Germán Retana, profesor de liderazgo de INCAE Business School.
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¿Hay personas en su organización cuyo estilo gerencial usted desearía “donar” al Museo de Gerencia Antigua porque aniquila la innovación? Analice estos candidatos, todos son recurrentes en la literatura administrativa y, si tiene uno cerca, cuídese: sus actitudes pueden ser contagiosas.

“El sabelotodo”. Sea cual sea el tema, acapara la palabra y decide por los demás. ¿Para qué van a pensar quienes están cerca si sus ideas no serán tomadas en cuenta? Es el clásico “yo sé, yo sé” de quien se dice que tiene un mar de conocimientos, pero con un metro de profundidad.

“El demoledor de ideas”. El que siempre argumenta: “Esto no es para nosotros, nuestra empresa es diferente”, con ello los nuevos planteamientos son desechados sin haber sido expuestos siquiera. Eso sí, sus propias “sugerencias” se convierten en órdenes.

“El manantial de la experticia”. Suele decir: “Soy el más experimentado, ustedes son novatos; yo, en cambio, ya pasé por todos los departamentos”. Se cree dueño de la verdad y monopolio de la sabiduría. Los aportes de los nuevos miembros fallecen en el intento de ser tomados en cuenta.

“El reciclador”. Llegan nuevos y con ansias de poder. Su primera decisión reflejará menosprecio por los creadores de lo existente. “Esto es lo último de la moda, lo más avanzado, lo moderno”, alardean. No obstante, a veces solo son rimbombantes recicladores de conocidos enfoques.

“El doctor No”. Siendo experto en rutinas, rechaza todos los cambios, su olor a negativismo aleja la voluntad de los innovadores. Su terquedad le impide considerar otras formas de hacer las cosas y lo condena a repetir sus errores, y su mediocridad interrumpe el nacimiento de nuevas obras.

“El perfeccionista”. Obsesionado por contar con todos los recursos y con la excelencia de las personas que le rodean, paraliza la organización. Nada se inicia a menos que el éxito esté totalmente garantizado. Su desaforada rigurosidad mutila valiosas iniciativas.

“El burlón”. Carece de “neuronas” para innovar, las que tiene apenas le alcanzan para mofarse de las ideas ajenas; su sarcasmo anestesia a las personas proactivas, quienes prefieren pasar inadvertidas que exponerse a la ridiculización de esos jefes o compañeros.

“El cazador de agendas”. “Están comprando computadoras para atentar contra mí, que soy “Licenciado en Ábaco”, me enviaron a este seminario para probar a alguien en mi puesto”, expresan con suspicacia. Todos los cambios son percibidos, por ellos, como una persecución.

“El pulpero”. Es parecido a un pequeño puesto de ventas ambulantes donde hay casi de todo, pero en pequeñas cantidades. Todo es “chiquitico” en su mente. Se dice que cuando corren suenan “tac, tac, tac”, pues su “diminuto cerebro” se golpea contra el cráneo. Son expertos en ver las pequeñeces.

“El viajero del tiempo”. Su conversación siempre versa sobre lo viejo; añora, se aferra a historias remotas que ya no aportan nada a la empresa, su residencia mental es el pasado.

¿Tiene su organización alguna “donación” para este nuevo museo?

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