Germán Retana, profesor de liderazgo de INCAE Business School.
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El peruano René Jaime, líder de un exitoso y ejemplar banco, explica su eficaz modo para lidiar con las equivocaciones: “Un error con lección aprendida se perdona. Un error repetido es negligencia, debemos combatirla; pero si la negligencia persiste destruye valor, entonces debemos extirparla”. Cada persona tiene su manera de gestionar el error ajeno, ¿cuál es la suya?

Para vivir sin errores solo se necesitan tres cosas: no pensar, no proponer y no actuar; sin embargo, desperdiciar la imaginación y el talento para no equivocarse ya implica un grave error. Uno de los grandes desafíos de la empresa futurista es la innovación y si esta le cierra la puerta al error, entonces, tampoco ingresarán la creatividad y el cambio.

Se equivoca quien no permite equivocaciones, porque crea un ambiente de temor a la represalia, pero también se equivoca quien no reconoce su falla, pues se condena a repetirla. El aprendizaje emerge cuando se reconocen las acciones incorrectas.

El arrepentimiento es bueno, no obstante, es insuficiente; solo la corrección hace que el error sea rentable. Lo ideal es rectificar las conductas equivocadas, desdichadamente, a veces no es así y se pasa a la fase de la negligencia.

Bertrand Russell nos hace reflexionar sobre lo que sucede cuando no hay voluntad para aprender, mediante la jocosa afirmación que reza: “¿Para qué repetir los mismos errores habiendo tantos nuevos e interesantes que cometer?”. La confrontación fuerte, el análisis educativo y el apoyo inmediato deben salir al paso. Sin rectificación se comete un error mucho mayor, enfatizaba Confucio. En estos casos surge el aporte del líder “coach” y mentor, pero también deben ponerse sobre la mesa las condiciones, la advertencia y los límites. La comprensión no debe confundirse con la aceptación de excusas injustificadas, la tolerancia a la ligereza y la falta de proactividad.

Finalmente, si el combate a la negligencia fracasa, no hay otro camino: hay que extirparla de raíz. Una empresa se arriesga cuando no le pone nombre y apellido a quienes meten autogoles una y otra vez, a los que creen que gozan de amnistía para afectar el clima laboral y, peor aún, cuando sus líderes no cumplen con los principios que demandan de otros, lo cual es nefasto, pues acrecienta el sentimiento de prepotencia e indiferencia de parte de estos. Se requiere coraje para reconocer un error, pero también para tomar decisiones contundentes que lancen mensajes claros sobre el devenir, a quienes continúan en la organización.

En un ambiente de confianza las personas son más naturales y espontáneas, se expresan en forma directa y honesta, se atreven a mostrarse vulnerables al reconocer sus errores y pedir ayuda para rectificarlos. Cuando hay fracasos, los líderes reflexionan con profundidad para sacar el mejor provecho de ellos por medio del aprendizaje, saben que allí puede estar la semilla de grandes éxitos futuros. La ecuanimidad detiene males mayores; en entornos de alta tensión nadie aprende, porque es más importante evitar las reprimendas y sufrir la exhibición, a veces injusta, ante el resto del equipo. En situaciones complicadas, la sabiduría para reaccionar se vuelve crucial, solo así habrá crecimiento y enmienda consciente de los errores.

Las tres posibles respuestas al error sugeridas por René Jaime están disponibles para líderes y equipos; eso sí, reconociendo la advertencia del dramaturgo Vittorio Gassman: “El único error de Dios fue no haberle dado dos vidas al hombre, una para ensayar y otra para actuar.”

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