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Las franquicias de tiendas de café pueden ser una buena alternativa si lo que busca es una forma de autoempleo en el mundo del comercio, que le proporcione las garantías de un producto tradicional y a la vez en boga.

Actualmente los adeptos al buen café son muchos y los emprendedores de las franquicias de tiendas de café lo saben. Samara Baltodano lo sabe. Ella es una joven de 28 años de edad que tiene cinco tiendas de café y próximamente estará inaugurando la sexta.

¿Cómo nace la Diosa del Café?

La idea nació hace dos años, mientras andaba visitando el Puerto Salvador Allende con una amiga. Nos dimos a la tarea de curiosear todos los establecimientos y entonces noté que estaba muy bonito, pero hacía falta algo: una cafetería. Metí el proyecto en la Empresa Portuaria, hice un plan y me dieron la oportunidad. Y como todo comienzo es duro, empecé con máquinas chiquitas y un trabajador.

¿Cuál fue tu inversión inicial?

La inversión fue grande, porque pagué dos años de renta anticipado a la Empresa Portuaria, compré dos máquinas tostadoras pequeñas y conforme fue creciendo la demanda fui comparando máquinas más grandes y fue allí que descubrí mi pasión. 

Después de ese primer negocio abrí otro en la embajada de Estados Unidos, uno en el área de visado y el otro para los trabajadores. Luego abrí otro en el edificio Cobirsa, tengo otro establecimiento en el supermercado La Unión de la Larreynaga y el próximo lo abriré en el Puerto de San Jorge, Rivas.

¿Cuántos empleos brinda ahora?

Nueve empleos y conmigo son diez. 

¿De dónde proviene el café, lo compra o lo cultiva?

Lo compro en Matagalpa. Al inicio fue un dolor de cabeza, porque es difícil que alguien te venda café de calidad, ese lo exportan y el café que venden a nivel interno es de inferior calidad. 

Me puse a buscar un productor que me proveyera de un café de calidad. Al inicio se rieron de mí porque miraban a una chavala insignificante, me preguntaban: ¿cuánto vas a comprar? 10, 20 libras, les decía. Eso fue frustrante. 

¿Cómo encontró al proveedor?

Fui a Matagalpa y con contactos fui buscando cafetaleros. Pagué por tours, fui a visitar beneficios de café y nadie me quería vender café. Conocí a un extranjero que exporta el grano verde a Japón y Alemania y él fue el que comenzó a venderme el café que yo buscaba, aunque a un precio bastante alto. 

Yo bien podía comprar cualquier café en la calle, pero no era eso lo que quería para mi cafetería; siempre he querido darle lo mejor a mis clientes. Pero ahora es una cooperativa la que me vende el café.

¿Ahora ya no tiene problemas para que le vendan café?

Ahora ya no es difícil que me vendan café porque ya me conocen, mi negocio ha crecido y ahora compro mayores volúmenes. Compro para un año, ya tengo una reserva para un año.

La primera compra que realice fue de un quintal y ahora compro 50 quintales. 

¿Vende por internet?

Eso lo inicié como a los seis meses de haber abierto el primer negocio. Empecé sin etiqueta, solo el envase lo mandé a traer a Estados Unidos, después me compré una máquina tostadora, invertí en códigos de barra, hice las conexiones con la Asociación de Productores y Exportadores de Nicaragua (APEN) y busqué los requisitos para exportar café.  Ya tengo todos los permisos y licencias, pero exporto en pequeñas porciones.

¿Ha vendido en línea?

Sí, el principal país es Rusia. No sé por qué, pero ese es mi principal comprador en línea. Es gente que sabe de café, que siente pasión por el café. La presentación cuesta 18 dólares, lo envío a través de correos de Nicaragua. Pero también le proveo café a otras cafeterías, algunos hoteles y restaurantes de Managua.

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