras para el cultivo agrícola o el manejo ganadero y el buen uso de los suelos con buenas prácticas amigables con el ambiente. Porque solo elevando el nivel de escolaridad en las zonas rurales, alcanzando la secundaria completa en promedio, así como promoviendo la especialización agronómica media y superior, se podrá hacer una sostenida difusión de conocimientos técnicos, que aseguren un progreso tecnológico, motor de la revolución agrícola que tanto necesita Nicaragua para su pleno desarrollo.

  • 70 millones de dólares podrían ser las afectaciones por el efecto del cambio climático y la sequía.
  • 4.4 por ciento de las plantaciones nacionales tienen sistemas de riego.
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