Germán Retana, profesor de liderazgo de INCAE Business School.
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Lejos de afectarle, la rectificación de actitudes enaltece a la persona que asume la responsabilidad de inspirar mística y confianza en una organización o equipo. Ciertamente, sin humildad eso sería imposible, pues persistiría en conductas y acciones que arriesgarían el desempeño y la motivación colectiva. ¿Cuáles son algunas categorías de errores que al ser corregidos, elevan el liderazgo de quienes los cometen? Subraye los suyos o los de su jefe en su empresa.

Irrespeto: Grita y transgrede; juzga sin escuchar argumentos; desprecia nuevas ideas y sugerencias que no sean suyas; provoca temor y lejanía afectiva; no se disculpa, aunque sabe que ha ofendido; es imprudente al corregir a otros e intolerante ante las diferencias de criterio; ridiculiza, desprestigia y expresa a terceros sus juicios de valor respecto a otras personas sin verificar la validez y la veracidad de estos; promete y no cumple, se esconde en lugar de explicarse.

Limitado equilibrio emocional: Sobreactúa sin necesidad, reacciona sin inteligencia emocional; afecta con frecuencia sus relaciones y obstaculiza la cohesión de equipo al generar un ambiente de miedo y desconfianza. Exhibe incapacidad para gestionar conflictos internos; descuida su presentación personal; ante una conversación directa y adecuada, transmite inseguridad y recelo.

Comunicación complicada: No dialoga; expone su punto de vista sin informarse previamente, su escasa reflexión sobre las consecuencias de sus palabras obstaculiza su empatía en la empresa. En lugar de recurrir a la sabiduría de preguntar para procurar consenso y apoyo, dispara órdenes. Bajo presión pierde el tacto en el trato con colegas y colaboradores; deduce que los demás están informados; presupone que cuenta con la comprensión de todos simplemente por ser el jefe.

Autoritarismo: Le agrada recordar al equipo quién manda y toma decisiones drásticas para demostrarlo; le cuesta ejercer adecuadamente su autoridad, impone excesivo control; espera de los demás lo que no da; es inflexible, carece de vocación de servicio; cree que los demás están sujetos a él o ella e irrespeta su tiempo privado; no agradece el esfuerzo, considera que el trabajo duro y a deshoras es parte del deber; en lugar de promover el compromiso, recurre a la amenaza.
Lentitud y complejidad: Obstaculiza el trabajo de otros, al no permitirles que decidan y lideren algunos proyectos; es radical, arremete contra quienes cometen errores involuntarios; tiene fama de despectivo, se rodea de gente débil para imponerse; descuida el ambiente de trabajo, no visita las bases; no concibe la calidad como camino, sino como destino, solo le importan los resultados; es burocrático y tiene “ungidos” en la organización; vive del pasado y evade resolver situaciones ambiguas e inciertas. También puede ser todo lo contrario, que con su indecisión propicie la anarquía, no aporte visión de futuro y esté lejos de la gente: un caos.

En esa sucesión de ideas, no existen líderes infalibles ni perfectos; pero un hecho es real: cuando una persona ha cometido estos u otros errores y los reconoce, cambia, refleja humildad, integridad e inspira mística y comprensión. Cambian también quienes le rodean, el ambiente se torna positivo, la cohesión y alegría del equipo aumentan y consecuentemente, los resultados son ascendentes.

¿En cuáles de estas categorías encuentran usted o su jefe oportunidades para cambiar y mejorar?

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