Alvaro Porta Bermúdez*
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Voy a referirme, de manera breve, a tres momentos de la vida de Roberto, cuando nos conocimos, cuando viajamos a Washington a iniciar nuestros estudios de post-grado y la última vez que le vi.

1.- En 1951 los nuevos bachilleres  llegamos a matricularnos a la Universidad de León, la única de entonces. En una calle empedrada me topé con dos pelones, claramente provincianos, como yo. Eran los hermanos Silvio y Roberto Incer, de Boaco, ambos de primer año de Derecho quienes me preguntaron qué andaba haciendo, les dije que buscando casa para vivir. Me contaron que su papá había alquilado en el centro, frente al Club Social una casa grande, de dos pisos, que había espacio y que podría irme a vivir allá. Resultó una excelente decisión. Conocí al otro hijo, Armando, estudiante de medicina y al padre, don Armando, un hombre encantador y abnegado páter familia, quien, en especial por su calidad humana, pronto se convirtió en mi personaje inolvidable. En la casa vivían entre otros, el chele Orlando Barreto, Gonzalo Murillo, los chapulines Torres Lazo, Agustín y Rodolfo. Mi amistad con los Incer empezó un recorrido que habría de conservarse por más de cincuenta años, sin baches ni sobresaltos, amistad pura y sincera llena de afecto. 

Roberto sobresalió siempre en la Universidad como un estudiante brillante, dueño de una memoria poco común y de un sentido analítico profundo. Durante los cinco años de la carrera estuvo invariablemente entre los tres primeros alumnos acompañando casi siempre a Leonel Arguello y Carlos Tunnermann. La Facultad otorgaba en aquel entonces, al final del quinquenio, una medalla de oro al estudiante con mejor promedio alcanzado y le correspondió la distinción a Leonel, con escasos puntos sobre sus compañeros. 

2.- Al finalizar nos encontrábamos todos buscando trabajo. Yo, haciendo mi repaso para los exámenes del doctorado, me incorporé al equipo del doctor Mariano Fiallos, quien ya era Rector. Me consiguió un nombramiento presidencial con el cargo de Pro-secretario General con la responsabilidad de apoyar las labores de Tunnermann, Secretario General. 

Al poco tiempo me contó el doctor Fiallos, que su amigo León Debayle, gerente general del Banco Nacional le hizo el encargo de invitar a cuatro abogados recién graduados para ir al exterior a estudiar economía por dos años y venir a ser parte del equipo fundador del Banco Central, institución emisora que vendría a sustituir las funciones del Departamento de Emisión. Me invitó a ser parte del grupo y me pidió que le sugiriera nombres de posibles candidatos. Le tomé la palabra y de inmediato contacté a Roberto Incer y Arnaldo Pasquier.

Roberto se había establecido en Boaco y estaba ocupado, como él decía "afanado en preparar cartas de venta de semovientes entre agricultores… que por el precio de novecientos córdobas en efectivo que en este momento recibe, le vende, cede y traspasa los derechos en propiedad de dos vacas paridas y un buey muco…”  Estaba también empezando a dedicarse a la política partidaria  y ya era uno de los activos dirigentes del PLI local. Tanto él como Pasquier aceptaron gustosos.

Los tres, junto con Horacio Somarriba fuimos atendidos por el doctor Francisco Lainez, quien nos facilitó la información y la logística, el grupo se completó con Christian Machado quien por sus propios medios, consiguió entrar al programa. En Washington fuimos atendidos por Jorge Montealegre, economista y funcionario de la embajada quien nos había rayado el cuadro para los estudios universitarios. Antes fuimos a Ann Arbor a un curso intensivo de inglés. A manera de evocación anecdótica debo mencionar que Roberto no disponía de mucha facilidad con los idiomas, para expresarse, hasta el punto que años después lo bromeábamos diciéndole que no había aprendido inglés, nos decía que él no había sido contratado para aprender inglés, sino para aprender economía. 

En una ocasión en pleno frio del invierno se apareció con una sola mano enguantada y explicó que había dejado olvidado sus guantes en algún lugar y había tenido que pedir a Arnaldo que le prestara aunque fuera un guante para no morirse de frio. Ambos con su mano sin guante en la bolsa del abrigo. En otra ocasión llegó muerto de risa acusando de celoso a Somarriba, su roommate, porque le había reclamado indignado por haber salido del baño desnudo frente a la foto de su esposa. 

