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Miriam Zelaya Peter tiene 36 años, cuatro hijos, un idioma en el que se expresa a la perfección, el mayangna, otro en el que lo intenta, el español, y el sustantivo de lideresa de una cooperativa que fabrica muebles de bambú en la comunidad Wasakin, Rosita, Caribe Norte de Nicaragua. En 2006 se enfrentó a uno de los retos más grandes dee su vida: memorizarse cinco modelos de mobiliarios que le presentaron en una capacitación, con la desventaja de no saber leer ni escribir.

“A veces llegaba a mi casa y me preguntaba cómo grabarme la manera de hacer esos cinco estilos, y a pesar de ser analfabeta me los aprendí”, destaca Zelaya Peter. De ahí surgen los deseos de convertirse en empresaria y cambiar su vida, dejando a un lado las tradicionales labores agrícolas que compartía con su esposo. Ahora ya no es solo Miriam,  sino que se ha convertido en el rostro de la cooperativa Emaikwa, la cual está compuesta por 10 personas, cinco hombres y cinco mujeres, que laboran en un ranchón acondicionado a la vera de un riachuelo de Wasakin.

En ese aposento, ubicado al aire libre, el grupo de asociados terminan de pulir uno de los 12 juegos de muebles que elaboran y que luego venden en Siuna o Rosita a precios que oscilan entre los C$1,000 y C$4,000. Con los ingresos que obtienen de la venta, van construyendo un fondo para comprar materiales como pega y lijas. Las ganancias que llegan hasta los artesanos les han permitido comprarse artículos para el hogar y mejorar las condiciones de sus viviendas.

“En mi vida ha habido cambios, mejoré mi casa y estoy en proceso de construir otra, con el trabajo he obtenido algunas cosas de hogar, este trabajo ha cambiado mi vida”, subraya para luego presumir que gracias a las capacitaciones que le ha brindado el Instituto para el Desarrollo y la Democracia (Ipade) se siente con la seguridad de hablar, de dialogar sin problemas. Sobre los proyectos a futuro, cuenta que la cooperativa anhela tener una bodega, con excelentes condiciones, para guardar los muebles y que, además, les sirva a sus hijos y nietos.

Productores de chocolate

La Españolina es una comunidad calurosa de Bonanza compuesta por 4,730 habitantes, distribuidos en 2,000 familias, que hasta hace algunos años centraban sus conversaciones, en la siembra de maíz, arroz y yuca. A partir de 2014 empezaron a alimentar sus deseos de ser empresarios con productos como el chocolate. Al dar los primeros pasos han escrito el primer capítulo de su libro comercial.

Los rezos a la madre tierra ya no van solo en busca de un buen clima, del aprovechamiento adecuado de la tierra y del buen calor que el  sol les brinde a sus cultivos. Ahora, en el cúmulo de peticiones, aparecen la bonanza en los negocios, la producción de cacao y, también, la buena nueva que les pueda traer el contacto para vender el chocolate que elaboran de manera artesanal.

La cooperativa insigne en la producción  de chocolate está compuesta por 15 varones y 15 mujeres. Según Demetrio Frank, técnico del Ipade, esta iniciativa surgió en 2010 con la introducción de cultivos de cacao y la capacitación de mujeres para elaborar el producto. “Antes de emprender la producción de chocolate no hacíamos nada. Esto nos ha ayudado a mejorar la calidad de vida de nuestras familias”, dice Margarita Garth Anderson, una mujer indígena que participa activamente en la asociación indígena.

Ninoska Moreno, coordinadora del Ipade en el Triángulo Minero, explica  que su organismo, con financiamiento de la Unión Europea y Diakonia, impulsa desde 2014 un proyecto de  promoción de la participación de las mujeres, jóvenes y productores, tanto indígenas como mestizos, de los municipios de Siuna, Rosita y Bonanza, en la gobernanza democrática, ambiental y de desarrollo local.

El programa que el Ipade ejecuta en el Triángulo Minero atiende a 630 familias, entre estas 110 jefas de familia y una red de promotores integrados por 75 jóvenes y 111 personas que conforman los grupos empresariales conformados a su vez, por indígenas mayangnas en Rosita y Bonanza. Los indígenas que se encargan de fabricar muebles de bambú y chocolates han aprendido a elaborar planes de negocios y sueñan con que sus productos salgan de sus territorios a conquistar los mercados.

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