Germán Retana
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Sí o sí hay que cambiar, sí o sí hay que decidir; sí o sí hay que hacerlo ya; no hacerlo es lanzarse al abismo y condenarse a una sufrida prolongación de un estado carente de todo sentido. Imaginar las consecuencias de no reaccionar inmediatamente para rectificar el rumbo, debería ser suficiente para tomar conciencia de la obligación de un viraje de actitudes, relaciones y formas de trabajar, tanto en el ámbito personal como organizacional.

“Es propio de mentes estrechas embestir contra todo aquello que nos les cabe en la cabeza”, señala Antonio Machado. Desalentadoras situaciones laborales, lazos afectivos unidos apenas con alfileres, obsolescentes modos de pensar, resultados disonantes del talento real, y estilos de vida semejantes a un suicidio lento son algunos ejemplos de situaciones límite que no se pueden dejar de atender, aunque no falta quien, aferrándose a lo seguro, se niegue a aceptarlas.

Todos tenemos una frontera para enfrentar la adversidad: la paciencia, la tolerancia y la resiliencia no son ilimitadas; sin embargo, cruzarla con el pasaporte de la ofuscación conduce a la visión de túnel, al sufrimiento y a la enfermedad. Arremeter contra las razones o las personas que condujeron a un equipo o individuo hacia ese confín, jamás resolverá nada. Además, evadir la realidad solo nos hará víctimas seguras de esta. ¿Cuándo virar oportunamente?

Son dos puntos de partida: reconocer el sufrimiento en lugar de esconderlo y asumir en lugar de evadir. Este elevado nivel de conciencia es el combustible para el resto del camino. Las situaciones límite sacan a flote la mejor versión de persona que somos o la que podemos llegar a ser, nos permiten retornar a la esencia de los valores que se habían empolvado por las turbulencias.

La aceptación de la urgencia del cambio es incompatible con el orgullo y la arrogancia, pero es la gran maestra de quien sé es realmente. En las encrucijadas bien gestionadas se descubren cualidades que yacían aletargadas, se construye una filosofía de vida profunda y madura, se terminan las reacciones de impotencia que impiden afrontar la adversidad con una inteligencia superior, capaz de cambiar el devenir. Así se pasa de ser prisionero de las complicaciones, de la ira y de la tristeza, a ser el dueño de las llaves de la jaula en la que habita la “fiera” que todos llevamos dentro. Al rectificar con dignidad y conciencia, las crisis se interpretan apenas como contratiempos.

Lo espectacular sucede cuando un equipo decide con potencia volcánica enfrentar su “punto de quiebre”, ese “¡no va más!”, ese “¡hasta aquí!”. Las creencias inútiles, dañinas y limitantes se desechan; los hábitos mediocres, las relaciones afectadas y la falta de confianza en sí mismo se pulverizan por medio de la humildad y de la decisión de romper grilletes para avanzar. Al liberarse de esas afectaciones se recobra la paz interior, se robustecen las amistades, renace el disfrute de compartir una ilusión, emerge la visión positiva, incluso ante las crisis; es el sello indeleble que distingue de por vida a las personas que tienen la sensatez de hacer un cambio radical.

Ahora bien, cambiar cobra sentido cuando el objetivo es claro: un nuevo modo de hacer las cosas en pro del rendimiento de la empresa. Por más premura que se genere ante la toma de conciencia, hay que emplear el buen juicio para gestionar el cambio a un ritmo sostenible y evitar así pasar de una crisis a otra. En este sentido, el conocido estratega en el mundo del futbol Jorge Luis Pinto aconseja: “No debemos confundir velocidad con precipitación, ni tranquilidad con lentitud.”

* Profesor de liderazgo de INCAE Business School.

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