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Primera Parte

Los productores desarrollan distintos experimentos y los resultados van marcando una ruta que creen correcta para sostener los arábicos en condiciones orgánicas, los que aromatizan la taza y garantizan mejores precios. Son las variedades caturra, maracatú, maragogipe, borbón, catuaí, entre otros.

Pero las nuevas condiciones ambientales y climáticas, plagadas de enfermedades como la roya y la antracnosis o mancha foliar, cayeron como “aguas malas” en la caficultura segoviana, a partir de 2011.

“La roya ha sido una enfermedad con la que hemos convivido. Las plantas se desfoliaban y después de esas ‘aguas malas’ las agarró la antracnosis, y aquí no quedó nada”, recordó Pedro Antonio Vásquez Castillo, señalando el área próxima al corredor de su casa, compuesta de 14 manzanas, llamada finca El Guasimal, que tiene en la comarca La Meza, municipio del Jícaro, a 660 metros sobre el nivel del mar. Producía 140 quintales oro.

En algunas fincas, dentro del panorama desastroso, quedaban ciertos cafetos intactos, indiferentes a la roya. Eran los catimor o lempira, semillas que algunos habían traído de Honduras. Para muchos esa fue la esperanza y la novedad para renunciar a los cafés caturras y otras variedades arábicas, clásicas en la región.

Y ahí comenzó la transformación de la caficultura. Las variedades de la familia timor, como catimores y sarchimores que son los “robusta” suplantaron a los arábicos por considerarse resistentes a la roya. 

“La gente le echa la culpa a la roya, pero fue también por falta de manejo de esos cafetales viejos de hasta 30 años. Con el ¡boom! de la roya, los productores cambiamos de variedad. Eliminamos los cafés caturras y nos pasamos a los catimores, y el problema de estos es la calidad. No da taza”, reconoció Elmer Sarantes, productor y técnico de la cooperativa Santiago de Jícaro.

Vásquez Castillo recuerda que un día en 2012 se quedó sentado en unas gradas del corredor contemplando la desolación de su finca con las plantaciones sin hojas, y su decisión fue tumbar su cafetal. “La misma cooperativa me dio a crédito una pequeña motosierra y logré cortarlo todito, todito, 9 manzanas”, remarcó.

Apegado al café caturra

Agregó que estaba dispuesto a pasarse a los catimores, pero le frenaba la duda sobre la calidad. Días después de haber convertido en leña las plantas caturra, “empecé a ver (en los recepos) que los brotes venían bonitos y decidí cultivarlos, porque dije 'vale la pena', porque levantar una finca de cero cuesta muchísimo”, sopesó.

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