Germán Retana, Porfesor de Liderazgo del Incae Business School
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En una conversación, una palabra innecesaria; en el futbol, un movimiento de más, y en la empresa una decisión ambigua. Estos son apenas tres ejemplos cotidianos de lo que sucede ante la ausencia de la simplicidad. Sin ella, surgen conflictos interpersonales, fracasos deportivos y metas inalcanzadas. ¿Resulta complejo ser sencillos, fluidos y simples?

Tener la razón es meritorio, pero exponerla en forma enredada provoca incluso el rechazo a ideas que podrían haber llegado a buen puerto. Adornar los argumentos o justificarlos en exceso provoca que las hojas escondan al árbol. “Si no lo puedes expresar con simplicidad es que no lo has entendido”, advirtió Albert Einstein. Hacer lo correcto en forma correcta distingue a quienes logran altos niveles de efectividad al liderar un equipo.

Las relaciones se afectan cuando se falla en lo básico: el respeto, la cordialidad y la reciprocidad en las intenciones nobles. Incluso, hay dirigentes de equipos y empresas que atropellan a sus miembros por carecer de algo tan elemental como escuchar antes de juzgar, valorar argumentos mutuos antes de imponer el propio. Si la ira, el enojo o la prepotencia se asoman, el fondo del argumento expresado se disipa por debajo de la forma. Tal como pregonó Isaac Newton: “La verdad se halla en la simplicidad y no en la multiplicidad y confusión de las cosas”.

Tanto en el deporte como en las empresas existen jugadores que se “exceden con el balón” o “hacen una de más”. Son personas que complican el alcance de metas tan solo por no hacer lo obvio. El ego suele andar suelto en equipos que no avanzan, porque el lucimiento personal se coloca por encima del interés colectivo.

La sobredosis de análisis e intelectualización neutraliza vínculos personales y atrasa la espontaneidad y toma de decisiones en las organizaciones.

La burocracia es desesperante y la lentitud es un desafío a la paciencia. Las organizaciones que seducen a sus clientes están integradas por gente obsesiva en mejorar procesos. Conservan la sensibilidad de vivir lo que el cliente vive y hace; desde esa experiencia elevan la fluidez de los trámites. ¿Qué tal si usted se convierte en un cliente de su propia empresa, al menos por un día? ¿Qué tal si se filma unas horas interactuando con su equipo y luego hace un análisis crítico?

Muchos problemas de congestionamiento vehicular se resolverían si tan solo cada conductor fuera simple al seguir las normas básicas. Basta con que uno se complique al hacerlo y el efecto dominó se vuelve exasperante. ¿Por qué para algunos es tan difícil hacer lo fácil?

Hay países ricos en recursos, pero pobres en desarrollo, en parte porque sus gobernantes tienen una mente plagada de discursos demagógicos y “revolucionarios,” mezclados con avaricia, propósitos vengativos, injusticias ilimitadas y corrupción galopante. Se olvidan de lo simple: gobernar es servir y no servirse.

Actuar con simplicidad permite a un equipo deportivo desplegar su estrategia de juego, a una empresa concretar su misión y visión, a una persona disfrutar de su existencia a plenitud. Hacer lo correcto se traduce en eficiencia y eficacia, pues se maximiza el uso de recursos y se toman las vías directas hacia los resultados esperados. Sin embargo, tal como lo señaló Leonardo Da Vinci, es una calamidad que “la simplicidad es la mayor sofisticación”. O sea, nos hemos convertido en seres tan complejos que hasta se nos hace complicado volver a ser simples.

 

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