Germán Retana, profesor de liderazgo de INCAE Business School.
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Cuando lo que se es en el interior de la persona supera el reto que se enfrenta, entonces, vale la pena “echarse el pulso” con esos desafíos externos, pero ¿y si no es así? Las organizaciones y las personas viven un forcejeo constante entre sus capacidades y recursos versus las adversidades y las amenazas. ¿Cómo reconocer las “batallas” que conviene enfrentar?

Pulsos tontos: Cuando el ego se desborda, se pierde la sensatez, se sobredimensiona la importancia de vencer a personas dañinas y de mala fe, quienes parece que traen inscritos en su ADN la trampa y el perjuicio disfrazados. La arrogancia y el poder de ellas en la empresa no cambiará a corto plazo, ¿tiene sentido confrontarlas para percatarse luego de que aun ganándoles se pierde? Por el contrario, cuando se tiene dominio sobre el ego, se podrá escuchar la voz interior que sugiere dejar de lado a esas personas, no dedicarles tiempo ni talento para ganar pulsos que tan solo se convertirán en nuevos y desgastantes combates.

Pulsos perdidos: La sana ambición conlleva plantearse metas elevadas, eso es correcto. Los avances en las organizaciones exitosas se deben al sueño de quienes no aceptaron anclarse a paradigmas ni a zonas de confort: retaron el curso de la historia. No obstante, si las potencialidades o recursos disponibles no alcanzan y no hay forma de acrecentarlos, ¿para qué emprender luchas con pérdida asegurada? ¿Qué tal si inteligentemente se plantean metas, siempre retadoras, pero realizables con ahínco y resiliencia?

Pulsos imaginarios: Es peligroso ver fantasmas donde no existen, calificar como rivales a quienes ni siquiera nos determinan y construir conflictos a partir de suposiciones y temores. También, alucinar persecuciones en contra y estar siempre a la defensiva. Creer que se tienen conflictos serios con semejantes que en nada los tienen con nosotros, son apenas proyecciones de nuestras elucubraciones mentales y emocionales. Algunas personas con delirios de superioridad y grandeza crean crisis con gente que realmente lo es; así cobran notoriedad ante los demás. Se suma a este tipo de pulsos la alucinación de que el resto del mundo nos persigue y quiere dañar.

Pulsos edificantes: La competencia deportiva o empresarial con fines constructivos y rentables es muy motivante. El éxito jamás está asegurado, pero se aspira a él asumiendo actitudes individual o colectivamente más grandes que los obstáculos. Pese a lo difícil que aparentan ser los desafíos por la superioridad de los adversarios o por sus mayores recursos, para quien enciende el alma triunfadora y aviva el esfuerzo supremo, nada es imposible. La historia la escriben héroes y heroínas que creyeron que podían y vencieron.

Pulsos internos: En estos no intervienen segundas ni terceras personas. Son debates íntimos entre la confianza y el miedo, la excelencia y la mediocridad, lo que se tuvo y lo que no se tiene. Es el ring donde luchan anhelos y determinación, resignación y reinvención; dependencia y autonomía. Es difícil vencer a los que creen en sí mismos y en la razón de su batalla: ¡jamás se rinden!

Las victorias más grandes se celebran en el tribunal de nuestra conciencia; la dignidad no tiene precio. Cuando la fuerza interior es superior a la adversidad que se vive en el exterior, todo es ganancia. Crecer como individuos y como equipo, desde lo más profundo, es el primer paso para emprender los irrenunciables pulsos que componen la ruta hacia los triunfos trascendentes.

 

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