Pasó impecablemente su primer año universitario y pidió permiso para hacer el segundo año en la Universidad de Yale, donde también salió bien y consiguió el Master.

En New Haven caminaba de su apartamento a la universidad y se detenía en una librería a comprar el Washington Post del día, el cual leía los titulares dentro de la librería y caminaba siempre leyendo hasta la acera. Un día no se percató que ya habían cerrado la puerta para proteger el local del frio, y al salir leyendo, chocó con fuerza contra el vidrio de la puerta y cayó al suelo sin conocimiento. Tuvo que ser llevado a un hospital.  

Algunos años después, ya como funcionario del Banco Central se fue a continuar estudiando, esta vez en la London School of Economics, que era su sueño. Nos incorporamos al equipo fundador del Central y ahí laboramos con dedicación y entusiasmo, para hacer de la institución un modelo en Nicaragua.

Más de una vez estuvo Roberto, casi siempre distraído, participando en reuniones, a veces muy importantes, escribiendo sobre su libreta de notas, en forma constante, y llenando páginas, pensábamos que iba a tomar la palabra. Me le acerqué a preguntarle qué iba a decir y me enseñó el apunte: MAK, MAK, MAK, las iniciales de su enamorada de turno, María Auxiliadora Kelly, quien le robaba parte de su mente en esos días.

Pero sus pensamientos más tiernos y amorosos en esa época fueron para otra joven que talvez fue más pertinaz, Marisa Pereira, con quien se casó después de un noviazgo más o menos largo y muy madurado. 

Recuerdo que a veces nos poníamos de acuerdo para ir los cuatro al cine y haciendo la cola para comprar la entrada se me acercaba y con cierta timidez me pedía que le prestara para comprar la entrada porque había olvidado la cartera. Esto pasó más de una vez.

Su fama de distraído la acarreó siempre, hasta en su vida profesional, Jaime Pasquier recuerda que recientemente, en Washington se fueron a almorzar al comedor del Fondo Monetario y al final del almuerzo, cuando les tocó ir a dejar las bandejas, estaban ambos tan enfrascados en la conversación que caminaron hasta la calle donde el portero del Fondo los detuvo para que devolvieran las bandejas.

Para la ceremonia de su boda religiosa, me nombró para que lo acompañara como su best man, o mejor amigo y recuerdo que fue la primera vez que me puse frac, o cola de pato.

En el Banco Central terminamos de madurar, bajo la sombra de la eficiente tutela y disciplina del doctor Francisco Lainez, quien supo y pudo ganarse el respeto y el afecto del grupo de profesionales que le tocó conducir. 

3. Concluyo estas desordenadas remembranzas con el recuerdo no tan alegre de la última vez que nos vimos en Managua, en 2013. Un querido amigo común, Ernesto Fernández, tuvo la oportuna y feliz ocurrencia de ofrecerle un almuerzo con asistencia de casi todos sus antiguos compañeros de trabajo y creo que fue un éxito. A un reducido grupo nos invitó Ernesto que fuéramos a su oficina a filmar de forma individual algunos pensamientos sobre Roberto. Al final  se editó la cinta y el almuerzo empezó con la presentación de la película.

Yo iba emocionado porque me iba a encontrar con Roberto y Marisa después de algunos meses y pensé que íbamos a saludarnos con el mismo cariño de siempre e íbamos a conversar como antes. La primera pregunta que le haría sería si todavía tenía ilusiones de ser Presidente de Nicaragua.

Desafortunadamente no fue así, ya Roberto estaba bastante afectado por el Parkinson que lo torturaba y no pudo hablarme como yo estaba ilusionado. Me explicaron que los medicamentos que tomaba para tolerar los efectos de la enfermedad sufrían un descenso a partir del mediodía. Era conducido en silla de ruedas por sus hijos Roberto y Alvaro y tenía poco control sobre sus movimientos. 

Termino dedicando estos pensamientos, en especial a dos personas, a su familia en la persona de su hermano Armando, poeta sensitivo y exquisito con el ruego de trasmitir mis recuerdos a la querida familia Incer a quienes he admirado siempre. Y desde luego, a Marisa, su mujer amorosa, su compañera irreductible, su enfermera abnegada, quien estuvo todo el tiempo con él ofreciéndole compañía, cariño y atenuando sus problemas. 

Managua, febrero de 2015

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